Entramos a la Sala, que se iría llenando de a poco; revisando el programa de mano se veía, hacia el final, la Danza macabra de Camile Saint-Saëns. Las obras precedentes no importaron mucho y, quienes estábamos en el público, anticipamos con emoción lo que sería escuchar esa pieza en ese instrumento. Aun sin haberla visto antes en ese atuendo, imaginamos los sonidos, los acentos, los colores de esa historia, con un trío de aire, teclas y botones haciendo las veces de narrador. Parecía una dupla destinada al éxito, como si Saint-Saëns la hubiera concebido pensando no en una orquesta, sino en el acordeón (que también puede ser una orquesta, pero eso lo iríamos averiguando a lo largo del concierto). Samuele Telari tenía otros planes para este encuentro y lo que, a simple vista, parecía como un programa cuyo único objetivo era la llegada a aquel momento, se convirtió en una caminata inesperada a lo largo y ancho de todos los lugares o, por lo menos, de algunos paisajes por los que ha transitado este incomprendido instrumento.

Esa danza, que se percibía como arribo, como última estación, se tornó entonces en inicio; en el primer paso de un viaje por los caminos del acordeón que cada uno de los asistentes al concierto continuaría en solitario, con la guía, claro está, de los relatos que escucharíamos. ¿Qué es el acordeón? ¿De dónde es? ¿Cuántas lenguas habla? ¿Es un instrumento de viento, de tecla, de cañas? ¿Es melodía o acompañamiento? ¿Es antiguo o moderno? ¿Es tradicional, popular, rebelde o académico? ¿Es un solo instrumento? Todas estas preguntas las hizo, sin quererlo, Telari, el pasado domingo 21 de agosto en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango; y las respondió también, eso sí, sin palabras, y con su acordeón como único interlocutor entre el público y él.

El programa que nos regaló el italiano respondió ‘sí a todo’: el acordeón es de todas partes, pertenece al pasado y al presente, es políglota pero también entiende de acentos locales, es capaz de generar diálogos entre personajes con caracteres opuestos y, así como puede acompañar un baile, logra cantar las melodías más expresivas. Pero no, no es un solo instrumento, si algo quedó claro en este concierto es que el acordeón es, como el órgano, una evocación de todos los instrumentos, un bosquejo de todos los timbres, las formas y las historias que éstos pueden contarnos. Aunque su expresividad se vea muchas veces opacada por los espacios clichés en los que suele ser ubicado, Samuele Telari nos mostró que este instrumento, aunque nativo de Alemania, no es protagonista únicamente en el Oktoberfest. Tampoco es exclusivo de una fiesta mediterránea narrada por Mario Puzo con ecos de tarantela, y excede igualmente los paisajes que sus parientes lejanos dibujan en Valledupar, Buenos Aires y Pernambuco.

El acordeón, como pudimos escuchar ese domingo en la Sala, habla también la lengua de los grandes organistas franceses, y de la mano de César Franck relevó esa gran tradición que alguna vez lideró François Couperin en el siglo XVIII. Pero, asimismo, puede convertirse, a la vez, en dos de los personajes más asiduos en la poética decimonónica; una doncella indefensa y la muerte, ese lugar común de lucha amorosa entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo oscuro y lo claro, que Franz Schubert visitó incansablemente en sus lieder, cuartetos y sinfonías. Es la voz perfecta para transmitir los viajes al pasado en los que compositores como Edvard Grieg se embarcaron, reviviendo el espíritu del cinquecento y el seicento con danzas como el rigaudon. Finalmente, el acordeón se puede presentar como objeto del sonido mismo; esboza ondas mejor que cualquier software; inhala, exhala y acoge sonoridades foráneas como pocos instrumentos pueden hacerlo. Contadas veces el lenguaje ‘contemporáneo’ es tan bien acogido; este no siempre da la bienvenida a los públicos no especializados, pero, con las obras de Bruno Mantovani y Sofiya Gubaidúlina, todos los asistentes nos pusimos de acuerdo en una ola de aplausos que nada tuvo que envidiarle a los que recibiría la tan ansiada danza de Saint-Saëns.

El bis se hizo inevitable y, con él, Samuele Telari nos regaló lo que todos secretamente esperábamos, un vals que nos llevó a esos espacios, sí, clichés, pero que nos hacen sentir como en casa cuando pensamos en un acordeón. Los hizo vigentes y nos mostró que el pasado no tiene que luchar contra el presente y que lo popular no es antagonista de lo académico. En este concierto pudimos ver y escuchar los pasos del acordeón, que no va por un solo camino, sino por un laberinto con infinitas bifurcaciones en las que todos deberíamos perdernos alguna vez.

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Concierto de Samuele Telari (Italia), acordeón - Temporada Nacional de Conciertos 2022