Cuando dedicamos un momento de nuestra atención a mirar al cielo, este, estrellado o no, soleado o no, nos hablará siempre de la inmensidad espacial y temporal, que sobrecoge, emociona e, incluso, puede llegar a angustiar. No se necesita mucho tiempo para que se nos desplieguen montones de sensaciones, ideas, imágenes y sonidos que nunca alcanzaremos a conocer, que nos muestran nuestra pequeñez, pero, al mismo tiempo, nos enseñan nuestro lugar dentro de ese gran conglomerado al que pertenecemos. Algo similar sucede cuando nos encontramos frente a frente con la música de culturas foráneas, cuando tenemos la oportunidad de escuchar lo que otros han cantado en paisajes lejanos, en lenguas y acentos que no entendemos. En ese momento se abren puertas, se crean caminos y puentes insospechados, se emprenden viajes y se rompen muros, todo, por medio del sonido. Basta uno solo, para mostrarnos que lo que conocemos es muy poco, pero suficiente para entablar diálogos con lo que nos es ajeno.
Salvo contadas y excéntricas excepciones, el día a día bogotano no contempla escuchar un santur, un ud, un tombak, un daf o un ghaychak; mucho menos un domingo en la mañana. Sin embargo, el 28 de agosto la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango nos abrió esa posibilidad con el concierto del Ensamble Amir Amiri; un encuentro que nos regaló algo con lo que pocas veces podemos interactuar de forma tan cercana: el descubrimiento (o redescubrimiento) del gran tejido de la música persa. Los integrantes de la agrupación no lo pudieron haber hecho más fácil: con la mayor generosidad nos tendieron un puente hacia su mundo que, en realidad, son muchos. Ellos vinieron desde Irán, Jordania y Siria y, Amir Amiri, responsable de reunirles y de darle voz al santur, comentó que los acentos de estos lugares colorearían las piezas que iban a trazar el recorrido sonoro de ese día.
La improvisación fue la lengua principal y, aunque para los oídos no entrenados era difícil distinguir lo estructural de lo espontáneo, a través de ella nos llevaron o, siquiera, nos sugirieron, infinitos caminos ante lo que era imposible no evocar diálogos: escalas que nos susurraron la volatilidad del flamenco; melodías que nos llevaban a un ritual católico incipiente, acompañado por el canto llano; ritmos que, de repente, hablaban en clave caribeña y melodías repetitivas que nos hicieron viajar a la cuna del minimalismo. Fue un programa que miró agradecido, al pasado, hablando siempre desde el presente y sin miedo a las voces que pudieran alzarse en contra. Este ensamble no teme por la tradición; la acoge y la traduce a los sonidos del presente; modifica formas, adapta instrumentos, relee contextos y está en constante movimiento.
Pero, claro está, por muchos lugares comunes que se logren rastrear, siempre habrá alejamientos; divergencias y trajes que nos permiten identificar las experiencias sonoras en contextos particulares. En un entorno en donde el aplauso es signo de admiración y, la carencia de este, incomodidad asegurada, este concierto nos permitió disfrutar de una música en la que no saber dónde aplaudir nunca fue un problema; parece que quienes estábamos en el público entendimos que esta música no fue creada para ser aplaudida, sino para ser compartida. No fue hecha para alabar a su creador, sino para loar a la música misma. No fue creada como un monólogo, sino como un diálogo infinito. Los integrantes del ensamble supieron llevarnos de la mano a lo largo de un relato con varios capítulos, en donde ningún instrumento fue protagonista único y en donde cada uno dijo lo que tenía que decir, nada más que eso. Una historia en donde todas las voces decían muchas veces lo mismo, pero con timbres diferentes; una música que es esencialmente colectiva y tiene poco espacio para soliloquios virtuosos.
La gratitud de los intérpretes siempre estuvo presente, no solo frente a quienes escuchaban, sino frente a la música y, sobre todo, frente a la posibilidad de poder hacerla. Amir Amiri, Abdulwahab Khayyali, Reza Abaee, Omar Abu Afech y Hamin Honari tocaron, no solamente con la magnificencia que viene de años y años de dedicación, sino con un respeto por el presente; por la oportunidad de compartir su música, que pocas veces se deja ver de manera tan diáfana. Lo que escuchamos aquel día no fue solamente música; fue mucho más. Los fantasmas del pasado que, no hace mucho, acallaron, en nombre de una revolución, a quienes querían cantar y sonar, también aparecieron, pero, lejos de oscurecer, brindaron una vitalidad inesperada. Los músicos nos regalaron ese momento con el disfrute de quien sabe que en cualquier momento todo puede ser arrebatado, incluso el sonido. Ese día escuchamos la música que no pudo ser interpretada durante mucho tiempo; esa que alguna vez fue silencio impuesto; la música que no logró sonar en el pasado, pero que ahora está creando el sonido del presente.