El concierto del organista alemán Vincent Heitzer en la Sala de Conciertos se construyó en torno al preludio como forma de improvisación, como bien lo señaló Angélica Daza Enciso en la charla previa al evento. En efecto, en la Alemania del siglo XVIII la palabra preludio se usó como término para indicar una forma libre de tocar en instrumentos de teclado, al lado de otros como ricercare, fantasía y tocata. El repertorio de este concierto incluyó a los compositores barrocos Johann Sebastian Bach, Vincent Lübeck y Jean-François Dandrieu; además al compositor alemán del siglo XX Hermann Schroeder y dos obras del intérprete que improvisó al final de cada parte del concierto.
Vincent fue fiel en a la interpretación de los estilos, más allá de lo que puede dictar la partitura. Las obras del período Barroco carecen de indicaciones de registro porque los órganos eran parte de la arquitectura misma de las catedrales e iglesias, de modo que no se construyeron siguiendo un patrón industrial sino acorde a las necesidades: Por lo anterior, la elección de los registros en el concierto estuvo mediada por patrones estéticos y por la experticia del organista. Por ejemplo, en el preludio de coral Schmücke dich, o liebe Seele, BWV 654 de J. S. Bach, Heitzer eligió aquellos timbres que ayudaran a resaltar el origen coral de la obra, para lo cual utilizó registros de flauta, oboe y ocarina en los manuales. De igual forma, el imponente forte inicial del Preludio y fuga en do mayor, BWV 545 fue registrado con corno y bombarda en los pedales.
Esta fidelidad al estilo también fue evidente por no utilizar el crescendo, un mecanismo que fue agregado a los órganos en siglos posteriores, que sí utilizó en la obra de Schroeder y en sus propias improvisaciones. Para el ojo curioso, el crescendo del órgano de la Sala de Conciertos está ubicado encima de la pedalera en un nicho al lado derecho, el cual pudimos distinguir porque el teclado del órgano quedó ubicado a la vista del público, lo cual dejó al organista de espaldas al mismo. Esto dificultó un poco la interacción entre el intérprete y los asistentes; sin embargo, este es un ‘defecto’ de la misma construcción del órgano que buscó ocultar al intérprete en las catedrales para darle importancia a la música sacra. En escena estuvo también su ayudante, cuya discreción ocultó la relevancia que tiene durante la ejecución de las obras, por ser responsable de cambiar los registros y las páginas de las partituras.
Gracias a esta particular ubicación se pudo apreciar el dominio que Vincent tiene de los pedales, que se tocan alternando punta, empeine y talón de ambos pies en una especie de danza que complica aún más las cosas. En el Praeambulum en sol mayor, LübWV 9 tuvimos la oportunidad de escuchar y ver un solo para la pedalera al inicio de la obra, que además fue registrado a doble octava, es decir, que suena en cada pedal la misma nota duplicada en este intervalo. También vimos que trabajó los extremos de la pedalera durante sus improvisaciones, especialmente en Tuba-tune, última sección de su Improvisación con la que cerró la primera parte del concierto.
El Ofertorio en re menor de Jean-François Dandrieu fue excelente para contrastar el prototipo de preludio y fuga que conocemos por Bach. De esta obra, la fuga es realmente lo llamativo porque es una fuga da capo, que toma la forma del aria da capo de la ópera italiana. La forma da capo suele representarse como A-B-A’, cuyo apóstrofe indica que la repetición de la primera sección no se hace de forma idéntica, cosa que hizo Vincent en toda regla al incluir la pedalera en la repetición de la sección A de la fuga.
Como contraste a las obras barrocas, Vincent seleccionó cuatro preludios del Op. 9 de Schroeder. Esta es una obra de carácter didáctico donde podemos apreciar una armonía cercana al expresionismo de Schoenberg, con giros inusuales en la resolución de las melodías dentro de una armonía cromática aún ligada a la tradición tonal. En su conjunto, estos preludios son bastante difíciles de conducir por las características que ya nombré; sin embargo, hubo claridad en su ordenamiento, de los cuales destaco el segundo, Andante sostenuto, que nos permitió apreciar el carácter sosegado (piano) del órgano.
Ahora bien, celebro las improvisaciones de Vincent en las que escuchamos una amplia variedad de estilos que me recordaron obras de Widor e Ives, incluyendo la que hizo como bis sobre nuestro Himno nacional. Estas obras refrescaron el repertorio barroco que pecó, creo yo, en un exceso de obras bachianas poco llamativas en su conjunto. Hubiese bastado un solo preludio y fuga, como el BWV 546 que interpretó en la segunda parte del concierto, para rendir tributo al maestro y haber ampliado el círculo de compositores de otras geografías y épocas que también compusieron preludios y otras formas para la improvisación. Esto no restó a la calidad del concierto ni al virtuosismo de Vincent Heitzer con el que cautivó al público que llenó casi por completo la Sala.
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