Uno de los elementos que más impacta de la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango es la belleza de su órgano. Dos mil cuatrocientos treinta y seis tubos metálicos de distintos tamaños se yerguen en la parte superior del escenario y hacen de este auditorio una joya musical y arquitectónica única en el país. El pasado jueves 17 de mayo, el órgano no solo fue ese elemento ornamental, sino que se convirtió en el protagonista de la Sala gracias al concierto que ofreció Juan Felipe Salazar en el marco de la Serie de los Jóvenes Intérpretes. Quedó claro que la belleza del instrumento no solo salta a la vista del espectador, sino que lo envuelve con la majestuosidad de su sonido.
Las obras que se escucharon durante este recital fueron un claro recorrido por las corrientes y los estilos musicales que se desarrollaron en Europa conforme iba evolucionando la construcción y la mecánica del instrumento, así como del diferencial tímbrico y sonoro entre países como España, Alemania y Francia. Todo un desafío musical y técnico para el intérprete y un panorama amplio de la estética musical para el oyente.
A pesar de que el repertorio y el alto nivel de preparación del joven organista parecían garantizar el éxito del concierto, el ambiente y la comunicación entre músico y audiencia solo se logró dar de manera efectiva hacia el final del recital. A mí parecer, hubo dos elementos que no propiciaron ese encuentro que busca todo aquel que asiste a un concierto en vivo: el primero, que la disposición del intérprete en el órgano fue de espaldas al público, lo cual se hace necesario por el diseño del instrumento, pero demanda un mayor desafío en la interpretación y en la consecución del vínculo entre el artista y quien lo aprecia. El segundo, la clara distancia que estableció el músico con su público en materia de contacto visual, saludo, diálogo y agradecimiento.
Si bien la disposición del teclado en el escenario permitía observar con total detalle el movimiento de los pies sobre los pedales, las manos sobre los tres juegos de teclas, el cambio de registros y, en fin, el reto casi atlético que implica ejecutar el instrumento, la música en algunas ocasiones pareció quedar subordinada a eso: a la dificultad mecánica del órgano. Pero, por supuesto, hubo claros momentos de luz en los que la música, como debe ser, fue suficiente, y su belleza se sobrepuso a su dificultad o sencillez. En piezas como Corrente italiana, del español Juan Bautista José Cabanilles, o en la Fantasía y fuga, BWV 904 de Johann Sebastian Bach, la conciencia estilística de Salazar logró resaltar con claridad los temas y las melodías, así como poner en evidencia los pasajes fugados, los contrapuntos complejos, típicos de la música de Bach, y los puntos climáticos de las piezas a través de la conducción adecuada de las frases y el manejo de las dinámicas.
En la ejecución de las ocho variaciones del Aria Sebaldina en fa menor de Johann Pachelbel, los cambios de carácter fueron claros y sorprendentes. El intérprete pareció estar mucho más involucrado y conectado con la obra, lo cual generó una mayor musicalidad en su interpretación. Es de resaltar la fluidez y el dominio de las secciones de pedal, en donde los pies danzaban con ligereza y con una destreza tal que en varias ocasiones le ganaron en virtuosismo y precisión a las manos.
Pero en definitiva hubo dos obras que marcaron el clímax del concierto y en las que, tanto músico como espectadores, estuvieron en completa sintonía: el Concierto para órgano solo, Op. 153a, una adaptación del Concierto para órgano y orquesta, Op. 153 de Mauricio Nasi Lignarolo —maestro de Salazar— que fue realizada por el mismo compositor y el intérprete; y el bis de la noche, una letanía de Franz Schubert. En la obra colombiana, contemporánea y rica en sonoridades, el organista pudo explotar todos los recursos sonoros y técnicos de su instrumento. Es una composición de gran virtuosismo en la que el intérprete se desenvolvió con precisión, logrando frases bien construidas con claridad en el ritmo y en el tejido de las melodías. Fue evidente la comodidad que tuvo Salazar al tocar esta pieza original para órgano y orquesta que él mismo adaptó para órgano solo. Su conocimiento a cabalidad permitió una interpretación impecable en la que fue evidente su destreza, dominio del instrumento y gusto por este estilo musical. Habría valido la pena que, ante un recital tan poco común como este, el intérprete hubiera hablado brevemente, como lo hizo con la adaptación del Concierto de Nasi Lignarolo, sobre las obras, el instrumento y las particularidades sonoras en el repertorio que escogió.
Para finalizar el concierto, la letanía de Schubert llenó el espacio con una melodía sencilla, melancólica y profundamente emotiva. El público, más atento que nunca, se rindió ante la belleza de la música, ante la esencia del sonido que, en este caso, venció al virtuosismo y la complejidad. El órgano quedó en silencio y volvió a ser esa imponente obra para admirar, que aguarda paciente por volver a sonar.
Programa
J. CABANILLES: Corrente italiana. J. PACHELBEL: Aria Sebaldina en fa menor, P.198. J. S. BACH: Fantasía y fuga en la menor, BWV 904. L. VIERNE: Lied en la bemol mayor; Coral en sol menor. M. NASI LIGNAROLO: Concierto para órgano solo, Op.153a.