La melodía y la armonía suelen llevar siempre la antorcha. Guitarristas, pianistas, cantantes, saxofonistas, trompetistas e, incluso, bajistas, entran en la línea más ortodoxa de líderes de bandas de jazz (y de cualquier género) y no suelen jugar con las expectativas del público, pero cuando un baterista toma la batuta se puede generar desconcierto. ¿Cómo podrán ser esas canciones?, ¿va a haber solo golpes de tambor?, ¿cómo serán los solos?, ¿cuánto van a durar?, ¿se van a entender?, ¿voy a ser capaz de aguantarlo? Estas y muchas más preguntas surgen debido a las imágenes caricaturescas que tenemos de la música y su supuesto comportamiento.

Cuando pensamos en un baterista es imposible olvidar la imagen de Animal, esa figura de los muppets que solía sabotear a los invitados musicales con sus arrebatos rítmicos. Y, aunque fue un gran personaje, importantísimo y casi indispensable en la educación de algunas generaciones, su comportamiento puede llegar a desinformar ligeramente sobre el papel de la batería en cualquier contexto. Está el otro extremo que nos enseñó la película Whiplash, en donde la expresión del jazz se ve reducida a un contexto hostil, vengativo y egocéntrico en el que la perfección es la única búsqueda y la precisión rítmica es solo un medio para lograrla.

Afortunadamente, Aldeir Palencia y su ensamble no nos enseñaron ninguna de estas facetas: no hubo saboteos ni gritos, y los únicos que recibieron golpes fueron el redoblante, los toms, el hi-hat, los platillos y el bombo. El jueves 22 de septiembre tuvimos un encuentro con cuatro jóvenes músicos: dos guitarristas, un bajista y un baterista, en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, y el jazz contemporáneo fue el protagonista.

Quien tiene la responsabilidad rítmica en un grupo debe, más que nadie, leer a sus compañeros. Entendiendo que hacer música no es, en realidad, solo producir sonidos, sino escuchar el de los demás; el baterista o percusionista siempre tendrá en sus manos un poder que pocos poseen. Y es que el recorrido de una melodía puede cambiar drásticamente, dependiendo del golpe o los golpes que la acompañan; dependiendo de el o los instrumentos que decidan dar ese golpe y de cuándo decidan hacerlo. La personalidad de una melodía y el piso de una armonía siempre se verán afectados y, sobre todo, guiados, por el ritmo que los acompañe.

Así que cuando un baterista está al mando de un ensamble, podemos estar seguros de que la dosis de protagonismo estará perfectamente distribuida entre todos los miembros y que lo más importante, lo que realmente unifica, lo que hace que todos estén de acuerdo, aunque no lo parezca, va a ser un norte durante todo el concierto: el ritmo. Ese elemento que se suele obviar injustamente en las clases de solfeo pero que luego todos lamentamos haberlo subestimado. Cuando este tiene la voz principal tendremos garantizado que esa palabreja ‘ensamble’, que a veces deja de tener sentido y en realidad, que quiere decir ‘juntos’ en francés, cobrará su más amplio significado.

El repertorio de esa noche no fue el más fácil de escuchar para un público no especializado; las métricas irregulares pueden llegar a asustar, pero los integrantes de la agrupación se encargaron de que esto no resultara un problema. Los músicos buscaron que el diálogo entre ellos fuera comprensible para todos o que, por lo menos, se pudiera disfrutar, así como podemos disfrutar y emocionarnos con música en idiomas que no dominamos.

La batería se iluminó y se abrió como un libro, nos mostró, sin esconder nada, cómo funciona su lenguaje enigmático y que, aún con una coraza que impide algunas veces dilucidar la sutileza de su voz, guarda tras de ella múltiples caminos y posibilidades de golpes y ataques que parecerían básicos, pero en realidad son siempre respuestas personalizadas a las voces de los demás instrumentos. Las dos guitarras y el bajo también brillaron, pues Aldeir entendió que un líder no puede estar siempre bajo el foco; entiende que este tiene también la tarea de servir como soporte de los demás integrantes y que esa generosidad siempre se va a ver recompensada con los aplausos de un público agradecido, así como sucedió aquel jueves.

Aldeir Palencia y los músicos que le acompañaron recibieron la gratitud y nunca dudaron en expresarla pues sus palabras acompañaron el espíritu de generosidad de sus formas de tocar que, aunque eran diferentes entre sí, siempre estaban atentas a lo que el otro quería o tenía que decir. En un mundo en donde imperan el ego y las ansias de sobresalir por sobre los demás, incluso cuando se está remando en la misma dirección, es lindo ver que las nuevas generaciones de músicos colombianos están buscando que los mejores momentos en un concierto no sean aquellos en donde se brilla individualmente, sino en los que se le da brillo al otro y se comunica en conjunto.

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Concierto del baterista Aldeir Palencia (Colombia) - Temporada Nacional de Conciertos 2022