¿Cómo reportar de la manera más cristalina posible una experiencia limitada en apariencia a un espacio y tiempo específicos? ¿Cómo expresar lo vivido en un determinado momento, ateniéndose a lo ocurrido en el marco exclusivo de aquel presente ya consumado? Ocurre que pocas veces estamos presentes de manera plena, sin dejarnos interpelar por la memoria e impacto de experiencias pasadas, o por expectativas, anhelos y preocupaciones de una imaginación que nos acompaña de continuo y cuya presencia y potencia no solemos advertir. Soy miembro de la comunidad educativa de la Pontificia Universidad Javeriana, que recientemente ha vivido días de particular zozobra debido a un denso cóctel que se nutre de violentas jornadas surgidas de manifestaciones estudiantiles, pero sobre todo de profunda congoja y consternación por la dolorosa partida de uno de nuestros estudiantes. Intento dar forma a este escrito, por tanto, estremecido y con dificultad, buscando acceder a mi memoria más vívida e impoluta de lo acontecido durante el concierto que el talentoso joven violinista colombiano José Luis Martínez ofreció junto al trío de dos tiples y guitarra Vivace Trío, liderado por su padre y célebre tiplista José Luis Martínez Vesga, el pasado jueves 19 de septiembre en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, dentro del marco de la Serie de los Jóvenes Intérpretes del Banco de la República.
Durante mi desplazamiento hacia la Sala de Conciertos esa noche, la ciudad me había parecido más congestionada y tensa que lo habitual. Pensaba tener la razón obnubilada por la trágica muerte del estudiante que había ocurrido horas antes; pero mi percepción parecía compartirla algunos de los asistentes quienes —a pesar del caos— de manera visiblemente alegre terminaban de llenar la abarrotada sala. Un poco más tarde de la hora programada, y evidentemente emocionados, saldrían a escena Martínez y sus compañeros de ocasión, a quienes el público recibiría igualmente con un gozo y energía boyantes que contrastaban con mi entumecido corazón. De rostro apacible y sereno, el joven violinista se dirigió amablemente al público con palabras calurosas y coloquiales. Su sencilla elocuencia era tal que hacía evidente la cercanía y familiaridad que había entre él y muchos de los asistentes, lo cual contribuía claramente al ambiente festivo y celebratorio que permeaba la sala. Así, entre sonrisas y brillo en los ojos de asistentes y músicos, iniciaba José Luis su recorrido por más de una docena de aires y danzas representativas de la tradición de músicas populares urbanas del interior del país del último siglo y medio.
Desde la perspectiva musical, el desempeño de Martínez y Vivace Trío fue de veras impecable. En particular en el joven violinista encontraron inefable expresión artística, por un lado, su evidente avance en el dominio técnico de su instrumento, cuya ejecución devela horas de estudio y navegación por músicas y estéticas de variada dificultad que han venido forjando ese estado de forma artístico en el que un músico intérprete empieza a lograr hacer ‘ver fácil’ su oficio; y, por otro lado, un íntimo conocimiento y una evidente conexión emocional profunda con las piezas y los lenguajes de las tradiciones musicales representadas en el programa de aquella noche: los estilizados bambucos, pasillos, guabinas, danzas e incluso joropos que a buen haber se materializaron en las cuerdas de su violín. Al talento, ímpetu, y frescura del joven José Luis Martínez se combinó de manera maravillosa la larga experiencia del trío liderado por su padre; experiencia que imprime en todo sonido musical un ‘no sé qué’ mágico, aun cuando esa magia quizás sea en parte construida por la psicología del oyente que intuye esa experiencia y abre así su corazón para dejarse arropar por una dulce nostalgia sonora.
Como aquella presente en el delicado dueto de guitarra y violín en el que los dos ‘Joseluises’, padre e hijo, parecieron ofrendar públicamente un atisbo del amoroso tejido que yace en lo profundo de su relación más íntima. Ese bello momento sirvió para condensar de manera mágica el aura que prevaleció a lo largo del recital. Un aura dentro de la cual se diluyeron los aspectos musicales más técnicos para resaltar, en cambio, el rol celebratorio de la música, evidente sobre todo en aquellas tradiciones donde el sonido es expresión —más que de virtuosismo— de amor y fraternidad. Lo cierto es que durante el concierto y en los días sucesivos en los que costó encontrar la elocuencia suficiente para plasmar estas líneas, las conmovedoras vibraciones de aquella comunidad compartiendo con gozo su música sirvieron de contrapunto a la congoja y lograron encender una pequeña luz. Aquella que ve en la dicha del prójimo la dicha propia; la que, en aras de continuar la perenne batalla interior, entiende solo en función del otro el sentido de la propia existencia. Que, indistintamente de las estéticas, ese sea el espíritu con el que cultivemos el quehacer musical. Sentidas gracias a José Luis Martínez y familia.
Programa
C. ROJAS: Brisas del Anchique; Ojo al toro. G. MONTAÑA: Siempre te recuerdo; El pijao. R. APONTE: El negrito. J. RUBIANO: Mariposa. L. CARDONA GARCÍA: Bambuquísimo. S. SOLARÍ: El chicao. Á. ROMERO: La indiecita. J. L. MARTÍNEZ VESGA: Centauro. A. MEJÍA: Bambuco en si menor. J. MARTÍNEZ JIMÉNEZ: Brisas del Fonce. O. RANGEL: El tigre. J. VELASCO: Leonor. C. ROZO MANRIQUE: El campesino. H. FERNÁNDEZ NOYA: El diablo suelto.