Con un gran solo de piano, de los primeros compases de Pacific Serenade, abrió el concierto de Javier Vinasco y Carlos Eduardo Betancur con el cual quedó en claro que no fuimos a escuchar a un dúo de clarinete y piano —en su sentido convencional— sino a dos grandes solistas tocando en dúo. Su propuesta escénica fue provocadora en el sentido de que ambos estuvieron en constante enfrentamiento, dentro de los límites adecuados para no trasgredir el sentido de cada obra que fueron agrupadas de tal manera que hubo diferencia estilística entre ambas partes del concierto. En la primera parte escuchamos un grupo de obras latinoamericanas cuyos lenguajes definen bien la estética de cada compositor, a pesar de que todas se nutren de las músicas populares de sus respectivos países; y la segunda parte agrupó tres obras con un contenido popular más directo, y no por esto menos atractivas y disfrutables.
La primera parte del programa abrió y cerró con obras del uruguayo Miguel del Águila, Pacific Serenade y Milonga; en medio de estas se dispusieron Sonata para piano y clarinete del colombiano Diego Vega y Última luna de la argentina Valeria Romero. Esta idea se replicó en la segunda parte, donde escuchamos dos obras del mexicano Eduardo Gamboa que sirvieron de marco a Seis sones sencillos del cubano Carlos Fariñas. La selección no solo fue amplia en lugares y geografías, sino también en lenguajes y estéticas que muestran la influencia de las urbes según su grado de cosmopolitismo. Esta amplia mirada y su origen urbano minimizaron el hecho de que la mayoría de las obras fueron arreglos para clarinete y piano de sus compositores.
A pesar de esta calculada selección y distribución del repertorio, la magia del concierto del pasado domingo 22 de mayo, que terminó en un alto punto, fue cortada con un bis. El problema no fue la obra seleccionada, sino que su ethos no correspondió al punto en alto en el que cerró oficialmente el concierto; de hecho, hubiera sido mejor haber repetido Milonga de Miguel del Águila. Dicho lo dicho, fueron muchos más los puntos positivos, como la fluidez misma del concierto y las pausas entre las obras y también entre los movimientos, que fueron necesarias; los intérpretes se tomaron el tiempo para disfrutar del aplauso brindado, y este espacio permitió que Javier pudiera ajustar el instrumento.
También sumó a la experiencia la forma como ambos ejecutaron sus respectivos roles de acompañante y solista. Carlos no tuvo miedo en sacar a flote su amplio sonido en las partes solistas, y tampoco Javier cuando ocultó el suyo para crear sonoridades ingrávidas como sucedió al final de Última luna de Valeria Romero, así como en varios de los Sones sencillos de Carlos Fariñas. La actitud de los dos intérpretes en el escenario fue la de dos experimentados profesionales que se entregaron de lleno al público, sin ocultar el placer que sentían con cada obra interpretada, algo que se agradece.
En general, todas las obras tenían su propia dificultad; sin embargo, no deja de sorprender lo bien que funcionó Seis sones sencillos por la simplicidad de su estructura similar a la que tienen algunos estudios y preludios para principiantes, lo que constata que lo esencialmente musical jugó un papel importante en la selección de las obras. Asimismo, hubo un marcado contraste entre las obras de Miguel del Águila Pacific Serenade y Milonga, pues la primera es una suite cargada de sonoridades de Astor Piazzolla y Nino Rota, mientras que Milonga se caracteriza por mantener insistentemente un motivo modulante que recuerda la música pop de la década de 1990. Del mismo modo, escuchamos en Sonata para clarinete y piano a un Diego Vega neoclásico cercano al nacionalismo politonal de Luis Antonio Escobar o Luis Carlos Figueroa. Por su parte, escuchamos a una Valeria Romero por medio de una obra íntima, reminiscente del Romanticismo de Liszt.
Con Reminiscencias, de Eduardo Gamboa, tuve la sensación de estar escuchando un pasillo o un vals de Emilio Murillo, algo que no es sorprendente porque nuestras músicas populares comparten como ancestros musicales al fandango y la habanera. Misma sensación que tuve con su segunda obra Transparencias donde el Torito, el primer movimiento, tenía mucho de son jarocho y joropo (que construyó sobre un hermoso bajo ascendente que no era otra cosa que la escala de do mayor); Arrullo, el segundo movimiento, navegó entre el bolero y el son cubano; Rumba, el tercero, estuvo cercana al candombe; y Jarabe, el último de cuatro movimientos, tuvo tintes de vals peruano, contradanza y zamacueca.
Tal grado de riqueza estilística requiere de investigación estética y comunicación con los compositores para lograr la sonoridad de la obra más allá de la partitura, como bien lo resume el epígrafe escogido por Guillermo Gaviria en las notas de programa.