Hay temas que suelen generar controversias y por eso muchos evitan al máximo traerlos a colación en reuniones familiares o en las redes sociales, a la vez que se convierten en guardianes de la diplomacia para prevenir que otros lo hagan. A la fórmula de antaño que advertía que no se debía hablar de religión ni de política, se han agregado nuevos asuntos, entre ellos las identidades de género, las inequidades salariales entre hombres y mujeres, si el bambuco ha de escribirse en 3/4 o en 6/8, o incluso si la tierra es efectivamente redonda. Por mucho tiempo lineamientos como estos dominaron el mundo de la musicología y de la teoría musical. Temas como el racismo, el machismo y las ventajas materiales de unas clases sociales se evitaban casi por completo, y no sólo por evitar controversias. En el fondo, era otro síntoma del encierro de estas disciplinas en una torre de marfil construida primordialmente a partir de los privilegios que gozaban musicólogos y teóricos musicales en virtud de la condición que compartían la mayoría de ellos: hombres, blancos, y de clases medias y altas. Una condición que, dicho sea de paso, compartían además con la mayoría de los compositores de música clásica que estudiaban, y cuyos nombres y obras, hasta el día de hoy, siguen siendo casi los únicos que se repiten incesantemente en clases de música y en conciertos. Pero además estos temas se evitaban (o se evitan) por una convicción que, a decir verdad, no es más que una falacia fruto de los mismos privilegios: que el racismo o cualquier otra forma de discriminación no tiene nada que ver con la música.
Hay episodios y asuntos en la historia de la música de los que rara vez se habla en los libros de texto o en los salones de clase, pero que son tan patentes como la música misma. Entre ellos se cuentan, por ejemplo, que Händel era uno de los inversionistas en la Royal African Company, una empresa a la que se le atribuye el comercio y transporte de más de 200.000 esclavos entre África y América; el racismo explícito, en palabras y obras, de compositores como Wagner y teóricos musicales como Schenker; la forma en que los procedimientos técnicos de la música clásica se asumen como superiores a los de otros mundos musicales, una idea que de forma soterrada sigue sustentando, por un lado, el discurso de la supremacía racial de los blancos, y por otro, criterios de distinción socioeconómica; o la invisibilización sistemática de mujeres y personas de color dentro del canon de músicos y obras respetables, cosa que perpetúa el espejismo de la superioridad y genialidad inevitable —y a menudo exclusiva— de los hombres blancos europeos.
En los últimos años, sin embargo, han aparecido cada vez más voces que hablan de estos temas y que, al hacerlo, han puesto en evidencia no solo el matrimonio histórico entre la musicología y la supremacía blanca, sino la necesidad de desmantelar toda una serie de estructuras de desigualdad al interior del fuero académico de los musicólogos. Para dar cuenta de estos asuntos hay un concepto que hace un tiempo parecía de la jerga exclusiva de los académicos pero que poco a poco se ha ido haciendo menos extraño en el lenguaje cotidiano: el de interseccionalidad. A riesgo de sintetizar demasiado lo que tiene tras sí varias décadas de reflexión y teoría, es posible resaltar, sin embargo, dos premisas fundamentales. Por un lado, que nuestra identidad, lejos de estar definida por un rasgo primordial —por más evidente que parezca, como el género o la nacionalidad— se construye a partir de la superposición —o en la intersección— de múltiples identidades relacionadas con la raza, la etnicidad, el género, la orientación sexual, la clase social, las ideologías, la edad, o las discapacidades, entre otros factores que definen quienes somos. Y, por otro lado, que los sistemas de opresión y de discriminación operan precisamente en virtud de dichas intersecciones y no a la luz de la adscripción a una única categoría, como ser negro o blanco. Pero a la vez que cada vez más musicólogos tratan de comprender y poner en práctica estas ideas en sus libros y en sus clases —pero sobre todo de promover cambios reales en términos de inclusión, diversidad y respeto— la sombra de la supremacía blanca se resiste a perder terreno. Y claramente, lo de “blanca” engloba, desde una perspectiva interseccional, todo un mundo perverso de jugadas en procura del mantenimiento de privilegios de clase, de género, de origen nacional, de repertorios, y por supuesto, de raza.
Hace apenas tres años, durante la reunión de la American Musicological Society en la ciudad de Rochester (en el estado de Nueva York), estuvieron circulando unas tarjetas que perturbaron a más de uno. En ellas aparecía un retrato de Beethoven acompañado de la inscripción “I am a Proud Member of The Cult of Beethoven” (Soy un orgulloso miembro del culto a Beethoven). En apariencia no sería más que la elucubración de un club de fans, pero en realidad se trataba de enviar un mensaje en contra del rumbo que parecía estar tomando la sociedad y de atacar, en esencia, a algunos de sus miembros y sus ideas. Según el testimonio de una persona que se encontró con la famosa tarjeta —una mujer latina en los primeros años de su carrera profesoral en Estados Unidos— se trató de un acto de agresión. Para ella, a la vez que se indicaba que alguien como ella no tenía lugar en la disciplina, el verdadero mensaje era algo así como “Let’s Make Beethoven Great Again” (Hagamos a Beethoven grande de nuevo). En medio del recrudecimiento de la violencia en contra de personas de color y el avivamiento de grupos extremistas de ultraderecha en Estados Unidos, con el respaldo evidente del gobierno de Donald Trump, la musicología norteamericana también se debate entre quienes están dando la pelea por una verdadera inclusión y quienes siguen aferrándose, mientras pueden, a los mismos privilegios de antaño. América Latina y el resto del mundo no son ajenos, evidentemente, a estas cuestiones. Ya es hora de que empecemos a hablar de ello.
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