En 2011, Leo Rojas (Juan Leonardo Santillán) ganó el concurso de talentos Das Supertalent, versión alemana de Britain’s Got Talent. El entonces músico callejero hizo una puesta en escena donde mezcló diversos elementos tradicionales y cinematográficos para interpretar El cóndor pasa. A nadie le resultó extraño que, en medio de su presentación, pasara un águila calva, en vez de un cóndor, puesto que la veracidad histórica o musicológica no son condición para los programas de entretenimiento. Lo cierto es que persiste la tendencia de confundir cultura con entretenimiento, y de confundir la riqueza cultural con la riqueza de un renglón económico. Compositores como Cergio Prudencio o Gabriela Ortiz, han escrito en contra del remarcado uso, en la música de cine, de lánguidos charangos para representar el mundo sonoro andino. Así lo hicieron también Juan Carlos Paz, Roque Cordero, y Carlos Chávez, frente al nacionalismo folclórico presente en la radio y el cine de finales de la década de 1930, al considerarlo ‘tan banal como una etiqueta aduanera’.

Por supuesto, Colombia no ha escapado a este fenómeno. Pensemos solamente en los sonidos que consideramos como ‘propios’ de la región andina, los provenientes de tiples, bandolas y guitarras, excluyendo a otros instrumentos que habitan la misma geografía. En Suramérica, nos hemos acostumbrado a relacionar quenas, pinquillos, tarkas, mohoceños, sikus y wankaras, como parte de conjuntos de música andina de la world music, y rara vez los vemos como instrumentos propios de las naciones indígenas. Fueron estas contradicciones las que impulsaron la creación de las orquestas de instrumentos nativos, en Bolivia y Argentina, de la mano de Cergio Prudencio y Alejandro Iglesias Rossi.

El proyecto de Prudencio nació en la Universidad Mayor de San Andrés como Orquesta de Instrumentos Nativos —OINSA (La Paz, 1980), que se transformó en la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos — OEIN. Su creación implicó que los integrantes salieran a trabajar con la población aymara de La Paz, para aprender de ellos la construcción e interpretación de sus instrumentos, amén de las tradiciones asociadas a su cultura, hasta entonces marginada por la élite de poder. A cuarenta años de su creación, Prudencio reconoce que uno de los principales aprendizajes fue asumir que el no-diálogo es una de las bases que sustenta a las sociedades sudamericanas, y que su proyecto se encaminó precisamente a transformar esa barrera impuesta por los colonizadores.

Por su parte, Rossi y Susana Ferreres fundaron en 2004 la Orquesta de Instrumentos Autóctonos y Nuevas Tecnologías (OIANT) de la Universidad Tres de Febrero, en la ciudad de Buenos Aires. Este es un proyecto transdisciplinar donde actúan profesores y estudiantes de diversas licenciaturas y maestrías en arqueología, arte dramático, música e ingeniería aplicada a las artes. Los instrumentos aquí utilizados provienen de distintas partes del continente americano. El proyecto  también cuenta con un interesante componente de estudio de los instrumentos que se encuentran en los museos arqueológicos con el objetivo de conocer sus diferentes sonoridades, esto siempre al servicio de la creación musical. En ambas orquestas, sus integrantes fungen como creadores, constructores, ejecutantes e investigadores. En 2015, estos proyectos compartieron escenario en el Ciclo Los Ensambles, un espacio dedicado a la música contemporánea reciente, organizado por el Centro Cultural Kirchner. Los resultados artísticos son bastante diferentes en cuanto a lenguaje musical, puesta en escena y propósito, pese a que utilizan instrumentos autóctonos. En Colombia, tenemos solamente proyectos transdisciplinares en arqueo-musicología, refiriéndome en concreto a los estudios de Emiro Reyes Alvarado del proyecto Achalai, y del grupo de investigación de la Universidad de los Andes, integrado por Alexander Herrera, Juan Pablo Espitia Hurtado, Jorge Gregorio García y Alejandro Morris; pero no tenemos aún proyectos artísticos similares al boliviano y argentino.

Falta aún mucho por trabajar en el reconocimiento y replanteamiento de nuestros entornos sonoros. Seguramente, en algunos años, se originarán proyectos creativos que así lo permitan; lo importante será poder romper la barrera del no-diálogo y emprender los caminos de la reconciliación en medio de esta sociedad convenientemente polarizada.

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