En la primera parte de esta serie de artículos, dedicada a la composición en Colombia, se abordó cómo la participación de mujeres en la composición académica en el país se incrementó desde la década de 1960 hasta nuestros días. Lo anterior, a partir del estreno en Colombia de Metamorfosis de Jacqueline Nova en 1966 y del concierto de la pianista Ángela Rodríguez en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República en 1992, en el cual se interpretaron obras compuestas por compositoras de Brasil, Cuba, Colombia y Venezuela. Tal como se anunció, el propósito ahora es explicar el porqué de este fenómeno.

Es preciso considerar que la música académica tuvo (y tiene) en Latinoamérica un bajo nivel de penetración social. Durante la primera mitad del siglo XX, Argentina, Brasil, México y Cuba fueron países donde hubo un mayor número de compositores académicos cuya formación fue mejor que la de sus colegas de otros países cercanos, en parte al desarrollo de su economía industrializada. Si bien, el número de mujeres latinoamericanas en la composición es menor respecto al de los hombres, no se puede negar su compromiso con la vanguardia musical desde la década de 1920 representada en el dodecafonismo, la música electrónica y la experimentación. Son pioneras de la música contemporánea en Latinoamérica las argentinas Pía Sebastiani e Hilda Dianda, la uruguaya Carmen Barradas, la brasileña Vãnia Dantas Leite, y las dominicanas Margarita Luna y Ana Silfa.

En Colombia hubo una mayor cantidad de mujeres estudiantes tanto en la Academia Nacional de Música como en el Conservatorio Nacional de Música. Para 1939 el número de mujeres en el Conservatorio Nacional fue del 80% del total (68 estudiantes). Tampoco resulta sorprendente que hubiera mujeres en los cargos directivos del conservatorio; sirva como ejemplo el caso de la afamada pianista Lucía Pérez, que fue representante de los estudiantes ante el Consejo del Conservatorio Nacional en 1937 y luego fue su directora en 1943. No obstante, no hay registro de mujeres en la cátedra de composición del conservatorio, que se caracterizó además por recibir a muy pocos estudiantes. Para 1959 el conservatorio tuvo como estudiantes en esta cátedra a Álvaro Ramírez Sierra, Lucas Estrada, Blas Emilio Atehortúa y Jesús Pinzón Urrea.

Una mirada más detallada muestra que hasta la década de 1970 siguió vigente en Colombia la diferenciación entre compositores profesionales y de oficio. Los primeros egresaron de instituciones reconocidas estatalmente como academias y conservatorios, mientras que los segundos se formaron dentro de los estamentos religioso y militar, o bien, de forma privada con un tutor; este fenómeno afectó igualmente a hombres y mujeres. El caso de la santandereana Josefina Acosta de Barón sirve como ejemplo de una compositora de oficio pues tomó clases privadas con los maestros Santos Cifuentes, Honorio Alarcón y Guillermo Uribe Holguín. Otros casos similares son los de Cecilia Pinzón Urrea, que aprendió el oficio de su padre —José María Pinzón— y de su hermano — Jesús Pinzón Urrea; Gloria Bermúdez de su padre Luis Eduardo ‘Lucho’ Bermúdez; Ruth Peñalosa de Ceballo de su esposo Guillermo Ceballos; Edilma Zumaqué Gómez de su padre Francisco Zumaqué Nova; y Amparo Ángel de Blas Emilio Atehortúa. En cambio, las compositoras Maruja Hinestrosa, Elvia Chadid de Ferris, María Ruth Rojas de Polanco y Rita Fernández Padilla fueron estudiantes formales de sus respectivas escuelas departamentales de música en Pasto, Medellín, Tolima y Santa Marta.

La presencia de Jacqueline Nova en el Conservatorio de la Universidad Nacional y en el CLAEM fue y es relevante en el panorama musical colombiano y latinoamericano. Si bien Nova no tuvo actividad docente, por sí misma se convirtió en referente de la música contemporánea y del arte sonoro para las siguientes generaciones, al lado de otras importantes figuras de su tiempo como Cecilia Casas Cerón, Helvia Mendoza, Feliza Bursztyn y Julia Acuña. También es importante señalar que, con la apertura de programas de composición en universidades públicas y privadas, desde finales de la década de 1980, se acrecentó también el número de compositoras de música académica. Hoy no son ajenos a nosotros los nombres de Aura Moncada, Claudia Calderón, Alba Lucía Potes, Catalina Peralta, Alba Fernanda Triana, Ana María Romano, Claudia Gómez, Alejandra Cárdenas, Carolina Calvache, Carolina Noguera, Violeta Cruz, Michele Abondano o Melissa Vargas.

Sin embargo, Colombia sigue siendo un país con serias limitaciones para el ejercicio profesional para el compositor académico, lo que se considera un factor determinante para la creación de proyectos artísticos y acontecimientos musicales liderados por compositoras como Claudia Calderón, Ana María Romano, Alba Fernanda Triana y Melissa Vargas. Estas iniciativas marcan en la actualidad un punto de inflexión que está cambiando el rumbo de la música académica, cuyos frutos veremos en los próximos años.

Parte 1 | La música de los Estados »

Parte 2 | El agenciamiento político de la práctica musical »

Parte 3 | Música colombiana: entre la exaltación y la denuncia »

Parte 4 | Dos caras de la música sinfónica: tipismo y nueva música »

Parte 5 | Indigenismo »

Parte 6 | Mujeres compositoras 1 »

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Concierto de Carolina Calvache Cuarteto realizado en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango el sábado 10 de marzo de 2018.