Con el arco zigzagueando sobre las cuerdas, como quien despliega dos alas, Santiago Cañón-Valencia emprendió el vuelo para hacer La ruta de la mariposa, una obra de Damián Ponce de León encargada por el Banco. Todo comenzó en calma, pero poco a poco el sonido del violonchelo fue mutando, al tiempo que el carácter del intérprete también se transformaba: de incisivo a grave, de profundo a vibrante, de sereno a frenético. La interpretación de Santiago transformó la obra en un poema audiovisual en el que fue posible ver y escuchar la evolución de la mariposa, acompañar su despegue, imaginar su vuelo, trasegar junto a ella y regresar a tierra.
La ruta de la mariposa fue estrenada en vivo el pasado miércoles 5 de octubre por el violonchelista colombiano, quien dos años atrás ya había hecho una versión grabada de la obra para la Temporada Digital de Conciertos del Banco de la República. En aquel video, realizado y editado por el mismo Santiago, se refleja la intención de hacer de la composición de Ponce de León una pieza casi cinematográfica. En el estreno en vivo, y ya sin ayuda de los trucos de edición, el intérprete logró la loable proeza de convertir cada sonido en imagen y ensimismar a la audiencia en esa ruta sonora, magistral y, sobre todo, poética.
La dupla colaborativa entre Ponce de León y Santiago fue el perfecto inicio de una noche dedicada a la música contemporánea escrita para violonchelo. El programa, conformado por obras del siglo XX y XXI, fue un gran acierto, aunque representaba un innegable desafío para el público, al ser, muy seguramente, la primera vez que escucharía algunas de las piezas. Y es que justamente en ese punto radica la destacable labor de un artista de la talla de Santiago, un joven que es top del mundo y que, lejos de buscar satisfacer a la audiencia con el repertorio cumbre para su instrumento, está trayendo a la luz otra música que reta el ejercicio de escucha, despoja de pasividad a los asistentes y amplía el espectro. Lo hace, además, con la certeza de que será escuchado, de que convocará público y de que acostumbrará a la audiencia de hoy a ese necesario ejercicio de renovación y actualización que tiene el intérprete del presente.
Además del estreno de la obra de Ponce de León, Santiago junto con la pianista japonesa Naoko Sonoda interpretaron las sonatas para violonchelo y piano de Alfred Schnittke y Alberto Ginastera; Shadow of the Hawk de Gareth Farr y los Tres preludios para violonchelo y piano de George Gershwin. El concierto fue una auténtica lección de música de cámara en el que ambos artistas se compaginaron con una sincronía y comunicación fascinantes. Las piezas, cuyo punto en común fue la riqueza rítmica y el carácter profundo, premiaron la capacidad expresiva de los intérpretes y fueron un constante intercambio de energía entre los dos artistas. En obras como Shadow of the Hawk o la Sonata de Ginastera, cuyas líneas rítmicas y melódicas están repartidas entre ambos instrumentos, el acople fue asombroso.
Naoko y Santiago nos regalaron instantes extremos de dulzura, tristeza, intensidad, intimismo, locura y finales que cortaron el aliento. El despliegue técnico de ambos artistas se vio reflejado en cada obra y en la capacidad de cambiar radicalmente de carácter e intención musical. La maestría de su interpretación —y del criterio de este programa— radica en la madurez técnica y expresiva por encima de la espectacularidad. Fue un recital memorable en el que el único mal sabor fue la interrupción de un par de celulares durante el concierto.
La obra de Gershwin cerró la noche con fuerza y dinamismo. El final abrupto y suspendido fue el último suspiro de esta travesía que empezó volando y terminó en la cúspide. Alto, tan alto, como quien alza el vuelo para encontrar nuevas perspectivas.