La Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango aguardaba, casi llena, la entrada al escenario del Cuarteto Inbound. El programa prometía un recorrido musical por estilos abiertamente lejanos y contrastantes que permitiría apreciar la versatilidad sonora de uno de los formatos más clásicos de la música académica: el cuarteto de cuerdas.

La espera terminó para el público y la llegada del cuarteto fue sorpresiva e inesperada. Sin primer violín en el escenario, el trío restante comenzó a tocar el Cuarteto de cuerdas No. 2 de Alexander Borodin. El violonchelo cautivó a los oyentes con el motivo dulce y melodioso que se desarrolla durante el primer movimiento y, enseguida, el sonido lejano del primer violín apareció a las espaldas de los espectadores, repitiendo la melodía presentada por el violonchelo y caminando a su encuentro. Durante su trasegar por el pasillo izquierdo, la percepción sonora iba cambiando conforme el intérprete avanzaba hacia los demás instrumentos. En un juego alusivo de perfecta literalidad, el Cuarteto Inbound le hizo honor a su nombre y se convirtió en un verdadero “Cuarteto entrante”. Así, mientras la atención del público estaba volcada hacia el primer violín, el violonchelo volvió a arrebatarle el protagonismo y finalmente el equilibrio entre las cuatro partes, ahora juntas en el escenario, estuvo completo y bien logrado.

Hay que decir que son pocas las veces que en la música académica se toman decisiones y riesgos como este, que fue, además de un juego escénico, uno alusivo y astuto. Es de aplaudir el valor que se requiere para hacerlo, sobre todo al tratarse de un ensamble joven y nuevo como es el caso del Cuarteto Inbound.

En la obra de Borodin el violonchelo se consolidó como la columna vertebral del ensamble: propositivo, protagónico, con un sonido profundo, vibrante y pulido que contagió la sonoridad del cuarteto. La afinación fue un punto frágil en varios fragmentos de la obra, especialmente en los intervalos justos. El rol de acompañante de la viola y el segundo violín fue impecable en términos de precisión y homogeneidad en articulaciones, dinámicas y color. Es de resaltar el abanico de dinámicas del cuarteto y la capacidad de pasear al oyente por atmósferas y caracteres opuestos, por evocar emociones y pasiones diversas. De esta obra se destacaron el tercer y cuarto movimiento, pues se logró un buen balance sonoro y un diálogo consciente entre los instrumentos donde el tejido melódico y armónico fue cristalino y la afinación mejoró notoriamente. El ostinato rítmico del último movimiento fue vigoroso y controlado, y la sonoridad entre los dos instrumentos graves y los dos del registro agudo fue misteriosa, profunda y fascinante. Todos los inicios y finales fueron contundentes y exactos y le confirieron gran poder y emoción a la interpretación.

Con el Cuarteto Op. 76, No. 2 ‘Quinten’ de Franz Joseph Haydn la disposición y los roles de los intérpretes cambiaron. El violonchelo ahora se encontraba en el centro del ensamble y no en el extremo, mientras que entre los dos violines hubo cambio de partes. En esta disposición el balance y la sonoridad ganaron muchísima fuerza y el sonido fue más envolvente. Ya entrados en confianza, el cuarteto mejoró mucho su afinación. Esta vez, la obra demandaba roles y retos diferentes. Con una arquitectura musical más sencilla, el primer violín se destacó como protagonista, mientras que el acompañamiento y los diálogos contrapuntísticos de los demás instrumentos fueron ejecutados con energía y precisión rítmica. Los contrastes sonoros fueron logrados por el buen rango dinámico y los cambios de tempo que el cuarteto manejó durante los cuatro movimientos de esta obra. Se hizo evidente la solidez técnica e interpretativa en términos de virtuosismo, precisión, paridad, estilo y fluidez rítmica. El desempeño del ensamble entero fue sobresaliente, así como la ejecución prolija del primer violín. Desde ese punto de vista, ‘Quinten’ fue la obra destacada de la noche.

La última obra que interpretó el ensamble fue Guabina y caña, pieza para cuarteto de cuerdas y tiple del compositor colombiano Germán Darío Pérez. Allí se dio la oportunidad de refrescar la sonoridad del cuarteto, de encontrar un color entre lo clásico y lo popular, un vínculo –de por sí cercano­– entre lo europeo y lo andino. Así, el sonido de las cuerdas frotadas fue más brillante y el tiple le aportó al ensamble un toque más metálico. De bis, la agrupación ofreció un joropo titulado Centauro, escrito por el padre de uno de los intérpretes para el mismo formato de la pieza anterior. Las dos últimas obras, de textura sencilla y gran riqueza rítmica, resaltaron sobre todo esa flexibilidad sonora del ensamble y la clara conciencia de que el cuarteto de cuerdas es un constante cambio de rol, un juego en el que cada quien es un comodín, una carta clave que va rotando de papel mientras construye un entramado sonoro que conquista el espíritu de quien lo escucha.

Programa

A. BORODIN: Cuarteto de cuerdas No. 2.

F. J. HAYDN: Cuarteto de cuerdas, Op. 76 No. 2 ‘Quinten’.

G. D. PÉREZ: Guabina y caña

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Concierto del Cuarteto Inbound realizado el jueves 28 de febrero del 2019 en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango