En Colombia, el COVID-19 y la cuarentena dieron origen a una nueva expresión, de uso frecuente, en el gremio de la cultura y las artes. Se dice con convicción que «fuimos los primeros en cerrar y seremos los últimos en abrir». Esta parece ya no una opinión, sino un hecho irrefutable, al menos para el sector de la música en vivo, pues se sabe que en lo que resta del año no habrá festivales ni conciertos para pequeños ni grandes públicos. Y aún no se tiene claro qué pasará en 2021, porque la respuesta gubernamental no permite mayor planeación de eventos en los sectores público y privado.
Ante la crisis, muchos han recurrido a la tecnología digital para mitigar los múltiples impactos negativos que genera la imposibilidad de encontrarse colectivamente alrededor de la música. Las redes informáticas ofrecen vías para el comercio de la música como bien, y en estas, cada vez más se darán cita productores y consumidores. Es cierto que la industria musical ha cambiado desde la aparición de internet, pero es posible que esta coyuntura dé paso a una nueva tendencia que, a todas luces, se antoja lastimera. Se trata de la posibilidad de aceptación, sin mayores dudas o resistencias, de que hemos dado varios pasos más allá de la posmodernidad. En dicho marco, el encuentro colectivo que supone la asistencia a conciertos podría verse afectado.
En su Breve cartografía de tres usos de la noción de cultura, el sociólogo colombiano David García (2011) recurre a George Yúdice y Frederic Jameson para indicar que, en la transición de la modernidad a la posmodernidad, resaltan cambios que afectan al sector de la cultura y las artes, como «el llamado giro cultural y la informatización de la economía». El primer caso se refiere a la noción de cultura como un bien económico que se comporta según las leyes del mercado, mientras que el segundo implica la incorporación de la tecnología informática a la economía, más allá de su uso como herramienta de sistematización de información. En lo que aquí nos interesa, es clara la manifestación posmoderna del mundo de la música en medio de la crisis actual. Compositores, intérpretes, gestores culturales y productores de eventos están volcándose hacia el mundo digital, en donde existen intermediarios que ofrecen plataformas y, por medio de suscripciones y de pautas publicitarias, distribuyen los recursos que entran. La circulación de música en internet, como modelo de negocio, puede verse atractiva y necesaria por las facilidades y soluciones que brinda el plano virtual. Para el consumidor que se acopla a lo digital, las redes funcionan muy bien porque en ellas encuentra cada vez más contenidos y más diversidad para públicos variados. Inclusive, encuentra una ventaja económica con el consumo musical en red.
Si la interacción ciudadana enfocada en el consumo de música a través de redes sociales y plataformas digitales crece, se confirmará que la revolución digital sí aporta a la democratización de la vida, sí invita a la participación, sí convoca a la vida en comunidad. Sin embargo, lo importante es no tomar estas afirmaciones como verdades absolutas y más bien preguntarnos qué tipo de comunidades se están construyendo por medio del internet y qué cambiaría en nuestras prácticas de encuentro para escuchar música en vivo una vez que pase la pandemia.
Cuando se habla de posmodernidad surgen posiciones encontradas, ya que este es un concepto aún turbio que algunos toman como una simple evolución y otros como una renuncia a ciertos asuntos del pasado. Veamos de qué se trató esta transición de lo moderno a lo posmoderno en lo que respecta a la música en vivo. Para ello, debemos hacer referencia a otros tiempos, geografías y esferas extramusicales.
En un texto clásico de Michel Foucault (1975), Vigilar y castigar, el filósofo francés cita a Nicolaus Julius para reconocer a la Antigüedad grecorromana —origen de la civilización occidental— como una sociedad del espectáculo. La inconfundible arquitectura de los anfiteatros de aquellos tiempos hacía «accesible a una multitud de personas la inspección de un pequeño número de objetos». Así se gestó una vida pública alrededor de la cultura y las artes —en un muy amplio sentido de ambas palabras— que era de gran importancia para la comunidad. Algunas manifestaciones de dicha vida pública eran la comunicación activa y participativa, la cercanía física y la sensualidad. El anfiteatro centraba una parte de la atención del asistente en aquello a inspeccionar, y la otra, en aquellos que, como él, inspeccionaban. Asistir a un espectáculo se trataba, entonces, de hacer una doble inspección. Este modelo premoderno ha perdurado en el tiempo, aún hasta nuestros días, y es fundamental para el funcionamiento de la música en vivo.
La siguiente imagen, muchos siglos después y también en Europa, ya pertenece a la órbita de la modernidad y tiene que ver con el surgimiento de nuevos valores. El fin del feudalismo y las monarquías, el declive del poder de la Iglesia, la aparición de la burguesía y la clase media, la consolidación del capitalismo y los cambios en la producción y circulación del conocimiento —el pensamiento ilustrado— generaron interés en la esfera privada de la vida. Muestra de esto es la aparición de la novela como género literario que, en vez de buscar verdades absolutas y generalizables para plasmarlas en textos que se leen en público —a falta de mayorías alfabetizadas—, se centra en la experiencia individual: el lector moderno compra la novela con protagonista quijotesco y la lee en privado en su casa.
La práctica musical también se modificó, pues, aunque se mantuvo el carácter público de la música en ciertas cortes e iglesias, en la sala de las casas se instalaron instrumentos, atriles, partituras y metrónomos. Una nueva expresión, ‘música de cámara’, moderna en esencia, haría referencia a la música como una práctica íntima, pero también a un modelo productivo diferente al tradicional mecenazgo, creando una red entre el compositor que escribía según las necesidades de una clientela diversa (el niño en formación, el aficionado o el profesional), el editor que publicaba sus partituras y el usuario que pagaba por ellas. Esta imagen aún existe en la actualidad y se ha ampliado y diversificado con la industria del espectáculo y la industria disquera.
No se puede obviar en este capítulo de la historia moderna, por supuesto, la aparición de la sala de conciertos, con lo que se mantuvo tanto el modelo arquitectónico del anfiteatro como el valor antiguo del encuentro físico para la doble inspección. No obstante, algo que cambió fue la posibilidad de que el público asistente fuera, en mayor o menor medida, conocedor de aquello que iba a escuchar. Surgieron en ese entonces los públicos educados y la crítica.
Tenemos, pues, dos imágenes de tradición que hasta este momento nos acompañan y varios valores asociados a ellas. Vimos cómo en la transición se mantuvieron un modelo arquitectónico y los significados de una práctica de encuentro público. Los nuevos valores surgidos a favor de la individualidad no parecen haber entrado en conflicto con los de la antigua tradición.
Ahora bien, de cara a una nueva transición, que viene ocurriendo desde hace unas cuatro décadas, la pregunta que debemos plantearnos es acerca de lo que de estas tradiciones deba mantenerse a futuro. Y no es baladí el verbo deber en la frase anterior. Si, como se dijo, estos son tiempos de más democracia y participación, el ciudadano no solamente está en libertad de decidir qué, cómo, cuándo y para qué consume música, sino que tiene el deber de participar activamente en el devenir de este sector.
Lo que aquí se considera participación activa es la asunción de una posición crítica frente al riesgo que representa el mundo digital para el mantenimiento de una práctica milenaria que, por lo pronto, está en pausa. El riesgo no es el COVID-19 sino lo que este deja ver: de un lado, la fragilidad de la cultura y el arte como sector productivo; de otro, la fortaleza del mundo digital, que parece estar reclamando dicho sector.
Para lo que aquí se ha definido como posmodernidad caen muy bien las reflexiones del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han (2012), en boga en estos días. En La sociedad de la transparencia, Han nos advierte acerca de nuevos hábitos y creencias que han surgido con la revolución digital y cómo estos están modificando negativamente las esferas privada y social de la vida. La transparencia implica incorporar el dispositivo digital y ampliar al mundo virtual nuestra realidad diaria; participar en la generación, circulación y consumo de contenidos; reconocer a otros a través del like; poner a disposición de nuestra audiencia la intimidad del hogar y de nuestros pensamientos cada vez que subimos una foto o hacemos un live. Lo problemático no es entrar al mundo digital, sino adoptar en esta práctica nuevos pero engañosos ‘mantras’ de los gurús de la tecnología, como que la información es conocimiento; que la participación virtual crea comunidad; que la vida es bella en tanto se muestra su lado positivo mientras se esconde el negativo; que compartir información crea confianza.
Pareciera como si el mundo digital fuera mejor que el del encuentro físico. Hay quienes prefieren ver Punta Gallinas en pantalla, que hacer el incómodo viaje por carretera destapada y dormir en chinchorro; si a mitad de camino se aburren, pueden cambiar para ver el Machu Picchu. Hay quienes ya no compran un disco de un artista que les gusta, porque por el mismo precio se pueden suscribir a una plataforma digital y acceder a toda su discografía; si se desencantan de él, hay cientos de miles de alternativas a un clic de distancia. Habrá quienes prefieran ver un concierto en su dispositivo, gratis o a muy bajo precio, que pagar una boleta, hacer fila y exponerse al riesgo de que la lluvia dañe el espectáculo o de que este se cancele por una emergencia; o peor aun, de que no les guste. La sociedad de la transparencia, la posmodernidad que algunos están construyendo, es la sociedad de lo positivo, de lo ligero, en la que se le hace el quite a toda experiencia que de entrada no es agradable; es una sociedad en la que no se necesita pensar ni interactuar —cara a cara— con otros.
¿Podremos mantener, en este momento de la posmodernidad, el anfiteatro, lo público y la sensualidad? Como expertos y conocedores, o inclusive como curiosos, ¿podremos regresar a la sala de conciertos y luego reunirnos a tertuliar?