El silencio es algo que damos por sentado en una situación de concierto, es casi un acuerdo tácito entre el público y quien está sentado en el escenario. No hay preguntas ni reclamos, simplemente se espera que esté ahí; que su presencia nos permita escuchar y disfrutar; que, cuando se rompa, el golpe sea tan imperceptible que nos olvidemos de él sin esfuerzo. Esperamos mucho del silencio y, aunque parezca contradictorio, a veces subestimamos su papel en la experiencia sonora.

Rubén Darío López lo invitó al recital que ofreció el pasado domingo 24 de abril a la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Quiso hacerlo parte del público y, con los primeros acordes, entenderíamos por qué. El tránsito entre silencio y sonido fue intangible, y el concierto no iniciaría con el programa propuesto. Como lo hicieran los músicos antiguamente, un preludio, que parecía improvisado, o, por lo menos, parcialmente, sirvió como guía para que, quienes estábamos en la Sala, fuéramos entrando en ese ambiente de tranquilidad y sosiego que el intérprete requería para recrear las obras de Clemente Díaz, Heitor Villa-Lobos y Agustín Barrios, además de presentar su faceta como compositor.

El guitarrista no escondió el hecho de que el frío en las manos es siempre un silencioso acompañante para aquellos que se encuentran en escena y que vienen de zonas más cálidas del país. Por el contrario, nos hizo parte de la experiencia y lo incluyó en su performance, así como lo hizo con la afinación del instrumento, que nunca se limitó a la verificación mecánica de la exactitud de cada cuerda. Este momento, que cuando toma más tiempo del esperado, está acompañado de una disculpa por parte del intérprete responsable, fue llevado con la mayor naturalidad; una naturalidad de quien busca las condiciones perfectas para transmitir una música escogida y preparada especialmente para esa ocasión. La afinación entre piezas que, en un instrumento como la guitarra, es casi regla, fue la excusa para crear miniaturas sonoras que, tal vez, fueron únicas y no vuelvan a aparecer de la misma manera en otro concierto.

Natural, sutil, íntimo, limpio, así es el sonido de Rubén Darío López quien, con su breve homenaje a Latinoamérica, hizo palpable dos hechos. Por un lado, que un concierto es mucho más que la música que se encuentra en el programa y, por otro, que se trata de un instrumento que, aunque suave, puede sonar de muchas maneras y acompañar infinidad de imágenes, emociones, paisajes e historias. Este recital nos recordó que la guitarra solicita siempre de su público la mayor conciencia y que su menuda voz, lejos de ser un defecto, es una invitación a la atención.

Luego del Preludio y fantasía sobre una canción popular, del guitarrista Clemente Díaz quien, a su vez, se basa en la canción Tres cosas hay en la vida del argentino Rodolfo Sciammarella, el espíritu de los cantos indígenas de Brasil invadió la Sala de Conciertos con el Preludio No. 4 de Heitor-Villalobos. En contraste a lo contemplativo de esta pieza, la escala veloz que caracteriza su Estudio No. 7, ya un clásico en el repertorio para guitarra contemporáneo, irrumpió, claro está, sin abandonar la sutileza con la que López vistió su interpretación.  

La obra que, según el programa de mano sucedería a la obra de Díaz, apareció después de la música del brasilero, introduciendo un bloque con las composiciones de López. Las Variaciones sobre un tema de José A. Morales son su propia lectura, su visión sobre una melodía que no necesita presentación: Pueblito viejo, esa canción que ya hace parte del paisaje atemporal de los Andes colombianos. Esta obra del guitarrista recuerda a las variaciones que solía hacer Franz Liszt de las canciones, los lieder, de sus contemporáneos; llenas de virtuosismo, pero manteniendo el espíritu que se escondía detrás del texto. Con Caminandito la necesidad de silencio se hizo inminente, pues la imitación de los pasos con un suave chasquido en las cuerdas produjo un gesto de atención en todo el público, que buscaba impaciente la fuente del sonido.

La segunda parte del concierto continuó con las obras de López quien, en muy poco espacio y muy poco tiempo, mostró algunos de los tantos sonidos, timbres y efectos que la guitarra es capaz de producir. A partir de la implementación de diferentes tipos de scordatura, es decir, de distintos patrones de afinación del instrumento, el compositor utiliza los armónicos para evocar los sonidos de la lluvia y el trémolo para dibujar una mirada al cielo.

Después llegó el momento que todos los estudiantes de guitarra estaban esperando; esa obra a la que todos se quieren enfrentar: La catedral de Agustín Barrios ‘Mangoré’ que, en realidad, es una catedral musical del siglo XX. Esta vez escuchamos una versión tranquila, íntima, mucho menos grandilocuente que otras que rondan por ahí; a diferencia del Colibrí de Julio Sagreras, cuyo espíritu es imposible de desligar del virtuosismo decimonónico y que cerró un programa que se vería expandido con un arreglo de un inusual pasillo de ‘Lucho’ Bermúdez a forma de bis y en donde el público fue testigo de un diálogo entre pasado y presente; entre Rubén Darío López, su música y la música de los maestros de otrora.

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Concierto de Rubén Darío López (Colombia) - Temporada Nacional de Conciertos 2022