El jazz es un asunto complejo y fascinante, y miren que escribí ‘asunto’ y no música, porque, aunque el jazz es efectivamente música y en ocasiones lo asumimos solo como música, en realidad es mucho más que esto y, por más de un siglo, ha sido muchas cosas además de música. Esta es la primera entrega en una serie para hablar de jazz, para indagar sobre su historia y sus múltiples sentidos, así como para ponderar lo que ha representado para incontables músicos y seres humanos en distintos lugares del planeta. Así que, en cierto modo, es una serie para desmitificar el jazz, aunque quizás, inadvertidamente, terminemos mitificándolo aún más; pero ese no es el plan. Para muchos, hoy por hoy, el jazz es cosa de expertos o de un sector más o menos selecto de oyentes, bien sea músicos que entienden y disfrutan los embrollos armónicos que suelen asociarse con el jazz o personajes con un perfil intelectual que se asume como distinguido e insaciable, porque, en materia musical, solo lo más sofisticado puede cautivarlos. Sin embargo, y aquí comenzamos a cazar mitos, el jazz es —y ha sido— un universo musical y cultural diverso. El estereotipo del jazz como expresión de una complejidad abyecta e inasible para el ser humano promedio es solamente, como la mayoría de los estereotipos en la vida y en la historia, una verdad a medias.
Elijah Wald escribió un libro increíble en el que habla mucho de jazz, pero cuyo título no parece tener nada que ver con este asunto: How the Beatles Destroyed Rock ‘N’ Roll. La forma en la que percibimos el jazz, según nos cuenta magistralmente Wald, tiene que ver con la forma en que se han concebido las historias acerca de este, unas veces enfatizando ‘rupturas’ y otras ‘continuidades’. De allí que nos encontremos con paradojas asombrosas, pero sobre las que poco reparamos. Por ejemplo, a comienzos del siglo XX, en Estados Unidos, no solo las palabras ‘ragtime’ y ‘jazz’ eran más o menos intercambiables, sino ambos estilos aludían a coordenadas musicales a menudo indistinguibles. No obstante, después de 1917 y de la popularidad incontenible —o ‘craze’— que se desató con las jazz bands, las disqueras primero y los historiadores después empezaron a marcar territorios para distinguir el ragtime del jazz. Así las cosas, a la vez que el jazz comenzaba una carrera vertiginosa de prestigio internacional y de trascendencia histórica —empezando con la famosa ‘era del jazz’ en los ‘estruendosos’ años 20 del siglo pasado— el ragtime terminaba siendo relegado a una categoría narrativa condescendiente: la de antecedente del jazz. De ese modo, mientras el jazz se distanciaba para la historia de mundos musicales y de baile con los que por un tiempo estuvo prácticamente integrado, entre ellos no solo el ragtime sino el blues y hasta el foxtrot, el one-step y el tango, empezaba a aglutinar formas musicales muy distintas entre sí. Así pues, ni el ragtime ni el blues ni el foxtrot fueron más ‘jazz’ pero durante las décadas siguientes, ‘jazz’ se convertiría en una categoría en la que habrían de convivir, sin mayores reparos, el swing à la Duke Ellington o Glenn Miller con el bebop de Charlie Parker y Dizzy Gillespie, la música variopinta de Miles Davis, Herbie Hancock o Chick Corea, y hasta las intervenciones sensacionales de Michel Camilo, Edy Martínez o Esperanza Spalding.
En esta segunda narrativa, y a la que debemos muchos de los mitos que han hecho carrera con respecto al jazz, lo que se ha enfatizado son las continuidades. Pero los criterios para aceptar dichas continuidades tampoco han sido un asunto fácil. En efecto, tan vehementes como los argumentos para incluir a Kendrick Lamar y otras vertientes jazzeras en el hip-hop, pueden ser los reclamos y la indignación de quienes se rasgan las vestiduras al descubrir que uno de los músicos de ‘jazz’ con más ventas en toda la historia ha sido Kenny G.
Antes de terminar permítanme recorrer mis pasos en este escrito para hacer otra advertencia a algún lector desprevenido o que haya pasado muy rápido por el primer párrafo cuando escribí «en distintos lugares del planeta.» No se trata solo de una frase que fluye bien ni de un guiño superficial a la inclusión. Más bien, es una invitación a desmantelar uno de los mitos más arraigados en todo el ámbito del jazz: aquel que asume que el jazz es primordialmente un asunto de Estados Unidos, o algo que se inventaron en ese país, y que después simplemente se exportó a otras partes del mundo; o peor aún, y como fruto de aquel mito, que los músicos y las escenas de jazz alrededor del planeta no han hecho otra cosa en el último siglo que tratar de emular lo que pasa con el jazz de Estados Unidos o de ponerse al día con respecto a los músicos norteamericanos: los únicos innovadores imaginables en la arena del jazz. Y tampoco que ha sido primordialmente un asunto de hombres, como el listado de hace dos párrafos parecería sugerir. Estos y otros asuntos serán el tema de las próximas entregas en esta serie.