Fotos: Gabriel Rojas © Banco de la República
Presentarse en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango no es tarea sencilla y hacerlo se entiende como un enorme reto para cualquier músico, profesional o en formación. Hablamos de un imponente escenario por el que, en más de cincuenta años de historia, han pasado concertistas con las más reconocidas credenciales y de una trayectoria internacional envidiable, quienes reconocen y admiran su arquitectura, acústica e intimidad. Las audiencias que allí se dan cita son, en muchos casos, conocedoras y exigentes. En otros, corresponden a curiosos que con avidez buscan acercarse a las músicas académicas y al repertorio tradicional de Colombia y otros países. Lo que ocurre en esta sala es, por tanto, pedagógico, pues de estas experiencias se forman, a la vez, concertistas y públicos.
El pasado 1° de marzo la joven violonchelista María Elvira Hoyos ofreció en esta sala un concierto como parte de la Serie de los Jóvenes Intérpretes. Su hoja de vida da cuenta de grandes logros en la escena musical nacional tras ganar concursos, tocar con orquestas juveniles y actuar como solista en importantes salas de conciertos. Además, fue seleccionada por tercera vez para participar en esta serie. Esto habla de una joven perseverante y disciplinada que reúne capacidades que seguramente harán de ella una gran concertista a futuro.
Quiero retomar la idea de la sala de conciertos como un espacio pedagógico, resaltando lo positivo del recital, tanto para María Elvira como músico en formación, como para el público expectante. Pero quiero también, llamar la atención sobre algunos asuntos a tener en cuenta para lograr a cabalidad la mutua satisfacción de quien toca y quien escucha.
El repertorio escogido por María Elvira fue atractivo por presentar varias tradiciones musicales de distintas épocas y escuelas, abordando lo ortodoxo, lo nacionalista, lo contemporáneo y la vanguardia. Y todo lo anterior, en un llamativo vaivén de sencillez y complejidad, donde a veces lo sencillo puede ser complejo y lo complejo, sencillo. Esta astuta mezcla de pasado y presente permitió notar las virtudes del violonchelo como instrumento melódico y armónico, como por ejemplo en las obras de Domenico Gabrielli y Gaspar Cassadó. En las dos obras de Gabrielli, Ricercar No. 4 y No. 5. se presentó un contraste entre la agilidad melódica y el tratamiento polifónico pausado y, en la Suite para violonchelo solo de Cassadó, abundaron las dobles cuerdas y los acordes ‘guitarrísticos’ evocadores de las músicas de la península ibérica. El amplio espectro en términos de volumen que se logra en el violonchelo estuvo presente, de nuevo con la suite de Cassadó y la sonata de Hindemith, en las que es necesario lograr un control del arco para ir del pianissimo más delicado hasta el fortissimo impetuoso.
Finalmente, fue un acierto escoger la Pieza para violonchelo solo del compositor bogotano Daniel Leguizamón. Esta es una obra en apariencia sencilla por la escasez de materiales, pero de gran complejidad por la necesaria concentración que exige, tanto al intérprete, quien debe sostener un discurso musical lento, pausado y lleno de silencio, como al oyente, quien debe disponerse para la contemplación fuera de cánones estéticos ortodoxos. Con este tipo de obras se reivindica el valor la música como arte, más que como un encuentro ‘bello’ de melodía, armonía y ritmo.
Ahora bien, es de reconocer la técnica de Hoyos. Su manejo del arco es seguro y certero, logrando con claridad diferentes colores y timbres al moverse entre el diapasón y el puente, y a la vez alcanzando los límites del espectro de volúmenes mencionados. Esto enriquece de manera transversal su interpretación, dados los contrastes en la música elegida para esta ocasión. Su mano izquierda es ágil y, la mayor parte del tiempo, afinada. No le costó mucho trabajo ejecutar los pasajes rápidos de las obras de Hindemith y Cassadó, ambas, de gran complejidad por la cantidad de notas, escalas, cambios de registro, acordes, dobles cuerdas y uso de armónicos. Al juntar ambas manos, Hoyos logró un ataque acertado y coordinado. Esto, junto a su manejo del escenario, sin exceso de sobriedad o exceso de vehemencia, son sus mayores cualidades.
Es en su interpretación y un obligado análisis de las obras y estilos donde noto un importante camino por recorrer. Como se dijo, el repertorio escogido es de gran dificultad: las texturas homofónicas y polifónicas de la obra de Gabrielli requieren, respectivamente, de tacto y lucidez. En Hindemith y Cassadó es necesario lograr una mejor articulación del material para trascender el mero logro de las exigencias técnicas, en ambos casos, y el adecuado lenguaje nacionalista del segundo. En Leguizamón, para finalizar, se podría evidenciar más la relación dialéctica entre sonido y silencio, así como en la resonancia, elementos constitutivos de la obra. Pero estos avances se logran con perseverancia y disciplina, algo que ya sabemos que caracteriza a nuestra joven violonchelista.
Programa
D. LEGUIZAMÓN: Pieza para violonchelo solo. D. GABRIELLI: Ricercari Nos. 4 y 5. P. HINDEMITH: Sonata para violonchelo solo, Op. 25 No. 3. G. CASSADÓ: Suite para violonchelo solo. G. JARAMILLO: Lejano.