Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejercito del Pueblo (FARC-EP) fue la guerrilla más longeva del planeta. Por más de medio siglo fue la principal antagonista del Estado colombiano, al tenor de un conflicto armado que no deja de desangrar al país, a pesar de los acuerdos de paz que se firmaron en 2016. Gestada en las postrimerías de la violencia de la década de 1950, de cara a la indolencia de los gobiernos de turno y el blindaje irrestricto del sistema político colombiano frente a fuerzas políticas alternativas, las FARC-EP se expandieron por casi todo el país y sostuvieron una lucha insurgente tan sangrienta como cotidiana y cuyo fin parecía imposible. Las voluntades políticas, de un bando y de otro, no permitían un acercamiento distinto al de los hostigamientos armados y, así, a la sazón de un caudal exponencial de muertes, de secuestros, de intervenciones y horrores paramilitares, y de una polarización incesante de los discursos, Colombia fue testigo de una de las peores guerras internas de las últimas décadas en el mundo. Hasta ahora y, a cuentagotas, estamos empezando a percatarnos de la magnitud de la barbarie, a la vez que presenciamos con desconcierto la fragilidad de las instituciones y la exacerbación de los odios políticos, los mismos que han impulsado casi dos siglos de horrores y de violencias a menudo simplemente inenarrables.

De la mano con la lucha armada, los virajes políticos, el fortalecimiento o el debilitamiento militar y el narcotráfico, las FARC-EP también hicieron música. De ello ha dado cuenta, entre otras fuentes y testimonios a nuestra disposición, la detallada investigación realizada por Ingrid Bolívar, Rafael Quishpe y Laura Malagón. Hablar sobre la música de una organización guerrillera puede parecer un sinsentido, en especial cuando se asume que solo se trataba de una maquinaria de guerra, desprovista de vida social o de sensibilidades distintas a aquellas que dicta el conflicto y el antagonismo ideológico. Puede resultar además sorprendente, en especial para quienes han vivido el conflicto de lejos, nutriendo su imaginación sobre la insurgencia solo con las versiones estereotipadas que filtran los medios de comunicación. Sin embargo, no solamente las faenas de producción musical de las FARC-EP fueron abundantes y alcanzaron una magnitud que podría hasta rivalizar con las operaciones de la industria musical del ‘mainstream’, sino que la guerrilla mantuvo consistentemente una agenda cultural tan vehemente como la que impulsaba las avanzadas bélicas.   

Así que, de entrada, hay una característica de la música de las FARC-EP que puede resultar sorpresiva para algunos. Lejos de apegarse a fórmulas o géneros musicales convencionalmente asociados con la izquierda, con la protesta social y con las zonas ‘rojas’ de conflicto —como la nueva canción latinoamericana o los corridos ‘prohibidos’— las FARC-EP incursionaron en una amplia gama de estilos propios de la música popular comercial, entre ellos la música llanera, la salsa, el reggaetón y el vallenato. Para 2018, luego de por lo menos treinta años de faenas musicales documentadas, las canciones en este último género abarcaban casi la mitad de la producción musical total de las FARC-EP. Uno de los cantantes más famosos de la guerrilla fue alias Julián Conrado quien, por ejemplo, cantaba en ritmo de vallenato: «He tomado este camino porque considero justo y necesario que los pobres de Colombia seamos quienes estemos en el poder; hombre, porque ya está bueno tanta explotación contra los proletarios y la lucha por ser libre es para nosotros sagrado deber».

A pesar de la centralidad de esta música en la vida cotidiana de la guerrilla y de muchas de las comunidades locales en sus áreas de influencia, en especial aquella del Bloque Caribe, se trata efectivamente de una música marginal tanto para la imaginación sonora del país como para los intereses de la industria musical comercial. Pero al interior de la guerrilla, esta música era fundamental. No solo servía como herramienta de propaganda y adoctrinamiento —especialmente efectiva como recurso pedagógico entre los nuevos miembros— sino que ayudaba para ‘subir la moral’ y para fortalecer los lazos sociales entre los combatientes. Como cantaba Julián Conrado en Nada personal, también en ritmo de vallenato: «Lo hago a conciencia y mis pasos son muy voluntarios, solo me obliga el deber y esa es cosa bonita. Nada personal, nada personal, nada personal nos estimula; lo que a la lucha nos empuja es el más hermoso ideal». Estar en la guerrilla no era solo convivir incesantemente con la zozobra, la incertidumbre y la inevitabilidad del accionar militar. Cosas como jornadas culturales, fiestas, y giras internas de ‘conciertos’ de los artistas más famosos eran experiencias cotidianas y prioritarias en la agenda de la organización.

La música también cumplía un papel clave ‘hacia afuera’, es decir, para acercarse a las poblaciones locales. De hecho, la preferencia por el vallenato o por la música campesina respondía también a un interés por hacerse culturalmente relevantes en cada una de las regiones, y no era un acontecimiento extraño que en muchos lugares fueran los grupos musicales de la guerrilla los que amenizaran fiestas y eventos locales. De ello también dan cuenta las letras de las canciones. En Hermano soldado, por ejemplo, cantaba Lucas Iguarán: «[…] si soy pobre como tú, somos hermanos los dos, no sé porque piensas tú que tu enemigo soy yo».

Al mismo tiempo, la música de las FARC-EP es un testimonio histórico tanto del horror de algunos episodios que dejaron una huella indeleble de dolor y de indignación entre muchos colombianos, como de las posibilidades del posconflicto. De lo primero, una de las canciones más difíciles de escuchar es la salsa Los diputados, una crónica celebratoria de la operación que terminó en el secuestro y la masacre de los doce diputados de la Asamblea del Valle en 2002. Por otra parte, a partir de 2012, con la apertura de las conversaciones que llevarían a los acuerdos de paz en La Habana, palabras como ‘reconciliación’ y ‘paz’ empezaron a proliferar en las canciones, en sintonía con lo que parecía ser el final de una de las etapas más sangrientas del conflicto armado en Colombia. Qué hacer con esta música y, sobre todo, cuál puede ser el papel de la música y de las artes en el esquivo escenario del posconflicto, no son cuestiones menores. A lo mejor es hora de percatarnos que no hay ninguna ganancia posible en seguir haciéndonos enemigos los unos de los otros.

Consulta más artículos de esta serie:

Parte 1 | El fonógrafo y la descolonización de los sentidos »

Parte 2 | Souvenirs musicales de la Guerra de los Mil Días »

Parte 3 | Músicas marginales y violencias inenarrables: los corridos prohibidos de ayer y hoy »

Parte 5 | ’Con la emoción apretando por dentro’: música y protesta social en Colombia en tiempos del Coronavirus »

Conoce más contenidos en el Blog de música »

Imagen principal Media
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia