Partiendo de la materia vibrante de algún instrumento, las ondas sonoras se inscriben sobre el aire reposado, viajando hasta encontrar algún receptor, quizás humano que les da sentido y cobran vida. Así, la acción de las ondas sobre el espacio es como una especie de artilugio de sobre-escritura acústica, y la música como un epigrama sonoro, teniendo en cuenta que el significado original de ‘epigrama’ es literalmente el de ‘sobre-escribir’. Pero es claro que un epigrama tiene hoy un sentido que trasciende la mera técnica de realización, y se asocia comúnmente con una expresión breve pero sustanciosa, cargada de mística, y abierta generosamente a la interpretación. Fue este maravilloso espíritu de lo epigramático el que hizo brotar la música del excelso compositor mexicano Mario Lavista durante el concierto que de su obra ofreció la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá el pasado miércoles 19 de septiembre.

Aquella fue una velada de celebración, la cual contó con la grata presencia del compositor. Su exquisita música epigramática, así como la inspiradora modestia que Lavista proyectó en los pocos momentos en que su figura fue protagonista, hicieron que aquella fuera una sobria pero sentida celebración musical cargada de profunda sencillez. El ambiente se fue cargando poco a poco de la magia sonora de las piezas seleccionadas para la velada, casi todas epítomes de una ecología de materiales sonoros de una eficiencia compositiva y eficacia expresiva asombrosas.

En sintonía con su lenguaje corporal, el lenguaje sonoro de las piezas de Lavista que escuchamos aquel día fue el opuesto a la grandilocuencia, aún en piezas como la exuberante Salmo, para soprano, crótalos, y contrabajo, cuya línea vocal ―delicadamente tejida sobre los pedales profundos del contrabajo, y estimulada ocasionalmente por el golpe ritual de los crótalos― parecía estar buscando expandir las limitaciones de la materia y encontrar el espacio místico apropiado para la alabanza suprema a Dios. Quizás esta acrobática búsqueda espiritual era lo que generaba en Juanita Delgado, la cantante, la necesidad de diagramar amplios círculos con sus brazos, en una coreografía que parecía expresar más un esfuerzo físico incapaz de trascender el ámbito condensado de la materia que un angelical canto de alabanza flotando ligeramente en algún plano astral.

Aquella pieza había marcado el final apoteósico y trascendental de la primera parte, un final más que apropiado para una secuencia sonora que me había sugerido siempre lo ritual, y que había iniciado con una pequeña pieza algo hipnótica para ensamble de percusión, cuya económica narrativa se agotaba en una sencilla pero eficaz modulación gradual de timbres y texturas. Los jóvenes percusionistas, dispuestos en forma dialógica, respondían gestualmente con la misma economía sugerida por la superficie sonora, cuya aparente sencillez lograba disfrazar las intrincadas polirritmias ideadas por Lavista. La segunda pieza, también sugerente de algún onírico ritual, nos había planteado un contraste con aquel diálogo percutivo, presentándonos una intensa y lírica línea para el noble oboe, interpretada de manera envolvente por la oboísta Viviana Salcedo, acompañada del diáfano e hipnótico murmullo de un set de copas de cristal. Como en la obra para percusión, la economía sonora y visual de la pieza lograba que la esencia de su contenido epigramático fluyera sin distracciones, logrando conmover no por la vía de una grandilocuencia efectista, sino por la de la sustancia mística del epigrama.

La segunda parte del concierto incluyó lo que para mí fue un pequeño desvarío en medio de aquel espíritu de potencia expresiva y economía conceptual. Escuchamos una interpretación quizás un tanto parca y mecánica de una pequeña suite para chelo y piano con visos de un lenguaje más tradicionalmente modernista. Esta ligera desventura sirvió, sin embargo, para potenciar aún más el extático final del concierto, éxtasis proporcionado por la finura y la sutileza del mágico cuarteto de cuerdas que sirvió como una especie de berceuse mágico-realista. El maravilloso Cuarteto Q-Arte nos entregó una versión sencillamente hermosa de la que es considerada una de las obras maestras del compositor mexicano. Construida mayoritariamente por armónicos, la pieza presenta un epígrafe sugestivo que invita a entender su paisaje sonoro como una expresión de los sutiles sonidos de la noche. A través de la presentación de un escenario casi a oscuras, iluminado tenuemente solo por linternas sobre los atriles que me permití imaginar como cigarras, la puesta en escena reforzó la sugestión.

Con aquel ambiente de sombras visuales y sonoras culminó una hermosa velada de celebración y merecido homenaje a Lavista y su obra, con piezas de incólume factura y de una refinada filigrana intelectual sutilmente recubierta por un conmovedor velo sonoro de epigramático misticismo. Gracias Mario.

Programa

M. LAVISTA: Danza isorrítmica; Marsias; Salmo; Tres danzas seculares; Reflejos de la noche.

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Concierto que celebró la música del compositor mexicano Mario Lavista ofrecido el miércoles 19 de septiembre de 2018 en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango como parte de la Temporada Nacional de Conciertos 2018