Juan Pablo Cosme dedicó su tiempo fuera de programa a la gratitud; agradeció al público, a la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, a su familia, a sus amigos, a su maestro y a sus colegas; le agradeció a Dios y, sin miedo a la vulnerabilidad, ofreció flores y aplausos a su madre, y compartió que ese momento era la realización de un sueño que lo acompañaba desde hace años. No sobra, entonces, agradecer también, desde este lado, por esos espacios que fácilmente damos por sentado y propician encuentros improbables. Lugares en donde se pueden dar cita los grandes compositores del siglo XIX, los jóvenes intérpretes del siglo XXI y aquellos que se encuentran en medio. No sobra agradecerle a este pianista que el jueves 26 de mayo conectó múltiples mundos, evidenció y exaltó una era de cambios, y sentó a la mesa a compositores que, sin necesidad de coincidir temporalmente, se comunicaron con mensajes musicales que aquel día llegaron hasta nosotros.
Comencemos por el final: el joropo, fuera de programa, que cerró el concierto y concluyó todo lo que Juan Pablo había estado narrando desde los aplausos de bienvenida. El bis, más allá de la repetición de la obra que más aplausos desató, es ese momento en el que el intérprete se encuentra completamente fuera de presión. Es el instante más liberador del concierto, una mezcla de agradecimiento con el público y desprendimiento por la preocupación de cometer errores, pues estos, de seguro, ya se cometieron y, por lo general, no suele haber consecuencias fatales; información, claro está, anulada y disminuida completamente por el salto al vacío, por la mirada al precipicio que se hace momentos antes de salir al escenario. ¿Sobreactuación?, puede ser, pero quienes han estado ahí sabrán apreciar la hipérbole. En el caso de Juan Pablo, esto, sin embargo, no impidió su deseo de comenzar con los grandes, los gigantes, esos que no necesitan presentación y que son epítome de la historia del piano.
En un concierto, el propósito es dialogar con el público y con los tiempos en los que las obras fueron creadas, comunicar y contar historias. En este, el joven intérprete narró un poco de lo que es él; nos mostró, tal vez sin intención, a sus amigos musicales y, sobre todo, a sus mejores amigos musicales, quienes llegaron en la segunda parte del concierto. A pesar de que el inicio fue tan imponente con dos Caprichos de Johannes Brahms y la traducción musical de Robert Schumann sobre la exuberancia del Carnaval de Viena, la forma como Juan Pablo compartió la música que eligió para finalizar este encuentro dejó en evidencia la complicidad, podría decirse innata, con los compositores hispanoamericanos.
La técnica y el gusto por la música decimonónica nunca quedaron en duda. Las complicadísimas obras que solo los valientes se atreven a adoptar como línea de apertura mostraron el respeto del intérprete hacia los compositores, hacia la música y hacia el público. Sin embargo, cuando más brilló el escenario, cuando mejor resonó el instrumento y cuando más emoción se sintió en la Sala, fue a partir del momento en que el Tema y variaciones de Jaime León hizo su aparición. Tal vez por el aire atemporal de la obra, o por la manera como Juan Pablo tradujo la partitura; quizás porque esta, a su vez, daba cuenta de un diálogo con el pasado, con la sobriedad del Renacimiento y el virtuosismo de Franz Liszt. Tal vez por todas esas cosas advertimos ahí la conexión, imposible de ocultar, entre el pianista y las sonoridades de Latinoamérica.
A propósito de conexiones, la obra con más diálogos o, más bien, con los diálogos más eclécticos del programa fue la de Alberto Ginastera. La Suite de danzas criollas es un collage de paisajes sonoros con voces del Neoclasicismo, el Nacionalismo del siglo XIX y el de Béla Bartók, e incluso, del rock progresivo, que nunca se reprimió, así como no lo hizo el compositor argentino a la hora de poner en un mismo plano métricas, ritmos y secciones contrastantes al interior de cada movimiento, con voces del siglo XVII que lograron expresar múltiples afectos, ahora en clave pianísitica.
La obra de Enrique Granados no se quedó atrás, pero lo hizo de una manera más conservadora pues, aunque compuesto en los albores del siglo XX, el Allegro de concierto, Op. 46 aún se aferraban a los sonidos que despedían al XIX. El catalán le habló a la música de Chopin y también a la de Liszt, le dio un papel protagónico al ícono de la música española: la zarzuela. Homenajeó y le agradeció a su maestro Felipe Pedrell, quien siempre miró hacia la tradición; así como Juan Pablo Cosme agradeció, en sonidos, a los maestros, a los de ahora y a los de antes, a los que hicieron parte de ese sueño y lo acompañaron en su momento de vivirlo.