La luz es un fenómeno infinitamente misterioso, pues cada vez que la vemos en una estrella, en el sol, la luna; cada vez que hay un atardecer o un amanecer, estamos viendo un poco del pasado; estamos mirando hacia un momento que ya fue y se nos está entregando tiempo después. La luz llega a nosotros tiempo después de comenzar su recorrido y, a pesar de que nunca la podremos apreciar en su aparición primigenia, ésta, en su viaje hasta nosotros, y en un acto inmenso de generosidad, nos está regalando un pedazo de ese tiempo al que perteneció; de ese espacio que iluminó. Nos está permitiendo ver, al final de su trayecto, un camino que comenzó, minutos, horas, meses, días, años, siglos, milenios atrás; nos está contando un cuento que otros ya escucharon.
Es lindo pensar que cada vez que la música compuesta hace siglos llega a nosotros, los intérpretes tienen el mismo papel de la luz; nos abren un pequeño camino hacia el pasado y nos cuentan parte de una historia que se narró otrora, que está incompleta, claro está, pero cuyos ecos aún podemos escuchar. El domingo 5 de junio la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango se convirtió en el espacio perfecto para recibir un regalo del pasado y quienes lo hicieron posible fueron los integrantes del ensamble Cappella Pratensis.
No podemos negar que la música que escuchamos ese día fue hecha para ser cantada en un complejo arquitectónico muy distinto al de la Sala; tampoco se puede obviar el hecho de que las condiciones en que se recibió la Missa de sancto Donatiano nunca las podremos remedar y, por supuesto, siempre quedarán cabos sueltos para que la experiencia sea igual a la misma de aquellos que la escucharon por primera vez. Sin embargo, tampoco podemos olvidar lo maravilloso que es saber que esta música, compuesta hace más de 500 años y en un momento en que la grabación sonora no estaba aún en el panorama, pueda seguir sonando hoy, en un contexto tan alejado al de su génesis. No podemos pasar por alto que los bocetos sonoros que alguna vez estuvieron en las mentes de Jacob Obrecht, Josquin des Prés y de otros tantos anónimos, aún sean celebrados y logren convocar al mismo público que podría estar asistiendo a un espectáculo de jazz o de música colombiana.
Ver la Sala llena, un domingo a las 11:00 a.m., para un concierto con un repertorio, en apariencia muy poco taquillero, fue completamente inesperado y conmovedor. Percibir la ruptura del silencio, no desde el escenario, sino desde atrás, a manera de procesión, con los integrantes cantando la canción tradicional holandesa en la que se basó Obrecht para componer su misa, fue también una sorpresa y, haciendo a un lado la rigurosidad histórica, la manera perfecta para introducirnos en el ambiente de la música del siglo XV. Esa música que se devaneaba entre lo secular y lo sacro; entre lo original y lo prestado; entre lo popular y lo académico; entre lo escrito y lo improvisado.
En este concierto no pudimos escuchar la música como se habría escuchado en 1487, pero los integrantes de Cappella Pratensis hicieron visible el trabajo y el valor que conlleva intentar narrar estas historias sonoras escritas hace cientos de años. La falta de información en el registro escrito de la música y las lagunas en las descripciones de la época, aunque suelen ser obstáculos, no fueron impedimento para que los cantores nos regalaran un poco del pasado; un poco de ese momento en el que, con muy pocos elementos; con pocas voces y unas reglas muy estrictas, se podía emocionar a quienes recibían la música; tanto, como para que, siglos después, en un país lejano, un espontáneo y sentido aplauso se colara antes de finalizar el programa.
El ensamble neerlandés se encargó de transmitir el espíritu musical del siglo XV, o, por lo menos, parte de él, en donde, a pesar de que el ejercicio compositivo constaba de tareas técnicas muy claras y rigurosas, el resultado sonoro solía proveer al oyente de una experiencia poética que, en el caso de la música sacra, buscaba mediar en el diálogo con lo divino. En un mundo tan ruidoso como el nuestro, lograron hacernos sentir la emoción de escuchar, por primera vez, un canto llano, seguido de secciones de polifonía improvisada y compuesta, en donde los caminos de cada cantante se abrían para enriquecer, sostener y embellecer lo que antes era una sola voz.
Entre la austeridad, la sobriedad y la naturalidad de los cantores del siglo XV, y la expresividad (imposible de ocultar para la mayoría de los integrantes del ensamble) de los cantores del siglo XXI, Cappella Pratensis nos dibujó un cuadro con colores del pasado y del presente; un cuadro sonoro que nos mostró un segmento del Quattrocento, cuna de grandes compositores como Obrecht y Josquin quienes, posiblemente, nunca imaginaron iniciar el recorrido de una luz que, 500 años después, seguiría iluminando el mundo de la música.