Imagine que entra a un espacio en donde sus ojos no serán protagonistas. Cruza la puerta y se encuentra con un auditorio tradicional; una sala dispuesta para presenciar un concierto ­–convencional, supondrá usted– en el que el público se sienta, toma un programa de mano, lo lee con calma, aplaude cuando salen a escena los artistas y al final de cada obra. Lo que ven sus ojos lo hacen suponer todo esto, pero en este caso, su vista y la predisposición de su mente serán inútiles para lo que está a punto de experimentar. Así que vacíe aquellas nociones de concierto que tiene configuradas, borre los códigos que está acostumbrado a seguir cada vez que visita la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango e imagínese que está sentado en un lugar vacío que cobrará distintas formas, dimensiones y tamaños o que generará distintos estados de ánimo solo con lo que escucha.

De manera repentina, sin darle a usted ningún aviso y sin prestarle atención a su presencia, tres músicos comienzan a producir sonidos en frente suyo. En una aparente aleatoriedad, un saxofón toca melodías ágiles que usted no retiene en su cabeza, porque recorre tantas notas como puede sin que usted llegue a imaginar cuál será su desenlace. Al tiempo, la guitarra produce efectos con su pedalera que le recuerdan el sonido de algunos objetos cotidianos: un motor, una gota de agua, el soplo del viento, el eco de una máquina. A este par se le suma una batería que crea una nueva voz, autónoma y soberana, como si fuera una república independiente del sonido. Redoblando potentemente, hilando ritmos frenéticos y agresivos o efectos sutiles y casi imperceptibles, la percusión se convierte en otra voz dentro de esa textura densa y un poco esquizofrénica. Creerá usted que cada quien está tocando lo que se le ocurre en el momento. Y sí, en ocasiones así es, pues lo que escucha apela al recurso de la improvisación libre. Pero de pronto, sin que lo espere, los sonidos se juntan y desembocan en un mismo golpe o se diluyen al tiempo en el silencio.

Todo parece ser coherente. Se siente engañado por sus sentidos y también por su propia mente. No entiende el código, está frente a algo que no conoce y que, posiblemente, no entiende en lo absoluto. Trata de descomponer los elementos que escucha porque su mente necesita comprenderlo todo: sigue los patrones rítmicos y le parecen lógicos; se detiene en el saxofón y lo encuentra sólido, virtuoso, coherente; pasa a la guitarra y encuentra allí melodías que finalmente sí podría repetir, efectos que le agradan a su oído. Entonces intenta escuchar globalmente y se encuentra de nuevo con una masa sonora densa y variada en la que todos los sonidos, efectos y ruidos suman una experiencia tímbrica en la que usted está siendo manipulado por sus sensaciones: angustia, tedio, perturbación, calma, quietud, locura, rabia. A veces un sonido prevalece ante los otros, a veces todos corren su propia carrera y usted entiende que en medio del caos también existe un orden milimétrico y que la aleatoriedad es mucho más certera y verosímil de lo que había creído.

Así, mediante ocho temas con nombres sugestivos, Musgo lo pasea por ese ir y venir del orden y el desorden. Objetos cotidianos se convierten en instrumentos para ajustarse a una búsqueda tímbrica: un globo que inflan y desinflan, un arco de violín frotando las cuerdas de la guitarra, una serie de técnicas extendidas en el saxofón, un platillo que flota sobre el resto de la batería mientras el percusionista lo manipula.

No entiende si debe aplaudir o no, pero todo el mundo lo hace junto a usted. Los músicos parecen no estar interesados en que usted lo haga; da igual si los observa en silencio. Ha comprendido entonces la gran paradoja de esta presentación: Musgo busca romper la manera convencional de hacer, interpretar, escuchar y presentar la música, pues más que un concierto esta es una experiencia sonora que depende de la relación que usted y cada uno de los otros espectadores establezca con lo que oye. Sin embargo, Musgo está ahí, en un escenario convencional donde la gente aplaude cada vez que llega el final, guarda silencio, sigue el programa aun cuando es imposible y al final vitorea como es costumbre.

Se pregunta usted si esta dinámica funciona para lograr la escucha diferente y disruptiva que propone el colectivo, y aún lo duda. Mientras lo piensa, y para concluir con la paradoja, observa cómo a tres jóvenes intérpretes, despreocupados por su presencia escénica y por el público que los atiende, les entregan tres ramos de flores para celebrar su concierto. Su excelente nivel técnico los hace merecedores de los aplausos que reciben. Incómodos, tal vez por ver cómo ese último instante se les escapa de su no-convencionalidad, se someten inconformes a posar para una foto y a regalarle al público, finalmente, una mirada, una ligera sonrisa y una venia fugaz.

Programa

R. GARCÍA/J. M. JARAMILLO/M. MARÍN: Invención en mi menor; Tema y variaciones ininterrumpidas. R. GARCÍA: Música popular transtiberina; El chorizo de oro. J. M. JARAMILLO: Title subtitle IV; Title subtitle V. M. MARÍN: Guijarro primero; Guijarro segundo.

Imagen principal Media
Concierto de Musgo realizado el jueves 4 de abril del 2019 en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en el marco de la Serie de los Jóvenes Intérpretes.