La ley de abolición de la esclavitud de negros e indios, que se firmó en 1851 en Colombia, desató una de las tantas guerras civiles que vivió la generación de la posguerra de independencia, aquella que nació, creció y murió en tres tipos de estado diferentes: República de la Nueva Granada, Estados Unidos de Colombia y República de Colombia.

La influencia de la música negra en los ámbitos burgueses de entonces se dio principalmente en las derivaciones regionales y locales del fandango (en una amplia gama de sones) y la contradanza, de la cual derivan la habanera, el danzón, el tango, el merengue, la danza zuliana, y el bambuco. Referencias a la música y músicos negros quedaron expuestas en novelas costumbristas como María (1867) de Jorge Isaacs y El alférez real (1903) de Eustaquio Palacios. De igual forma, se publicaron algunas piezas para piano en revistas y periódicos de carácter cultural, entre estas publicaciones se destacan el Papel periódico ilustrado donde aparece la danza La saboyana del poeta Diego Fallon con letra de José Antonio Calcaño, en la edición de mayo de 1883. La búsqueda de los orígenes de nuestra música nacional —como entonces fue llamada— tomó al bambuco como su arquetipo, dando origen a variados textos escritos, entre otros, por Rafael Pombo, José María Samper y Jorge Isaacs. La tesis sobre el origen africano del bambuco provino de un pasaje de la novela María que causó una controversia de más de un siglo e involucró a personalidades como Daniel Zamudio, Jorge Áñez y Guillermo Abadía, quienes defendieron la tesis de un origen mestizo entre lo indígena y lo español que le otorgó su ethos melancólico.

Entre 1924 y 1938 fueron publicadas en la revista El mundo al día algunas piezas de jazz nacional en ritmo de fox, fox-trot y rag, dentro de las cuales están Fox de navidad de Carlos Echeverri, New York - Bogotá de Arturo Patiño (con motivo del primer vuelo internacional entre estas dos ciudades), 20 de julio de Guillermo Osorio, y el rag-time ‘Cecilia’ de Juan Bautista Sales. Por su parte, Jerónimo Velasco compuso el one-step Lindo y el fox-trot ‘Las motilonas’ que instrumentó para el Batallón Guardia Presidencial. Por su parte, el fraile carmelita Severino de Santa Teresa organizó en 1939 su Cancionero poético-musical de Urabá-Chocó para que fuera publicado por la Academia Colombiana de la Lengua. Treinta años después se publicaron los trabajos musicólógicos Rítmica y melódica del folclor chocoano (1961) y Traditional songs in Chocó, Colombia (1965) de Andrés Pardo Tovar, con apoyo de la Universidad Nacional y la OEA.

No sorprende que de la zona sur del Pacífico colombiano provengan las primeras obras académicas del siglo XX con influencia de nuestra música negra. En 1937, Antonio María Valencia compuso su Canción del boga ausente sobre el poema homónimo de Candelario Obeso, que también usó Jaime León Ferro para su propia canción. Siguiendo el ejemplo de Valencia, su discípulo Luis Carlos Espinosa compuso para coro Canción de cuna para niños negros, Cantar chocoano, y Ritmo mulato para bogas negros que pertenece a un breve ciclo de tres canciones para mezzosoprano y piano compuesto en 1958. Por su parte, Santiago Velasco Llanos compuso la suite ‘El tío guachupecito’ que estrenó la Orquesta Sinfónica de Colombia en 1967. En 1947 se estrenó la zarzuela Romance esclavo de Carlos Vieco que regresó a las tablas de Ópera al Parque en 2019.

Los compositores Mario Gómez-Vignes y Blas Emilio Atehortúa realizaron arreglos corales y sinfónicos del currulao Mi Buenaventura de Petronio Álvarez para la Orquesta Filarmónica de Bogotá. De igual forma, Gómez-Vignes compuso Rag time, de Diez piezas para niños, Op. 7; y Cancionero negro. Por su parte Atehortúa compuso Variaciones sobre un bunde del Pacífico colombiano, Op. 57; Bullerengue, Currulao y Cumbia, de la Suite colombiana, Op. 64; y Cumbia y Currulao, de Seis piezas colombianas, Op. 78. También podemos encontrar huellas de nuestra música negra en Ritmo caribe de Luis Carlos Figueroa; Cumbiamba y Karibanías de Francisco Zumaqué; Tres valses negros, Op. 8, de Amparo Ángel; Mitología negra y Creación vallenata para orquesta de Jesús Pinzón Urrea; Dúo rapsódico con aires de currulao y Benkos de Andrés Posada; el ballet ‘Curán’ de Jimmy Tanaka; Tres pequeñas danzas del pacífico de Claudia Calderón; Preludio paráfrasis y juga para guitarra de Héctor González; Porro, de la Suite colombiana No. 2 de Gentil Montaña; y el Porro, de la suite ‘Arrullo’ de Victoriano Valencia. Merece también incluirse la serie de cincuenta piezas didácticas para piano titulada De negros y blancos en blancas y negras, compuesta por Jesús Alberto Rey y que incluye varias danzas del Caribe.

El importante acervo de la música negra y de los músicos negros continúa hoy en manos de jóvenes compositores académicos como Andrea Rincón, Juan Pablo Cediel, Cristian Barreto, Francisco Lequerica y Ludsen Martinus. Sus trabajos reflejan los profundos cambios sociales y políticos de las primeras décadas del siglo XXI.

Parte 1 | La música de los Estados »

Parte 2 | El agenciamiento político de la práctica musical »

Parte 3 | Música colombiana: entre la exaltación y la denuncia »

Parte 4 | Dos caras de la música sinfónica: tipismo y nueva música »

Parte 5 | Indigenismo »

Parte 6 | Mujeres compositoras 1 »

Parte 7 | Mujeres compositoras 2 »

Parte 8 | Músicos negros y música africana 1 »

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Two Negro Musicians