Fue una grata sorpresa escuchar por primera vez a la soprano colombiana Manuela Tamayo en la Serie de los Jóvenes Intérpretes del Banco de la República, y lamento que este concierto no lo hayamos podido disfrutar en la Sala de Conciertos porque, sin duda, merece nuestros aplausos y una ovación de pie, ¡brava! Este aplauso también lo merece Vadim Parra Trouchina, quien la acompañó al piano de forma magistral, ¡bravo! Me satisface saber que desde los programas infantiles y juveniles hayan surgido personas con un óptimo desarrollo de su talento musical, y que el mismo se haya cultivado y perfeccionado en las universidades, ¡felicitaciones a los maestros!
La producción audiovisual se hizo en Bogotá, en la Sala de Conciertos del Banco de la República con la clara idea de replicar, hasta el mínimo detalle, las circunstancias del concierto en vivo. La captura de sonido es inmejorable, como también la sincronización de audio y video, y del video con el caption que permitió seguir en tiempo real la traducción con lo cantado. Me gustó mucho el plano de la secuencia final, donde se muestra el camino que los artistas hacen desde el escenario hasta el camerino, en donde recibieron cada uno un ramo de flores y se cerró con la firma de Manuela Tamayo en el libro de autógrafos de la Sala de Conciertos; esto acrecentó la idea de estar en un concierto real, no virtual. Dicho esto, considero pertinente hacer dos comentarios de la producción. Hubiera sido ideal haber puesto en los créditos finales una parte de alguna de las piezas cantadas en el concierto para dar un cierre emotivo; asimismo, hizo falta algo de estabilidad en la cámara que se encargó de hacer el primer plano a la cantante. Ahora, los tiempos que se tomaron para simular que se reciben los aplausos fueron bastante cortos y pudieron haberse ensayado, lo mismo que las palabras de apertura que nos dirigió la maestra Tamayo al inicio del concierto. Sé que ya es de por sí difícil actuar con naturalidad frente a un auditorio vacío, como hablar frente a una cámara, pero con un poco más de preparación se pudo haber redondeado la experiencia.
Es claro que Tamayo tiene un mejor dominio de la expresión operática, como lo demostró al cantar Pace non trovo, de Franz Liszt. La ópera requiere una expresión corporal basada en la posición y movimiento de brazos y cabeza, pues se actúa para un público que está lejos del escenario, mientras que en el lied —en su situación original, la distancia entre el cantante y el público es apenas de unos pocos metros, lo que obliga a trabajar en la expresión del rostro y las manos. En ese sentido, la interpretación de los lieder de Clara Schumann fue un poco fría porque sus recursos actorales son aún más intuitivos que técnicos. Debo felicitarla, además, por su impecable dicción del alemán, el francés y el italiano; no obstante, hubo disparidad en la pronunciación de las vocales nasales del francés en palabras de similar pronunciación, que, aunque es un mínimo detalle, puede ayudar al perfeccionamiento de su desempeño escénico y musical.
Ahora bien, Manuela Tamayo tiene encanto (‘ángel’ o ‘duende’) que puede aprovechar a su favor, especialmente su sonrisa, que manejada adecuadamente enfatizaría mejor aquello que el texto dice metafóricamente. En mi opinión, los tres lieder de Liszt (Oh! Quand je dors, Il m’aimait tant y Pace non trovo) fueron las mejor interpretadas. Es claro que los comprende bien y que le favorecen por su estilo operático. Las Siete melodías, Op. 2 de Chausson son difíciles de interpretar como un ciclo debido a que los textos no llevan un hilo conductor, pese a que todos conservan un carácter bucólico y romántico; esto se debe en parte a que Chausson puso juntos siete poemas escritos por diferentes autores. La interpretación debe entonces mirarse individualmente y como un todo. Destaco su buen fiato en Nanny, el legato en Le charme, su control del forte-piano en Le papillons, el manejo de su registro grave en La dernière feuille, pero por encima de ellas está su interpretación de Le colibri, la cual podría estar en una producción discográfica tal cual como la cantó.
El futuro para este notable talento del canto lírico no está en Colombia, pues para el adecuado desarrollo de una carrera musical, como la suya, se necesita que haya una estructura —hoy llamada ecosistema— que satisfaga las necesidades de crecimiento artístico. Este ha sido un problema recurrente, casi endémico, de nuestro país; no obstante, es una queja cada vez más presente en países latinoamericanos y en España. Tristemente no tenemos firmas que se encarguen de la representación de nuestros artistas en el exterior y cada vez son menos las oportunidades para presentar este tipo de conciertos en otras ciudades del país. Esta es una situación que se agravó con la pandemia y que nos interpela actualmente. Espero de corazón que la figura de Manuela Tamayo llegue a ser tan conocida como la de grandes cantantes líricas colombianas como Carmiña Gallo, Martha Senn, Juanita Lascarro, Beatriz Mora o Betty Garcés, por nombrar solamente a algunas.
Programa
C. Schumann: Selección de Seis lieder, Op. 13.
E. Chausson: Siete melodías, Op. 2.
F. Liszt: Oh! quand je dors, S. 282; Il m'aimait tant, S. 271; Pace non trovo, de Tres sonetos de Petrarca, S. 270/1.
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