Era como si el Duque Alfonso II y su esposa Margarita estuvieran ahí, celebrando a sus músicos, deleitándose y siendo transportados a tiempos en los que Eurípides, Sófocles y Esquilo lograban mover las almas de sus espectadores con historias colectivas; historias que le hablaban a todos, por supuesto, con la música como cómplice. Estábamos tan cerca de una corte como se podía y, aun así, no parecía lejano. Los integrantes del Concerto di Margherita fueron entrando uno por uno, no recibieron aplausos de entrada, parecía que no quisieran aparecer fuera de la música pues, en realidad, esta sería nuestra guía, la narradora de la historia que ellos armaron para nosotros.
El pasado domingo 10 de julio en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, los instrumentos, así como sus intérpretes, fueron también personajes; estos no solo acompañaron, hablaron y dialogaron con el Amor, la ceguera, la ilusión, el desconsuelo, el júbilo y la desolación que rodeaban el relato de Amarilli y Mirtillo. Pero estos, el laúd, la tiorba, la guitarra y la viola da gama, no se limitaron a representar un solo personaje, fueron muchos, tantos como los afectos que habitan en la Arcadia, en donde el Amor era el verdadero protagonista; Ni villano ni héroe, ni tragedia ni comedia, sino todas esas cosas al tiempo, como solía exclamar sutilmente el espíritu sonoro del seicento.
Il gioco della cieca empezó tan pronto como Ricardo Leitão y Rui Stähelin finalizaron su sabia advertencia sobre los volátiles deleites terrenales, de la mano del compositor Girolamo Kapsberger y el aria Veri dileti. En ese momento, Francesca Benetti, Giovanna Baviera y Florencia Menconi comenzaron el juego e introdujeron el elemento que sería hilo conductor de la historia que se nos develaría poco a poco: una banda de color negro que cegaría, uno por uno, a los integrantes del ensamble a lo largo del concierto.
Ni Girolamo Frescobaldi o Francesca Caccini, y mucho menos Claudio Monteverdi llegaron a imaginar que viajarían tan lejos; tampoco Giaches de Wert, Segismondo D’India, Giulio Caccini, o Giovanni Giacomo Gastoldi alcanzaron a pensar que transitarían tantos kilómetros y siglos, para llegar a un tiempo que parecería distante, pero que, en realidad ¿lo es? Ver a los integrantes del Concerto di Margherita cantar mientras se acompañaban nos transportó a la corte de Ferrara en el siglo XVII y revivió esa práctica tan querida por cortesanos y diletantes; el cantare alla viola, como le llamó Baldassare Catiglione. Pero, del mismo modo, nos hizo pensar en cantautores como Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Joan Báez y Violeta Parra, entre muchísimos otros, quienes, con una guitarra y su voz, lograron deleitar y conmover a su público, así como lo hicieron los músicos apadrinados por el Duque y su esposa y como también, siglos atrás, lo hacían juglares, trovadores, troveros y cantastorie.
A veces necesitamos que alguien nos recuerde y nos haga ver cosas que siempre han estado ahí. Este concierto no solamente nos llevó a la cuna de su origen sonoro, nos dibujó un pasado en apariencia lejano, pero cuyos hilos con el presente, aunque a veces escondidos, nunca desaparecieron. El Il gioco della cieca es un programa del siglo XXI que no busca recrear históricamente el pasado, pero que logra darle voz a una forma de hacer música que, en la academia ha sido tradicional e injustamente muy relegada. Francesca, Giovanna, Florencia, Ricardo y Rui cantan y tocan; intercambian instrumentos, roles y afectos; expresan con la sobriedad dramática que cualquier músico de las cortes italianas del siglo XVII aprobaría, le dan vigencia a una práctica cuyos ecos nunca dejaron de sonar y reviven un vínculo con el pasado que a veces soltamos.
El público se emocionó y era difícil esperar a que cada una de las seis secciones, o actos, si se quiere, terminara, para expresar la gratitud y la admiración hacia los intérpretes. Como era de esperarse, la petición por un instante más de música no se hizo esperar, y Dolci miei sospiri de Monteverdi llegó para cerrar un encuentro en el que vivimos, afecto por afecto, las andanzas de nuestro protagonista. Un encuentro en el que a todos nos vendaron los ojos para acompañar a Mirtillo en el martirio de su amor no correspondido, en el que, como pocas veces, el espíritu barroco, ese que aún miraba hacia Grecia, se dejó ver de manera tan diáfana.
Con una naturalidad difícil de imaginar y que solo puede venir de un estudio muy riguroso, además de un respeto infinito por la música, sus fuentes y el contexto en el que fue creada, los intérpretes del Concerto di Margherita, no solo nos deleitaron, nos conmovieron y movieron todos los afectos de esa historia que crearon para nosotros. Expresaron, con sus voces e instrumentos, las hazañas de ese personaje sempiterno que, aunque ciego, nunca ha dejado de cantar. Junto a él y a los compositores y poetas que ayudaron a escribir este relato, desataron los aplausos de su público, incluso los de Alfonso y Margarita que, de haber estado presentes, habrían asentido con noble beneplácito.