Fredric Jameson expresó en una ocasión que era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Bastaba con darle un vistazo al mundo de las operaciones bursátiles, a la expansión irrefrenable de empresas transnacionales, y a nuestros propios hábitos de consumo para darle la razón sin mayor resistencia al famoso crítico literario, cuya insinuación se sumaba a otros ejercicios mentales imposibles como el legendario reto antropológico de imaginar un color que no existe. En efecto, tanto el capitalismo como los colores nos resultaban tan naturales a nuestra vida cotidiana —o tan endémicos a nuestra experiencia cultural— que se imponían simplemente como barreras simbólicas infranqueables. Pero ahora, en medio de la incertidumbre que nos embriaga con la propagación arrolladora del coronavirus (o COVID-19), parece que imaginar otros mundos posibles, o incluso ser parte de estos, ya no es un asunto exclusivo de la ciencia ficción; es un escenario incierto y en buena medida sin precedentes. Bien es cierto que otras pandemias han atacado al planeta a lo largo de los siglos, pero ninguna había logrado confinar a las personas de esta manera ni mucho menos frenar con tanta efectividad las faenas productivas del mercado o llevarnos a replantear de formas tan radicales nuestras prioridades y nuestro papel en el engranaje de los circuitos capitalistas de producción.
Es, sin duda, un escenario incierto. Puede que una vez superada la crisis—asumiendo que tal cosa como una superación efectiva sea plausible en el corto plazo—las cosas vuelvan a ser como antes… business as usual. Al fin y al cabo, si algo ha logrado mostrarnos el capitalismo es su resiliencia; no han sido pocos los momentos en el último par de siglos que lo han puesto a prueba, pero siempre ha salido a flote, renovado y más fortalecido. Pocos entes han encarnado con tanta fiereza y éxito aquel imperativo de ‘reinventarse’. Los extremos de dichas reinvenciones han sido tan crueles como paradójicos e incluyen, entre otras jugadas infames, lo que Naomi Klein ha venido a llamar el ‘capitalismo del desastre’ (o disaster capitalism), que no es otra cosa sino la constatación de que en tiempos de crisis, en especial aquellos impulsados por desastres naturales, el capitalismo florece—tapabocas, equipos médicos, ayudas humanitarias, reconstrucción de edificaciones y un millar de cosas más ofrecen rentables oportunidades de negocio. Pero con el coronavirus el asunto parece ser diferente, o al menos podría ser diferente. Puede que, como varias voces lo han pronosticado en medio de esta cuarentena, la cosecha social de esta crisis sea un nuevo modelo económico, nuevos patrones de negociación entre las esferas pública y privada, e incluso la consolidación de una nueva cultura de la solidaridad—en lugar de la carrera rampante de acumulación individualista. Parece demasiado idealista, o para algunos algo distópico, pero al menos ya podemos imaginarlo. Amanecerá y veremos.
La industria musical no ha sido inmune a esta crisis, como tampoco lo ha sido a otras en el pasado. A finales del siglo xix, la invención del fonógrafo supuso un cambio profundo de paradigma con respecto al consumo musical. Si bien el logro de la grabación sonora no fue algo del todo inesperado en virtud de tendencias tecnológicas y culturales que se venían cocinando desde hacía rato, la legitimación social del sonido grabado no fue un asunto fácil al comienzo. La experiencia de escuchar música por medio de una máquina (y no al contemplar músicos en vivo) generaba ansiedades y miedos de diversa índole, por lo que se hizo necesario un aparato publicitario robusto e intenso para persuadir a aquella primera generación de oyentes a convertirse en compradores de aparatos reproductores y de discos. Una cosa fue inventar el fonógrafo, otra muy distinta fue hacer de esto un negocio. Pero eventualmente fue el caso, y para los años de la Primera Guerra Mundial ya se habían consolidado varios emporios discográficos de proporciones globales.
El crecimiento industrial de Estados Unidos, la expansión de la cultura del consumo, y la vinculación de la música grabada con aspiraciones burguesas y con el encanto seductor del entretenimiento moderno, ayudaron a consolidar la industria discográfica como uno de los emblemas del capitalismo moderno. Y muy pronto no era solo cuestión de discos. Los rollos de pianola, la radio, el cine, y con todo esto, la asociación de otro tipo de empresas capitalistas con las posibilidades que abría el entretenimiento musical—por ejemplo, en la forma de pautas publicitarias, jingles, gestión de modas y tendencias, etc.— ayudó a darle forma a un sector aparentemente a prueba de crisis. Ni la Primera Guerra Mundial, ni la entrada de la radio (con los miedos subsecuentes por una posible obsolescencia del disco), ni tampoco la Gran Depresión de finales de la década de los veinte, lograron minar el auge de la industria musical ni su incursión irreprimible al entorno doméstico de millones de personas alrededor del planeta.
Pero vendrían otras pruebas. A comienzos de la década de 1940, dos coyunturas pusieron la viabilidad y la rentabilidad de la industria discográfica en un riesgo inminente y poco faltó para que se augurase el fin inevitable del negocio, al menos en Estados Unidos. Por una parte, uno de los ingredientes más esenciales para la fabricación de los discos—el shellac (o laca)—de repente dejó de estar disponible. No solo su tránsito desde el sudeste asiático se hizo cada vez más difícil a causa de la Segunda Guerra Mundial, sino que el gobierno norteamericano limitó el uso y consumo de shellac para fines distintos a los militares. Por otra parte, entre 1942 y 1944, millares de músicos se unieron para decretar un veto sobre las faenas de grabación discográfica, en protesta por las condiciones laborales tan desventajosas que estaban soportando. Entonces, a la vez que no había shellac para prensar discos, no había músicos dispuestos ni disponibles para grabar. Y poco a poco los contenidos grabados con anterioridad resultaron insuficientes y el imperativo de novedades musicales que venía sosteniendo el negocio desde varias décadas atrás se impuso implacablemente en contra del negocio mismo y desvirtuó muy pronto las actividades de las emisoras de radio, de las tiendas de discos, y hasta de los espectáculos en vivo. Las empresas discográficas de la época sintieron la presión profundamente y también lo hicieron sus audiencias y hasta el gobierno. Antes del final de la década, tanto el conflicto bélico como las confrontaciones con los sindicatos de músicos cesaron e hicieron posible la resolución de la crisis. Con nuevas provisiones de shellac, nuevos formatos materiales (como el LP y el single) y mejores disposiciones económicas para los músicos —al menos aquellos sindicalizados en Estados Unidos—la industria musical retomó su ritmo… business as usual… y la innovación artística no se hizo esperar.
En tiempos del coronavirus es imposible predecir que será de la industria musical. Por ahora, la disponibilidad de contenidos digitales y la aparente provisión constante de productos musicales parece ser un asunto más o menos garantizado. Pero tal no es el caso con la seguridad financiera y alimentaria de los músicos, en especial de aquellos que dependen primordialmente de las presentaciones en vivo. Se asume la cuarentena como una oportunidad para la exploración de nuevos horizontes musicales de manera individual desde el aislamiento y el confinamiento. Sin embargo, hacer arte con el estómago vacío no es nada fácil. Nuevas alternativas de producción y consumo musical a partir de los imperativos de la virtualidad están a la orden del día, incluyendo conciertos, festivales y fiestas virtuales—como la reciente propuesta del ‘festival desde el sofá’— así como clases de música por internet y otras actividades de diversa índole. Pero mientras esperamos la posible instauración de un nuevo orden económico las necesidades imperiosas de la vida siguen dependiendo del mismo paradigma monetario de antaño; y aunque puede que para muchos músicos de a pie la inspiración venga a borbotones encerrados en su casa, el dinero, en cambio, no llegará tan fácilmente.
Los músicos norteamericanos de la década de los cuarenta lograron eventualmente negociar con las disqueras Victor, Decca y Columbia en función de la perpetuación del modelo capitalista de producción musical. A los músicos y a las empresas del siglo xxi, absortos en la crisis sanitaria impuesta por un virus con el que no es posible hacer acuerdos, se les impone la necesidad de unirse e imaginar nuevos escenarios para la supervivencia de la industria y de la especie, y materializarlos antes que sea demasiado tarde… antes que el capitalismo logre reinventarse una vez más.