La primera parte del recital presentado por el pianista paisa Manuel Arango Pérez el pasado 25 de julio en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango fue una muestra de precisión, transparencia y expresividad que cautivó al público. Desde el inicio, con el fantástico Preludio de la Partita No. 1 en si bemol mayor de Johann Sebastian Bach, el joven intérprete demostró su control sobre el pulso, que fue perfectamente fluido y continuo, y su agilidad para interpretar las frases y ornamentos de esta colección de danzas. Sus dinámicas también salieron a relucir e hicieron del tejido melódico un entramado cristalino. Movimientos como la Sarabanda resultaron íntimos y delicados, mientras que la complejidad y actividad rítmica de la Giga demostraron su dominio técnico y destreza.
En contraste con esta primera obra, Diana triste, de Luis Antonio Calvo, y Paráfrasis sobre un tema de Pedro Morales Pino, de Mario Gómez-Vignes, mostraron los puntos de conexión que existen entre la música clásica europea y la música para piano de los compositores colombianos. Arango lució todo su despliegue expresivo en la primera obra, en la cual cada nota estuvo repleta de significado y fue abordada como un tesoro. Esto hizo que las frases musicales estuvieran cargadas de emotividad, permitiendo que el público fantaseara con estas. Todo esto fue logrado gracias a la magnífica manipulación del tempo, que el pianista movió y utilizó a su favor para lograr las intenciones de su discurso musical. Asimismo, el intérprete nos paseó por una paleta de colores inmensa, gracias a los matices y al cambio de carácter que osciló entre momentos íntimos, dulces, profundos y graves. Estas características también se vieron reflejadas en la obra de Gómez-Vignes, un poco más fuerte de carácter que la anterior y en la que cada sección de esta paráfrasis estuvo claramente delimitada por los cambios de tempo.
Esta aproximación a la música de compositores colombianos recuerda el recital ofrecido hace un par de semanas por la pianista Sara Sierra quien, como Arango, es estudiante de los mismos maestros: Andrés Gómez y Blanca Uribe, en la Universidad EAFIT. Lo que pareció una simple coincidencia se convirtió en una certeza: hay una labor comprometida en esa cátedra de piano por interpretar y mantener vigente el repertorio de nuestros autores. Aplausos a los maestros y a los estudiantes. No sobra decir que, tanto en el programa de Arango, como en el de Sierra, las obras colombianas aportaron un destello especial al concierto que, además, logró una conexión íntima y pasional con el público. Quizás allí haya una clave para acercar cada vez a más personas a los recitales de ‘música clásica’.
La segunda parte del concierto de Arango se centró por completo en una de las obras más interpretadas por ensambles de distinta índole: Cuadros de una exposición, del compositor ruso Modest Mussorgsky, que fue orquestada posteriormente por Ravel y se hizo mundialmente famosa. La obra, de carácter programático, describe la experiencia de un visitante a una exposición de arte. Desde su caminata entre cuadro y cuadro –Promenade–, hasta la detallada descripción de las obras, los sonidos pretenden convertirse en imágenes, emociones e impresiones sobre cada cuadro. Así, el mayor desafío del intérprete es que, valiéndose del timbre del piano, logre sonidos, atmósferas y experiencias completamente distintas entre cada movimiento. Arango, sin lugar a dudas, lo logró. Ya había mencionado la valiosa paleta de color que tiene el intérprete entre sus manos que, en este caso, también fue evidente. Esto habla muy bien de su intención musical, de su carácter frente al piano y de su dominio técnico. Otro punto que brilló en la interpretación y que es clave para lograr este contraste es el cambio de tempo entre un movimiento y otro; Manuel Arango lo trabajó con cuidado y perfeccionismo, como si tuviera a su lado un metrónomo que le indicara cada velocidad.
La única distancia entre la primera parte de su programa y la segunda –además de las épocas y procedencias de las obras– fue la imprecisión y el tropiezo en varios pasajes de Cuadros de una exposición. Desde el movimiento VIII de la obra, dio la sensación de que el intérprete no estaba igual de conectado con la música como en todo lo que precedió. Por lo demás, este recital fue una clara muestra de excelencia musical y un indudable trampolín para la carrera del intérprete. Felicitaciones.
Programa
J. S. BACH: Partita No. 1 en si bemol mayor, BWV 825. L. A. CALVO: Diana triste.
M. GÓMEZ-VIGNES: Paráfrasis sobre un tema de Pedro Morales Pino. M. MUSSORGSKY: Cuadros de una exposición, IMM50.