El buen lector no es aquél que únicamente comprende las reglas internas de un texto literario, sino quien que es capaz de aplicar en su vida diaria aquello que aprendió de la experiencia literaria. La pedagogía de la literatura en el aula nos ha permitido acercarnos a los géneros, a las características de los movimientos y a las figuras literarias, a la vez que a distintas herramientas teóricas para analizarlas. Pero se ha quedado corta históricamente en abrir las posibilidades para que el lector aplique en su vida íntima y social aquello que aprendió o conmovió de una historia particular. En el territorio de la ficción el lector, tal como se nos ha enseñado, desarrolla empatía por los personajes ficticios; sin embargo, difícilmente encuentra la manera de desarrollar esa misma empatía hacia la población social o emocional que esa obra literaria retrata. De esta manera, la población lectora pierde la oportunidad de desarrollar pensamiento crítico hacia su propia realidad social y política a partir de la literatura.

Cuando una persona interactúa con una obra literaria, no solamente está trabajando con la imaginación, sino que también está desarrollando herramientas comunicativas para poder ser una persona más empática, tolerante e incluyente. En la medida en que las obras literarias por lo general tratan de experiencias de seres humanos en sus diversas relaciones personales y sociales, permiten tanto la comprensión de experiencias que conforman la salud emocional y psicológica de las personas, como la comprensión de sí mismo y de los demás a través de esta transacción.

Si queremos que la literatura sea un agente de cambio que desarrolle picos de conciencia en los lectores que los predispongan al cambio (sea este personal o social), tenemos que en primer lugar trabajar sobre las competencias lectoras de nuestros promotores de lectura y de nuestros líderes sociales, de tal manera que a través de la experiencia literaria decodificada puedan desarrollar estrategias de trabajo comunitario y colaborativo.

Esto, por supuesto, se entiende en el final del año 2020 con otras consideraciones adicionales que no deben ser ignoradas. Es indiscutible el impacto que el aislamiento social debido a la pandemia del Covid 19 ha tenido en nuestras vidas. De manera inesperada comenzamos a vivir una realidad apenas imaginable hace unos meses, en la cual nos hemos visto privados de muchas cosas que siempre dimos por sentadas. Nos hemos visto en la obligación de reorganizar nuestras vidas acostumbrándonos a nuevos horarios y rutinas. Por primera vez en nuestra historia reciente familias se han visto en la obligación de compartir espacios íntimos como nunca antes lo habían hecho, generando así nuevas dinámicas familiares. Las consecuencias del aislamiento tienen dimensiones inabarcables. Pero ahora, cuando se calcula que alrededor de 2,6 billones de personas en el mundo estuvieron en aislamiento social, uno de los riesgos más acuciantes tiene que ver con nuestra salud mental, y la propensión a desarrollar depresiones, traumas psicológicos y trastornos emocionales como producto de la separación social y de la convivencia íntima con familiares.[1] ¿Qué papel puede cumplir la literatura para mitigar los efectos en la salud emocional de las personas? ¿De qué manera puede la lectura frenar la voracidad de la deshumanización?

Las historias sobre acontecimientos que nos han ocurrido o sobre pequeños sucesos cotidianos que nos marcan de alguna manera en nuestras vidas, es decir todo aquello a lo que llegamos gracias a la lectura literaria,  nos ofrece la oportunidad de comprender nuestra autobiografía y darle sentido a lo que hemos vivido y compartido. Un enfoque hacia lo literario que no se quede únicamente en su enunciación teórica o conceptual nos permite crear sentido a partir de nuestras experiencias y tenemos la posibilidad de comprender el momento que estamos viviendo, o por lo menos de darle un sentido dentro de nuestras vidas y así poder autoconocernos y autoregularnos. Dos elementos o potencias indiscutiblemente necesarias para sobreponernos de los peligros de la soledad y el aislamiento.

Leer historias nos permite desarrollar habilidades transversales que conducen siempre a la empatía y a la resiliencia. Compartir estas experiencias con los demás nos permite unirnos desde la vulnerabilidad que nos ha generado el aislamiento social por la pandemia del Covid 19. La separación física nos ha hecho buscar a los demás para compartir nuestras experiencias y la manera como nos sentimos. Y cuando leemos sobre la manera cómo se sienten los demás, siempre tenemos la oportunidad de ver la vida desde otra perspectiva y aprender cómo vivir mejor este período extraño e inesperado para todos. Valga la pena traer las palabras de David Grossman, autor israelí, para quien la escritura literaria cumple precisamente con esta premisa: al de mejor conocerse a uno mismo y a los demás:

Para mí la escritura es, entre otras cosas, un acto de protesta, de resistencia, incluso una revolución contra ese miedo. Contra la tentación de atrincherarme dentro de mí mismo, de erigir una barrera casi imperceptible, amical y cortés, pero sorprendentemente eficaz, entre los demás y yo, en el fondo, entre yo y yo mismo.

Me explico: para mí el impulso primero que motiva la escritura es la voluntad del escritor de conocerse. Pero cuanto más escribo más siento la intensidad del impulso que se suma, colabora y completa la voluntad de conocer al otro desde su interior; la voluntad de sobreponerse al miedo que antes he mencionado,  de intentar sentir de verdad qué significa ser otro, de conseguir percibir, y no solo por un instante, la fibra de la llama que arde en el interior del otro. (Grossman 27-28)

¿Qué entienden nuestros promotores de lectura por leer? ¿Qué entienden por lectura? ¿Por qué leemos? Con estas consideraciones generales, durante los meses de agosto y noviembre de 2020, en mitad del aislamiento decretado por el gobierno colombiano, se ofreció de manera virtual y gratuita el taller “Leer para entendernos” desde la Biblioteca Luis Ángel Arango. El taller tuvo como objetivo principal ofrecer herramientas para acercarse al texto literario y así ofrecer más y mejores estrategias de comprensión de lectura a los participantes que en su mayoría eran promotores de lectura del ámbito nacional. Los criterios del desarrollo partieron de la certeza de que en los últimos años la pedagogía de la literatura en el aula ha dejado de lado la posibilidad de que el lector tenga una “experiencia literaria” a partir de su propia experiencia personal en el proceso de lectura. Se deja también por fuera la posibilidad de reflexionar en torno a una de las más exclusivas características de la ficción literaria, como lo es la empatía, que se logra a partir de un cuidadoso y articulado manejo de lo que desde la crítica llamamos herramientas narrativas o textuales. Piezas todas fundamentales y únicas que ofrece la lectura literaria y que a través del taller busca que sean utilizadas para así innovar en sus procesos de lectura.

El taller capacitó a los asistentes a desarrollar estrategias de lectura a través de las cuales pudieron invitar a sus alumnos o participantes de grupos de lectura a comprender la organización de un texto literario a la vez que asimilar la naturaleza de la ficción y sus reglas internas, de tal manera que pudieran relacionarse como lectores con la literatura y comprender la naturaleza empática de la lectura, que permite desarrollar herramientas para mejor entender, decodificar y atender a las problemáticas sociales de nuestras comunidades.  Comprendiendo que una debida utilización de los criterios técnicos de la lectura nos permite comprender mejor la construcción de sus personajes y de sus tramas, se contempló desde un principio que la finalidad del taller sería la de proponer y desarrollar un acercamiento a la obra literaria comprendida  como una plataforma que posibilita la transformación social a través del desarrollo de la empatía.  De allí que durante meses estuvimos leyendo para entendernos.

***

A lo largo del taller prevalecieron cuatro ejes de lectura que nos permitieron comprender la literatura como un constructor de empatía. En primer lugar las lecturas se concentraron en  la naturaleza de la literatura y de la ficción. ¿De qué hablamos cuando hablamos de literatura y de ficción? ¿Cuáles son sus leyes internas? ¿Qué diferencia la ficción de la realidad, o de qué manera podemos combinarlas en el análisis de un texto? Desde las categorías clásicas de un texto literario pudimos comprender sus límites en cuanto a invención literaria.

Pero para que esto pudiera erigirse como una de las columnas conceptuales, también nos concentramos en capacitar a los participantes frente a las herramientas de la ficción: es decir, la caja de herramientas a través de las cuales pudimos decodificar los textos. Porque estas preguntas siempre surgieron desde la práctica de los participantes: ¿con qué herramientas  cuento para comprender el mensaje de un texto literario? ¿Qué herramientas son lícitas en el momento de analizar un texto literario? Todo análisis de una obra literaria debe ser precedida por su comprensión narrativa y literaria, así es que se visitaron los elementos narratológicos más comunes para poder entrar a analizar cómo funciona, qué dice y cómo lo dice una obra literaria. A través de categorías como autor, lector, narrador, tiempo, espacio y perspectiva, casi todos pertenecientes a la rama de la narratología que pretende entender el texto desde su composición sintáctico-literaria mas no desde sus posibilidades teóricas o ideológicas, pudimos proponer un espacio de reflexión desde la recepción.

Ahora bien, lo anterior siempre supuso una piedra de apoyo para poder comprender, desde todas sus posiblidades, lo que comprendemos como lectura y la experiencia literaria. ¿Qué es leer? ¿Cómo funciona la experiencia literaria -es decir el momento en que un lector se reconoce en un texto literario y aumenta sus posibilidades de interacción y comprensión? ¿Para qué leer?         

Si algo hemos avanzado en el estudio de las humanidades en los últimos años es que ya la lectura de literatura no se considera únicamente una actividad propia de la sensibilidad de un lector o producto del confort de una clase social. Cada vez más estudios nos demuestran que a través de la empatía la literatura es una herramienta para la construcción de seres sociales y de seres democráticos. Como nos recuerda Martha Nussbaum, otro de los pilares del taller:

El conocimiento fáctico y la lógica no alcanzan para que los ciudadanos se relacionen bien con el mundo que los rodea. La tercera capacidad del ciudadano del mundo, estrechamente vinculada con las primeras dos, es aquella que denominamos ‘imaginación narrativa’, es decir, la capacidad de pensar cómo sería estar en el lugar de otra persona, de interpretar con inteligencia el relato de esa persona y de entender los sentimientos, los deseos, y las expectativas que podría tener esa persona (Nussbaum, p. 132)

Vista así, la literatura se erige como un espacio en el cual los lectores, más allá de comprender la literatura como una construcción lingüística que enuncia o evidencia determinada manera de relatar el mundo (es decir desde una postura ideológica), se ve como un ejercicio en el cual podemos desarrollar una serie de valores y competencias que nos permitan después de la lectura literaria, comprender nuestra propia realidad; o, dicho de otro modo, desarrollar las “habilidades transversales” necesarias para poder enfrentar mejor los retos del siglo XXI.[2] El espacio propuso que el lector ideal es aquél que es capaz sobre todo de proyectar sus criterios de lectura literaria en un texto a la lectura de la realidad, de su realidad, que vive día a día.

Incluso dentro de la cotidianeidad del lector, cuando se le pregunta a alguno el por qué ha abandonado tal o cual lectura, no es sorpresa escuchar que no hubo una “conexión” entre el narrador (que no necesariamente el autor) y el lector, que en estudios literarios se denomina el pacto literario. Esta “conexión”, para utilizar un término neutral que nos remite a la teoría literaria, es fundamental en la experiencia literaria puesto que es precisamente ese espacio que el lector reconoce con el gusto, con la atención y con la concentración. En muchos aspectos, podríamos proponer que aquello que permite a un lector leer un libro es la sensación de empatía que nace en el momento de la lectura literaria. El DRAE define “empatía” como el sentimiento de identificación con algo o alguien, o capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Steven Pinker, en su monumental Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones, la entiende a partir de tres instancias: preocupación altruista por los demás; proyeccion, es decir “la capacidad de ponerse uno en el lugar de una persona, un animal o un objeto, e imaginar la sensación de estar en esa situación.” (Pinker, pg. 749); y por último comprendida como la capacidad de adoptar perspectivas, es decir “visualizar el mundo desde el punto de vista del otro.” (Pinker 749). Para efectos del taller y de la propuesta que acá estamos presentando, pueda ser que es sobre la empatía cuando Vargas Llosa, en su ya famoso ensayo “La verdad de las mentiras”, asume lo siguiente a partir de la imagen del traslado:

Cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras. Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil. Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos y las fantasías que le exigen ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones. (Vargas Llosa 21).

No en vano podríamos comprender que esta relación que establece Vargas Llosa con la ficción se dé precisamente por el sentimiento de empatía que desarrollamos con esa vida que leemos, o con ese destino que, ficcional, nos hace percatarnos otras realidades  ajenas a la nuestra, tan real y tan evidente. Juan Gabriel Vásquez comienza Viajes con un mapa en blanco (Alfaguara, 2017) asumiendo esta postura: la de cómo la empatía de alguna manera legitima el invento que fue el Quijote de Cervantes:

El invento de Cervantes nos pide aceptar que el hombre común y corriente, el compañero de nuestra cotidianidad, es una criatura de complejidades sin fin, contradictoria, impredecible y ambigua, dueña de una profundidad y un interés que no están al alcance del ojo, sino que yacen detrás de mil velos a la espera de que los descubramos. (Vásquez, pg. 23)

Sin embargo, hay un elemento fundamental, que permite cuidar el espacio de la lectura de la mera especulación por parte de los participantes: cada texto está construido desde sus frases, desde sus oraciones, es decir desde la construcción propia que el autor determinó llevar a cabo en el momento de su construcción. Luego la comprensión, que es un efecto inmediato de la construcción, debe ser asimismo un proceso que base sus experiencias y su análisis en la cita textual; es decir, que cada lector debe comprender el texto literario desde su referencialidad para así poder usarlo debidamente en el proceso de transformación. Dicho en otras palabras, es tan importante la manera como determinado lector proyecta su empatía literaria hacia la realidad como su comprensión textual. A pesar de que pensemos en la literatura como espacio de libertad, debemos comprender que el espacio de comprensión literaria no es democrático en el sentido en que un texto propone sus partes para luego ser interpretadas. Dicho de otra manera: para que un texto se comprenda desde su proyección, debe ser primero comprendido desde su textualidad.

¿Por qué es importante señalar esto? Vivimos en un momento en que la importancia de la cita textual parece estar en decadencia, en la medida en que a los alumnos cada vez les cuesta más comprender su uso e importancia. Pero no es solamente una cuestión de aulas: el año pasado en Colombia vimos cómo durante las votaciones del plebiscito por la paz muchas personas creían que el documento de las negociaciones decía tal o cual cosa, pero nunca se presentó la cita textual que así lo evidenciaba, ni lo exigieron los votantes que se dejaron convencer. Este es un claro ejemplo de cómo una sociedad puede verse afectada por la falta de lectura crítica. El resultado fue que la emocionalidad le ganó a la razón (lo que se denomina actualmente posverdad), en la medida en que ciertas fuerzas políticas aprovecharon la ausencia de lectura de sus ciudadanos para poder funcionar de intermediarios en el momento de la comprensión del texto: dijeron lo que no estaba, y jamás mostraron la cita que no existía.

¿Pero cómo podemos hacer que la lectura cumpla con una función tanto técnica de su decodificación como emocional para permitirle al lector entenderse a sí mismo y a los demás? Vale la pena realizar el ejercicio de visitar las metas del Ministerio de Educación en la materia del español literatura para bachillerato, y cotejar que si bien en el texto que la presenta se designa que la literatura nos ayuda a relacionarnos con los demás, ninguna competencia que se evalúe en el aula permite acercarse a esta propia noción que plantea la introducción. Dicho en otras palabras, todo ejercicio literario, así sea de análisis lingusitico, no debe en momento alguno olvidar la referencialidad emocional que plantea, y no reducirse a las simples formas retóricas o literarias que se utiliza. En todo caso el análisis de las figuras literarias, de los mecanismos y de los instrumentos utilizados en una pieza narrativa deben ser puestos en consideración de la voluntad empática que a todo texto literario le es inherente. Como recuerda Tzvetan Todorov en relación a cuando él mismo revisó la sábana de objetivos del Ministerio de Educación de Francia, se percató de que

el objetivo primero de los estudios literarios es llegar a conocer las herramientas que utilizan. Leer poemas y novelas no lleva a reflexionar sobre la condición humana, sobre el individuo y la sociedad, el amor y el odio, la alegría y la desesperación, sino a ideas críticas tradicionales o modernas. En la escuela no se aprende de qué hablan las obras, sino de qué hablan los críticos.” (Todorov, p. 22)

Para concluir a continuación con la siguiente valoración que resulta fundamental para la explicación de nuestro tema:

Es cierto que el sentido de la obra no se reduce a la valoración meramente subjetiva del alumno, sino que depende de un proceso de conocimiento. Así, para llevarlo a cabo al alumno puede serle útil aprender datos de la historia literaria o algunos principios que surgen del análisis estructural. No obstante, en ningún caso el estudio de estos medios de acceso debe sustituir el del sentido, que es el fin. (p. 27)

Esta es una de las ideas más importantes de Todorov de un libro que también es pilar del taller, La literatura en peligro: si leemos una novela histórica, no la leemos para aprender de historia, porque en esa medida tendríamos que recurrir a la historia como tal. Dicho en otras palabras, cada ayuda o “datos” que el alumno o lector emplee, deben estar en todo caso sujetos a la propia recepción de la obra por parte del lector. Lo que Todorov llama el sentido es precisamente el orden que se crea a partir de la lectura: la experiencia narrada, la aventura, etc. Cualquier mecanismo que utilice el narrador está encaminado a mejor exprimir las posibilidades de esa experiencia, aventura, etc., no a ser evaluado en sí mismo.

En la medida en que el taller se impartió a promotores de lectura, es siempre importante comprender cuál es el perfil de lector que visita los espacios de lectura, y detectar que en muchos casos estos perfiles no acuden necesariamente para ser “instruidos literariamente”, sino para poder conocer a través de la literatura más y mejores posibilidades de vivir la vida luego de una atenta lectura. Siendo esto así, cada mediador o dinamizador debe estar en condiciones de acompañar la lectura del texto teniendo en mente, así sea en una primera fase, las necesidades del lector. No puede de manera alguna imponer una visión de la lectura por encima de los anhelos del lector. La única exigencia es la de respetar en todo caso la comprensión del texto en cuanto a construcción textual.

Resulta fundamental comprender que para Todorov la literatura es una posibilidad de transformación. Esta transformación emocional se asume desde la postura de la empatía, en la medida en que en cada visión de mundo propuesta por el autor, el lector tendrá su posibilidad de verse o no reflejada en ella de manera positiva. Pensar en la literatura como una posibilidad de transformación también implica que podemos ampliar los espectros a partir de los cuales entendemos o valoramos un texto. Porque si lo que queremos es comprender esa vocación humana, con mayor rigor y seriedad debemos leer un texto de tal manera que la transformación que llevemos a cabo sea a partir de una interpretación con evidencia, es decir a partir de la comprensión de sus ideas, sus partes y luego sus desarrollos. Contrariamente a lo que se podría deducir, cuando buscamos una experiencia emocional en la literatura tenemos que concentrarnos aún más en la lectura de tal manera que podamos conectarnos con las ideas e imágenes que desarrolla determinado libro. Una de las ideas que también hace resonar Louise Mary Rosenblatt en su La literatura como exploración:

Cualquiera que sea su forma -poema, novela, drama, biografía, ensayo-, la literatura vuelve comprensibles las miríadas de formas en las cuales los seres humanos hacen frente a las infinitas posibilidades que ofrece la vida. Y siempre buscamos algún contacto estrecho con una mente que expresa su sentido de la vida. Y también siempre, en mayor o menor grado, el autor ha escrito a partir de un esquema de valores, de un marco social o incluso, quizá, de un orden cósmico. (Rosenblatt, p. 32)

Para Rosenblatt la literatura nos ayuda a tomar mejores decisiones y por lo mismo a reconocer las “miríadas de formas” en las cuales los hombres y mujeres se ven envueltos a diario. La idea de “imaginación narrativa”, utilizada por Nussbaum en una cita que aparecerá más adelante, es muy parecida a lo que Rosenblatt. Esto implica que la literatura no es solamente una forma de entretenimiento ni de “evasión de la realidad”, sino que precisamente nos funciona como un espacio en el cual podemos reflexionar y evaluar las que podrían ser las decisiones que tomaríamos respecto a distintos momentos de la vida. Esto no implica que la literatura es moralista, o deba entenderse desde un lente moralista; lo que implica es que cada lector está en capacidad de decidir gracias a su pensamiento crítico que puede él elegir, en soberana libertad, cuando se encuentre frente a alguna decisión que deba tomar basándose en una lectura, por ejemplo.

El profesor de literatura, entonces, procura ayudar a seres humanos particulares a descubrir las satisfacciones de la literatura. Enseñar llega a ser una cuestión de mejorar la capacidad del individuo para evocar significado a partir del texto, llevándolo a reflexionar de manera autocrítica acerca de este proceso. El punto de partida para el crecimiento tiene que ser el esfuerzo de cada individuo por ordenar sus recursos en relación con la página impresa. La labor del maestro de literatura es propiciar interacciones fructíferas —o, más precisamente, transacciones— entre los lectores individuales y las obras literarias individuales. (Rosenblatt, p. 52)

Para Rosenblatt, la transacción implica que el texto tanto vive en el lector porque a partir del sentido que él le de puede contemplarse como relevante e interesante. Me explico. En algunos casos ciertos profesores o mediadores invitan a sus grupos a leer determinado libro porque es un clásico que debe leerse. Vista la literatura desde este estandarte, damos a entender que nosotros como lectores debemos elevarnos a las inmediaciones del autor proclamado, cuando siempre el ejercicio debe ser al contrario: los textos literarios deben ser accesibles al lector en cuanto ser humano cotidiano. Si buscamos que la literatura hable sobre la experincia, debemos hacerle entender a los lectores que los libros, incluso los denominados más difíciles, pueden relacionarse con su vida. La única condición, como venimos anotando: la comprensión textual del texto para entonces realizar la transacción necesaria, de tal manera que podamos contar con la extensión de nuestra experiencia:

La capacidad de entender y sentir compasión hacia otros refleja la naturaleza múltiple del ser humano, sus potencialidades para muchos otros yos y tipos de experiencia de lo que un solo ser podría expresar. Ésta puede ser una de las cosas que nos capacita para buscar, a través de la literatura, una extensión de nuestra experiencia. Aunque podemos ver a algunos personajes ajenos a nosotros mismos —es decir, podemos no identificamos con ellos tan completamente como con temperamentos más afines—, somos capaces, sin embargo, de penetrar en su comportamiento y sus emociones. (p. 67-68)

Lo que Rosenblatt llama extensión de nuestra experiencia es una de las propuestas que desarrollamos en el taller: el lector es aquél que es capaz de proyectar sus preocupaciones literarias a su plano de vida real. Es decir que alguien que es capaz de destacar que un narrador es poco confiable o que un personaje no está diciendo la verdad, debería ser también capaz de observarlo y proyectarlo sobre las personas con quienes habita y comparte un espacio social. En la medida en que la literatura es referente de una época social o de determinado tipo de personaje, reconocer a ese tipo en nuestra realidad no resulta en un error de lectura, sino precisamente en proyectar nuestra empatía literaria hacia derroteros de nuestra propia cotidianidad. Aunque podamos ver y mejor comprender a los demás a partir de personajes de ficción, también podemos a través de la ficción atender a la “exposición objetiva de nuestros propios problemas.” Es decir que podemos vernos a nosotros mismos en los demás personajes, pero también podemos ver en los personajes a personas con quienes debemos compartir un espacio social.

La literatura fomenta el tipo de imaginación que se requiere en una democracia, la capacidad de participar en las necesidades y aspiraciones de otras personalidades y de vislumbrar el efecto de nuestras acciones sobre sus vidas.

La literatura actúa como una de las instituciones de nuestra cultura que transmiten imágenes, actitudes emocionales en torno a diversas relaciones sociales, y estándares sociales y personales. (…)

La literatura puede ayudarle a tomar decisiones acertadas por medio del ensayo y error o la experimentación imaginativos, al experimentar en la obra literaria las consecuencias de acciones alternativas. (Rosenblatt, p. 244 – 245).

Este listado de posibilidades que otorga la literatura es un buen punto de partida o de llegada en cualquier grupo lector. Lo que resulta fundamental es que Rosenblatt otorgue estas posibilidades desde la primera, que es la posibilidad de una democracia a partir del campo de experiencia intelectual y emocional que confiere la lectura literaria.

Así como somos espectadores de una historia de un destino a través de una novela, que nos puede llevar a tiempos lejanos o a países extraños, también estamos experimentando y viviendo una secuencia de emociones que normalmente no tendríamos en nuestra vida cotidiana, a la cual a veces le encontramos menos sentido que el que encontramos en una obra literaria. Lo que se desarrolla claramente a partir del pacto literario entre el lector y el autor es también la empatía: es decir comprender la situación de los personajes literarios para luego poder encontrar en mi propio plano real seres afines a los que conocí de manera íntima en una novela.  De la misma manera, la construcción literaria y la intimidad que produce el acto de la lectura resulta positivo para el desarrollo de la inteligencia emocional; es decir que mientras más historias lea y más personajes conozca, mayor va a ser mi amplitud de sentido y de vida que me permita relacionarme más y mejor con los demás. Visto así, se derrumban las viejas ideas de que la literatura y el arte era inútil para la comprensión de la realidad. Comprendemos que la lectura es algo así como el espacio en el cual podemos practicar para ser mejores seres humanos, como nos lo recuerda Nussbaum:

las artes cumplen una función doble en las escuelas y las universidades: por un lado, cultivan la capacidad de juego y de empatía en modo general y, por el otro, se enfocan en los puntos ciegos específicos de cada cultura. La primera función pueden cumplirla las obras de arte que se alejen de la época y el lugar de los lectores, aunque no sirve cualquier pieza elegida al azar. La segunda función requiere un olfato más aguzado para detectar las áreas de malestar social. (Nussbaum, p. 147)

Los puntos ciegos específicos de cada cultura son precisamente esos elementos que en muchos casos únicamente pueden ser referidos a través de la literatura. A través de la novela y a través del conocimiento de los personajes y del mundo que inspiran, el lector puede darse cuenta, gracias al orden de los signos dispuestos en el texto, que hay muchos elementos propios de su realidad y cotidianidad que antes no había logrado identificar, y que su aparición y vida en la obra literaria le confirió un poder de visibilización. Por esto es que la literatura es también un espacio de inclusión, porque cada manifestación conlleva también su forma de ver el mundo, que se visibiliza y llena de sentido. 

***

Ahora más que nunca debemos exigirle a la literatura lo que nos puede ofrecer para mitigar los efectos de la pandemia del COVID-19 en nuestra salud mental, pero también mitigar los efectos que como colombianos sentimos luego de décadas de conflicto armado y cuatro años de una difícil implementación del Acuerdo de Paz decretado por el presidente Juan Manuel Santos. Como país herido y necesitado de nuevas herramientas y visiones, el taller “Leer para entendernos” buscó ofrecer nuevas maneras para que la literatura pueda cumplir con un papel constructor sin olvidar en momento alguno sus reglas internas y su propósito en cuanto a producto de la ficción. Es posible un mundo en el cual podamos poner tanto cuidado a la reacción emocional como a la reacción técnica, semántica o narratológica que podemos sentir al leer un texto. Porque ninguna de las dos puede entenderse por separado; porque cuando un autor teje con cuidado la construcción de un personaje suyo, lo hace para que lo podamos conocer más y mejor por dentro: para que podamos sentir empatía sin estar de acuerdo.

Como nos recuerda David Grossman,  cuando inventa un personaje, quiere “saber, sentir y vivir, tanto como me sea posible, su carácter, su estado de animo, incluso aquellas cosas a las que es difícil dar un nombre. Por ejemplo su tono muscular, tanto corporal como anímico; al vitalidad, el dinamismo y la tensión de su ser físico y mental…” (Grossman, pg. 33): dicho en otras palabras, conocer todo aquello que siempre vemos, resentimos o reconocemos en los demás con quienes habitamos el día a día. Y nada de esto se teje sin un conocimiento técnico, ya sea en la escritura del autor, o en la lectura del lector. Porque únicamente cuando conseguimos conciliar lo técnico y emocional es que llegamos a la lectura que nos permite “atrevernos a liberarnos de las cadenas del ‘yo’ para conseguir llegar al núcleo del prójimo como tal, y allí experimentarlo como el que existe en sí mismo y por sí mismo, como si fuera  un mundo completo, con su propia legitimidad y su lógica interna”. (Grossman, pg. 29). Dicho en otras palabras: todo aquello que necesitamos para valorar la diferencia y poder leer par entendernos.

 

Bibliografía recomendada y utilizada

Grossman, David. Escribir en la oscuridad. Barcelona, Random House Mondadori, 2013.

______________, Una historia de la lectura, Oaxaca, Almadía, 2011.

Nussbaum, Martha C. Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz, Madrid, 2010.

______________, El cultivo de la humanidad. Una defensa cláisca de la reforma en la educación liberal. Paidós, 2005.

Pinker, Steven. Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones. Madrid, Paidós, 2012.

Rosenblatt, Louise M. La literatura como exploración. México, FCE, 2002.

Todorov, Tzvetan. La literatura en peligro. Barcelona: Círculo de lectores, Galaxia Gutenberg, 2007.

Vargas Llosa, Mario. La verdad de las mentiras, Madrid, Alfaguara, 2003.

Vásquez, Juan Gabriel. El arte de la distorsion. Bogotá, Alfaguara, 2009.

__________________, Viajes con un mapa en blanco, Alfaguara, 2017.

Wilde, Oscar. La decadencia de la mentira. Madrid, Siruela, 2001.

 

[1] Nature, “Seven tips to manage your mental health and well-being during the COVID-19 outbreak”, 26 marzo/2020; World Economic Forum, “Lockdown is the world's biggest psychological experiment - and we will pay the price”, abril 9/2020; Forbes, “Coronavirus Lockdown Is Taking A Toll On Mental Health, Especially

Among Women, Study Finds”, 8 abril/2020; The Guardian, “'Urgent studies needed' into mental health impact of coronavirus”, Abril 15/2020; Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia, “Prevenga la depresión y ansiedad durante el aislamiento preventivo”, abril 5/2020; Gaceta Médica, “Salud Mental y Covid-19: consejos para combatir la pandemia”, 20 marzo/2020; entre otros.

[2] Mateo-Berganza Díaz, María Mercedes, et al. Habilidades del Siglo 21: Desarrollo de Habilidades Transversales en América Latina y el Caribe. Banco Interamericano de Desarrollo. DOI: http://dx.doi.org/10.18235/0001574, diciembre de 2020.

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