El último sábado del mes de septiembre no fue un día convencional en los Museos del Banco de la República, cuatro mediadores del MAMU esperaron con ansias a un grupo de niños, para los cuales llevaban trabajando días atrás, con la más firme intención de hacerlos vivir una experiencia inolvidable en su primera visita a un museo y hacerlos olvidar por un momento de su compleja realidad.
Estos mediadores conforman el talento humano del Proyecto de Accesibilidad que hace algunos años lidera la Sección de Servicios al Público y Educación, y que trabaja en función a los visitantes de la Manzana Cultural del Banco de la República. Los mediadores junto a miembros de la Sección, piensan actividades y propuestas de mediación para públicos que no suelen visitar con frecuencia este tipo d espacios culturales, por ejemplo las personas en situación de discapacidad, con trasfondo de vulnerabilidad, adultos mayores, primera infancia o minorías, pero que significan un maravilloso reto para la sección, pues el objetivo es que ellos se conviertan en visitantes asiduos.
El proyecto plantea distintas estrategias de mediación para desarrollar con públicos que no suelen visitar con frecuencia los museos: personas en condición de discapacidad o vulnerabilidad, adultos mayores, minorías y niños de la primera infancia.
Con esta idea en mente se han diseñado distintas estrategias, como visitas taller y materiales didácticos, que respondan de manera más pertinente a sus necesidades y particularidades. Además, que les permita relacionarse de una forma más cercana y familiar a los museos y a los objetos que habitan en ellos, así como entenderlos como espacios vivos, portadores de nuevas experiencias y aprendizajes.

Un día especial
Sobre las 9:45 a.m. y bajo un sol radiante que sorprendió la mañana capitalina, llegó en una ordenada fila un grupo de 15 niños de un centro de protección, acompañados de sus dos profesoras. Sonrientes y muy observadores esperaron sentados en dos bancas de madera, en el ingreso del MAMU. Una niña pequeñita con chaquiras blancas en su cabello, rodeo mis piernas en un gran abrazo y con una dulce voz me preguntó ¿qué es lo que vamos a hacer? En ese momento los mediadores hicieron su arribo y se presentaron: Camilo, Mónica, Ana María y Daniela, ellos serían, por el espacio de la visita, los guardianes de El libro de colores, la actividad que se creó y desarolló exclusivamente para ellos, y a través de la cual se buscó dar a los niños y niñas una experiencia significativa en torno a la percepción del color y su relación con las obras del Museo Botero, una actividad que incluyó música, narrativa oral y movimiento corporal.
Uno de los mediadores, Camilo, trajo su cuatro. Los pequeños se fascinaron al ver el instrumento musical y trataron de adivinar su nombre, muchos pensaron que era una guitarra o un ukelele, y al final luego de arrojar varios nombres sin atinarle, su verdadero nombre fue revelado. Haciéndoles una invitación particular: encontrar en las obras del Museo Botero los colores que le faltaban a sus libros, dos libros de portada colorida que portaban Daniela y Ana María.

Antes de comenzar a aventurarse por las salas del Museo, los niños, ante la pregunta que les hizo Mónica sobre si se sabían alguna canción que hablara de los colores, se animaron a cantar una sobre la bandera de Colombia, y así dieron paso a la voz del mediador Camilo que hizo su aparición acompasado por las notas de su cuatro. Ya con toda la energía puesta y con más confianza, se les revela el color de la primera pista por encontrar: el color verde.
Se adentraron en la sala 2 del Museo Botero y allí, los cuadros de Picasso (Hombre sentado con pipa) y Miró (El disco rojo) permitieron hacer alusión a este color y entrar en movimiento con la canción del esqueleto. Los visitantes que se cruzaron por la sala se divirtieron al ver los movimientos de los descomplicados niños. Luego de tanto baile, los mediadores les compartieron unas cintas de tela anaranjadas con olor frutal que dieron el anuncio de la segunda pista: el color naranja.
Se desplazaron hasta otra sala para dar con el cuadro de Botero (Naranjas) e ir avanzando en su tarea de completar las pistas. Saliendo de esta sala, se detuvieron en el jardín central del museo a observar el cielo azul y luego con un arrullo llamado Riachuelo, en donde cerraron su ojitos y fingieron dormir por un momento (bueno hubo un par de niños que se lo tomaron muy en serio y hasta uno de ellos se puso a chupar dedo) dieron con la tercera pista: el color azul, y con todo el ánimo exploraron el jardín hasta encontrar cuatro nubes afelpadas con lluvia azul de lentejuelas.

Como buenos expedicionarios siguieron avanzando hasta llegar al segundo piso del museo y con el cuadro de Barceló (Ramo Inclinado) encontraron la cuarta pista, el color amarillo. Además, reflexionaron sobre el color blanco y sobre la luz, y entre todos jugaron a atrapar la luz en los libros, y más de un visitante se detuvo para mirar qué estaba sucediendo en sala, uno de ellos no se pudo aguantar la emoción y se hizo una selfie con los pequeños.
Por último, regresaron satisfechos a la plazoleta central con todas las pistas en los libros de colores y finalizaron con una canción que habla sobre los mismos. Yo apagué el lente de la cámara y revisé las fotografías, a juzgar por éstas se veían felices, y me pregunté ¿cuál sería el mejor color para describir una sonrisa?

Texto y fotografías: Katherine León Zuluaga
Sección de Servicios al Público y Educativos
Unidad de Artes y Otras Colecciones del Banco de la República