‘Atemporánea, cuarteto de guitarras’, así se denomina el ensamble fundado en la ASAB, a quien acompañamos el pasado 15 de mayo en la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Pero esta es, tal vez, una etiqueta que se queda corta frente a todas las posiblidades que sus integrantes lograron hacer patentes con sus instrumentos en aquél encuentro. Ese domingo, los integrantes de la agrupación resaltaron, entre otras cosas, el valioso poder de dos agentes injustamente subvalorados durante siglos de historia: el sonido, junto con sus múltiples posibilidades, y la mujer en la experiencia musical.
Asumimos que un concierto estará lleno de sonidos, pero pocas veces indagamos de qué tipo, cómo, quién y de qué manera se producen; solemos obviar los elementos que los afectan y los que son afectados por los ellos. Acostumbramos a silenciar sistemática e inconscientemente los sonidos colaterales en una situación de concierto, aunque este es el material primigenio de la música solemos darlo por sentado. Así fue por mucho tiempo; a pesar de que los pitagóricos y, más tarde, científicos como Galileo o Mersenne se dedicaran a la comprensión del fenómeno físico del sonido, la preocupación por parte de compositores e intérpretes llegaría mucho más tarde. El siglo XX fue el encargado de devolverle el poder a la fuente primaria de la música y, especialmente, de traer consigo la oportunidad de experimentar con esta.
De igual manera, aunque hemos escuchado nombres como Barbara Strozzi, Francesca Caccini, Clara (Wieck) Schumann, Fanny Mendelssohn o Alma (Schindler) Malher, sus historias se han visto aminoradas por las de sus maridos, padres o hermanos, quienes sí han gozado de ‘primeros planos’ en la música de Occidente. Además, se desestiman los retos que para ellas supuso dedicarse a la música o, peor aún, querer dedicarse a ella y no poder hacerlo. Solo hasta hace muy poco sus trabajos y la historia de sus vidas han obtenido el reconocimiento y el lugar que se merecen como protagonistas de los relatos a partir de los que hemos construido el mundo musical. A pesar de que actualmente hay más mujeres trabajando y siendo tenidas en cuenta en el engranaje musical, su relevancia ha sido reducida al momento de narrar la historia; aún queda mucho camino por recorrer y muchas letras por escribir.
Estos relatos olvidados, estas figuras escondidas, estos objetos obviados fueron la piedra angular del concierto de este cuarteto de guitarristas que le dio voz a la música de la argentina Cecilia Gros, la brasilero-estadounidense Clarice Assad, la boliviana Canela Palacios, y las colombianas Diana Ortiz y Andrea Rincón. Todas vivas, y avivando nuevas relaciones y nuevas percepciones sonoras; todas relevando lo que esa larguísima lista de mujeres compositoras, intérpretes, ingenieras, gestoras y mecenas iniciaron siglos atrás; todas dialogando con las que nos abrieron el camino, aquellas que, con los obstáculos que vencieron, derribaron mil muros que parecían implacables y nos permitieron disfrutar de este oficio con muy pocos impedimentos (o, por lo menos, mucho menos que aquellos que entorpecieron la relevancia de los nombres femeninos en la historia) y muchas más libertades para compartir nuestra música y la de otros con el público. Este concierto, en suma, fue la voz de un agradecimiento, como lo expresó el conmovedor discurso de Carolina Ruiz: «(…) un homenaje a las mujeres de la música (…)».
El concierto comenzó con Viaje del alma que nos regaló, casi en silencio, sonidos interiores, de respuestas y, sobre todo, de preguntas. Con Espejos como muros los integrantes de Atemporánea nos invitaron a escuchar, a prestar atención, a integrar sonidos poco convencionales, claro está, no sin hacer pequeños guiños al muy tradicional trémolo, insinuando tal vez, los susurros de un charango, y a una cadencia solista que recordó el virtuosismo del Barroco tardío. Bluezilian nos mostró que el jazz, el pop y el folclore, pueden ser muchos sonidos, pero puede ser uno solo: el sonido de un lugar común, de voces que quieren decir lo mismo de muchas maneras y en muchos lenguajes.
En 25 retintines, que inició la segunda parte del concierto, no escuchamos veinticinco sonidos, escuchamos muchos más, tocados por cuatro guitarristas. En esta obra nos mostraron además que, más importante que empezar y terminar una pieza de forma perfecta, es no temer a volver a comenzar, es dejar el ego a un lado para darle al público la mejor experiencia sonora, pero, sobre todo, la más sincera. Finalmente, Cantos de río y de mar, y D.A.N.Z.A., hicieron de los sonidos instrumentales y los vocales uno solo: convirtieron lo individual en algo colectivo y cerraron un concierto que nos hizo entender que todos los sonidos cuentan; los sonidos de las sillas y los programas de mano, las respiraciones, las palabras de los intérpretes. Nos mostró que todo tiene un sonido, la gratitud, los recuerdos, las despedidas, y que ninguno debería ser subestimado, mucho menos el del diálogo silencioso con el público y el de los aplausos que lo suceden.