Canciones a las que les basta sonar una vez para no desampararnos durante nueve días, de forma ininterrumpida y sin compasión: el dueto de las flores de la ópera Lakmé de Léo Delibes; La donna è mobile de la ópera Rigoletto de Giuseppe Verdi; el silbido de Ennio Morricone en la película El bueno, el malo y el feo; el tema de La pantera rosa y, ahora, gracias a la agrupación colombiana Río Arriba, el coro de su canción homónima, dedicada, sí, a un pez: el bocachico. Aunque la melodía no es evidente y puede ser incluso difícil de cantar, por alguna razón, queda, y esa frase se va acomodando sin pedir permiso: «…río arriba viene, río arriba va/mira al bocachico que nadando está». Eso sucedió el pasado jueves 21 de julio en la Sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en el encuentro con la joven agrupación barranquillera cuyo pianista, Alberto Puentes, confesó, en vivo, que se trataba de su primer concierto ‘serio’; mejor dicho, su primera presentación más allá del contexto universitario.
Pero ¿a quién se le ocurre escribir una canción para un bocachico? Un pez tan nuestro, pero tan desconocido; un tanto marginado y que solo resuena bien con un acento caribeño. La respuesta está en los integrantes del ensamble Río Arriba. En él encontraron, entre esa difusa línea de la broma y la realidad, la inspiración para unirse como grupo; para darse nombre y para juntar, siempre desde el respeto, a la música del Caribe con la de tradición académica y el jazz. Esos mundos que, en sus canciones, confluyen, que hablan de su historia y que son objetos de homenaje constante en su corta pero sustanciosa trayectoria. La lucha de este pez por nadar río arriba y en contra de la corriente se convirtió en una analogía inesperada de muchas luchas, internas y externas, que son protagonistas en la música de este ensamble.
Ideas de Carnaval, título que dio la agrupación al programa que presentaron, nos dejó mucho más que una melodía pegada en la cabeza. Este se consolidó casi como el lanzamiento del grupo, cuyos integrantes pusieron en la mesa sus inmensos talentos, su poética y dedicación y, especialmente, las ganas de mostrarse a un público, de darse voz y darle voz a su música, a los sonidos de la ciudad que los acogió como ensamble. La emoción de cada uno fue innegable, y la expresaron tanto con sus instrumentos como con sus palabras, con las que lograron lo que pocas veces se ve en la Serie de Jóvenes Intérpretes: entablar un diálogo íntimo con el público, que, a su vez, respondió con entusiasmo, cantó con ellos e incluso, posó para una foto grupal.
La cercanía con el público permitió que este disfrutara de las obras como si hicieran parte de sus bibliotecas musicales hace años, aunque se tratase, en su mayoría, de canciones inéditas. Así es, cada uno de sus integrantes colaboró en la creación de este programa, que contaba con siete temas propios, entre los que pudimos escuchar la musicalización de un poema del cartagenero Jorge Artel, compuesta por el baterista Waldir Acosta. Pero los homenajes no se hicieron esperar; ora con temas propios, ora con las versiones de música ajena, lo recursos musicales que rendían tributo a otras tradiciones y personajes permearon también el encuentro de aquel jueves. Por nombrar algunos, el scat de ‘Mary Ángel’ Múnera recordó inmediatamente a la voz de Ella Fitzgerald, y la utilización de pedales y golpes para generar un ambiente de ruido con la guitarra y el bajo, a cargo de Jesús Vergara y Jesús Maturana respectivamente, trazaron un vínculo inmediato con la música programática, con la Sinfonía fantástica de Hector Berlioz o el Carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns.
El concierto de la agrupación Río Arriba no solo fue un canto al bocachico; en él, este pez se convirtió en símbolo de toda la música y todos los lugares en donde puede converger. Ideas de Carnaval fue un canto a Barranquilla, pero también fue un canto a Brasil, a Colombia, al mar, a la esperanza, a las penas, al dolor. Fue un canto a la poesía y a la escritura, al repentismo y a la oralidad, a la música propia y a la ajena, a la creación y al homenaje, al virtuosismo exacerbado y a la expresividad. Fue un concierto con un sonido que evocaba paisajes sonoros amplísimos, de una extensión espacial que recordaba a festivales como Jazz al Parque o Colombia al Parque; sin embargo, uno de los conciertos más íntimos y con más complicidad entre el público y los músicos; un concierto que, de seguro, seguirá resonando por muchos años, siempre con acento caribeño.