María João Pires, una de las más aclamadas pianistas, ha dicho en decenas de entrevistas aquello que refleja su interpretación: «[…] el artista es un vehículo para la música, debe estar al servicio de ella y no pretender ser el centro de atención.». Sus palabras calaban en mi mente mientras veía el concierto de George Harliono, joven pianista británico invitado a la Temporada Digital del Banco de la República. Su interpretación solemne, la belleza de sus gestos al piano y su técnica precisa, sin pretensiones, le cedió todo el poder a la música. De nuevo, la voz de Pires vino a mí con una frase que describe perfectamente a Harliono: «Todo lo que no es sutil, sobra.».
Harliono interpretó la Chacona de la Partita en re menor No. 2 de Johann Sebastian Bach, en arreglo de Feruccio Busoni, y los Estudios sinfónicos, Op. 13 de Robert Schumann. Ambas obras, aunque distantes en términos históricos, guardan una estrecha relación formal: la variación sobre un tema. En el caso de la Chacona, que es una danza española con una progresión armónica repetitiva, Bach realiza variaciones melódicas sobre la armonía, trabajando diferentes aspectos musicales en cada una de estas: el ritmo, el ornamento, las notas pedales o la modulación, lo cual exige un alto nivel de técnica por parte del intérprete. De la misma manera, y altamente influenciado por la literatura y el pensamiento romántico del siglo XIX, los Estudios sinfónicos de Schumann son doce variaciones sobre un tema, en cada uno de los cuales se trabajan aspectos técnicos que sirven como excusa para estructurar miniaturas musicales con gran carga descriptiva.
La elección del repertorio pareciera tener entonces la misma fuerza discursiva de las premisas de Pires, pues confirma que la técnica, el instrumento y el ser están al servicio de ese ente superior que es la música, de la misma forma que los estudios de Schumann o las variaciones de Bach son piezas que, con la excusa del estudio técnico, contienen una gran riqueza musical.
Sin hacer ningún gesto de sobra o mostrar algún afán de espectacularidad, Harliono usó su fantástico abanico técnico para conquistar lo que demandan las obras: articulaciones contrastantes y ligeras, juego de timbres, dinámicas extremas, personalidades descriptivas y una gestualidad casi ritual que el juego de cámaras permite apreciar con detalle. La nobleza de su interpretación es, sin duda, un reflejo de su pensamiento y construcción como artista, que se confirma con la elección de dos obras altamente exigentes, pero que deslumbran más por su carga expresiva y profunda.
La maestría de Harliono radica en utilizar su dominio técnico para, de esa manera, liberarse de cualquier ambición extramusical y permitir que la música -ella sola- envuelva y emocione a quienes la escuchan. Y así ocurrió en el recital digital de anoche.
Programa
J. S. Bach (arr. F. Busoni): Chacona de la Partita en re menor No. 2, BWV 1004.
R. Schumann: Estudios sinfónicos, Op. 13.