Hace poco hicimos en familia uno de esos viajes largos en carro que terminan siendo una prueba de paciencia al volante, pero buenas dosis de música nos ayudaron a pasar el rato. Mis turnos al volante, que solían coincidir con mis turnos de indulgencia musical, estuvieron acompañados con algunas raciones de jazz y latin jazz —apenas lo suficiente para no exasperar a mi comitivita— y porciones generosas de salsa o de una que otra banda de rock alternativo de mis años adolescentes. El tedio de un viaje con pocas curvas a veces permitía instantes fugaces de inspiración al compás de la música y, así, cautivado por canciones como Plástico de Rubén Blades, o Manuel Santillán, el León de Los Fabulosos Cadillacs, pude apreciar, quizás como nunca antes, la elocuencia de la música popular para dar cuenta del pasado, del presente y hasta de futuros posibles o imposibles.

Aquella ráfaga de pensamientos terminó por darle forma a un curso que dictaré dentro de poco en la Universidad de Indiana, y cuyo título no podría ser otro que Popular Music as a History Book: Latin America in the 20th Century; un curso en el que las canciones, más que los libros, son el material primordial de estudio y la razón de ser de las tareas. Este artículo es la primera de una serie de seis entregas dedicadas a pensar cómo ciertas canciones son un testimonio inmejorable de episodios históricos, o de las experiencias y sentimientos de las personas de América Latina. Quizás no hay mejor lugar para empezar este viaje, retrospectivamente, que con el retrato de Latinoamérica que hizo Calle 13 en 2011; un retrato musical, pero cargado de vehemencia poética, política, etnográfica y afectiva, casi como capturando buena parte de la esencia histórica y cultural de la región, en un caudal de frases que no parecieran ser otra cosa sino la versión cantada de Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano.

La ambivalencia de la condición latinoamericana, forjada en un teatro de incesantes operaciones coloniales y al fragor de comunidades enteras que se resisten a firmar su derrota, resuena con contundencia en la doble caracterización de América Latina como «… un discurso político sin saliva» y «… un pueblo sin piernas, pero que camina». Al igual que en nuestras conversaciones cotidianas, en especial aquellas más sencillas, pero más trascendentales, pocas palabras son suficientes para decir mucho. Una frase aquí y otra allá bastan para fijar una radiografía indeleble de la región y de su incalculable cuantía natural, social y espiritual: «… los mejores atardeceres», «… las caras más bonitas que he conocido», «… soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles», y «… aquí se comparte, lo mío es tuyo». Pero la canción no es una oda a la belleza o a la gallardía de Latinoamérica; el tema central es el drama inagotable del extractivismo: «… soy lo que dejaron, soy toda la sobra de lo que se robaron». Al oro y la plata que extirparon los imperios europeos de antaño se le fueron sumando, ya en tiempos supuestamente ‘poscoloniales’, el algodón, el tabaco, la quina, el petróleo, el cobre, el manganeso, el níquel, el caucho, los bananos y hasta la música y la habilidad de los músicos para interpretarla. Todo ello, y hasta el día de hoy, solo para nutrir el crecimiento económico e imperial de otras economías y otras latitudes, al tenor de un plan inconfeso pero inexorable de mantener la condición de subdesarrollo de la región, a menudo con la complicidad de caudillos locales elegidos teóricamente para proteger nuestros intereses.    

Con todo, la canción de Calle 13 es mucho más que un recordatorio de una desventaja sistemática a cambio de unos pocos premios de consolación. La razón por la que a muchos se nos cuela en el corazón, sin saber por qué, pero resonando cerquita del lugar donde están atesoradas las historias que hacen germinar aquello que llamamos identidad, es que proyecta una sensación incomprensible de unidad hemisférica, algo así como ratificando lo que varios no dudan en llamar una comunidad imaginaria. Y, en ello, la música en la canción de Calle 13 tiene quizás mucho que ver, al hacer gala de un sistema rítmico que se expande por todo el continente: la estirpe musical del fandango europeo, concebida en medio de los horrores del colonialismo y cuya fraternidad sin padre, como es común en nuestros países, incluye el bambuco colombiano, el joropo colombo-venezolano, el son jarocho de México, el gato argentino, la marinera peruana, y el seis-joropo puertorriqueño, entre muchas otras músicas.

Lo curioso es que, como lo ha escrito con candor Mauricio Tenorio-Trillo, aquello que llamamos América Latina no es en realidad un escenario geográfico históricamente palpable, sino una idea forjada desde el siglo XIX para reformular en el continente americano viejas dicotomías europeas que distinguían al norte del sur. Pero como muchas otras ideas que heredamos, a lo mejor ya no podemos vivir sin ella, y lo que otrora fuera una abstracción retórica se nos ha convertido en un sentimiento arraigado con firmeza en la consciencia y en el corazón. Sin duda, Eduardo Galeano, Gabriel García Márquez y ahora Calle 13 han contribuido a ello. A lo mejor es por eso que, a pesar del panorama tan desolador que brota de las noticias todos los días, podemos cantar   «… soy un pedazo de tierra que vale la pena».

Imagen principal Media
Latinoamérica, mural del grupo La Mano