Orgulloso de sus triunfos
cada instrumento esclamó:
¿quién al lado de la mia
podrá levantar su voz?
I preludiando el bambuco,
Dijo la bandola: «¡yo!»
Ricardo Carrasquilla, La bandola (1863)
La bandola tiene una historia que aún se está escribiendo; una historia que pocos han narrado, mas no sin entusiasmo. Ha tenido seguidores, detractores, entusiastas y, durante su largo recorrido, poetas, músicos, e incluso bailarines y magos han estado a su lado. Ha acompañado, en igual medida, a músicos profesionales y amateur, y ha sonado, tanto en los escenarios más populares, como en los más refinados. Pasó de ser un objeto de vergüenza para la élite colombiana decimonónica, a símbolo nacional, y llegó a ser protagonista de tertulias y ágapes, venciendo en popularidad a los instrumentos extranjeros como el piano, el violonchelo, la flauta o el violín, otrora objetos de estatus social. Ha tenido y aún tiene muchos nombres, como vandola, bandola, mandolina y bandolim, realizó muchos viajes y ha sido nativa de múltiples estancias.
El jueves 7 de julio, en la Sala de Conciertos de la Luis Ángel Arango, Brayan Ruiz, con el sonido o, más bien, los sonidos de la bandola como medio de expresión, nos narró parte de este relato. Brayan está escribiendo un nuevo capítulo, claro está, sin soltarle la mano a quienes han guiado la historia de este instrumento hasta el momento. Estuvimos en la Austria Imperial del siglo XVIII; en la era dorada del choro en Brasil; en teatros de Berlín y Múnich y, finalmente, en otro de los muchos países que la acogieron: Colombia, que desde hace más de un siglo la incorporó en sus paisajes sonoros; los más antiguos y conservadores, o los más actuales y vanguardistas.
Variopintos formatos, esperados e inesperados, se dieron cita en este recorrido musical que comenzó en Viena. Con la Sonata en sol mayor de Giovanni Hoffmann, la bandola le dio voz a la mandolina, ese pariente europeo que, en esta ocasión, fue relevado por nuestra protagonista, a su vez, acompañada de una guitarra que buscó hacer las veces de un clavecín, una tiorba o un archilaúd, con un arreglo de Fabián Forero.
Después de este brevísimo llamado al espíritu clásico, el mismo Forero nos acompañó a regresar al nuevo continente, con uno de sus Doce estudios latinoamericanos para bandola colombiana. El Estudio No. 7 comenzaba una tanda completamente en solitario que nos mostraría todo lo que la bandola es capaz de hacer, todos los sonidos que puede producir y todas las formas que, como estos, tiene la capacidad de reproducir. Aunque un instrumento convencionalmente melódico, este estudio, así como la siguiente obra, De río en río, de Diego Hernán Saboya, nos demostraron, y tal vez con un guiño a las partitas para instrumentos solos de Johann Sebastian Bach, que la bandola puede ser mucho más que una sola melodía, puede ser varias melodías al mismo tiempo, puede ser un diálogo o un monólogo, y puede ser solista y acompañante en simultáneo. Puede ser también mucho más que una bandola, salir de sus lugares comunes y transitar por fuera de su naturaleza. Brayan Ruiz, con complicidad de Iván Gabriel Poveda y su obra Sobre superficies blancas y rojas, nos alejó del sonido convencional de este instrumento y, así como lo hizo Alberto Ginastera con la guitarra, expandió las posibilidades sonoras y trasgredió las expectativas del público.
El intermedio llegó después de la última obra solista, una adaptación para bandola de Receita da samba, original para bandolim y creación de una de las figuras más importantes de la música urbana brasilera, Jacob ‘do Bandolim’. Junto con las obras de Herbert Bauman y Diego Alfonso Sánchez, se completó un programa con música escrita que parecía no estar escrita, que tenía tintes importantes de improvisación, que bebió todo el tiempo de la oralidad y que circuló constantemente entre lo popular y lo académico.
Para finalizar, unas escenas ‘poscréditos’, esas que ahora son tan esperadas en las películas con secuelas; aquellas por las que nos quedamos en la Sala mucho más tiempo del necesario pero que, al final, merecen toda la pena. Así fue el bis que Brayan Ruiz escogió para su público: dos piezas de Fulgencio García que, al dialogar con la guitarra y otra bandola, lograron hacer hablar a nuestra protagonista con el mejor de sus acentos, la hicieron brillar y cerraron de la mejor manera este encuentro. Y, así como en las escenas ‘poscréditos’ se le da al espectador una pincelada de lo que vendrá, estas dos obras bocetaron las palabras que podremos leer en ese nuevo capítulo que Ruiz está escribiendo para la historia de la bandola, que ahora se atreve, como dijera Ricardo Carrasquilla, a levantar su voz e insertarse en un mundo musical al que antes solía mirar desde lejos.