La palabra ‘metáfora’ viene de dos palabras en griego y latín que significan ‘traslado’ o ‘desplazamiento’, de modo que quizás la mejor forma de definir una metáfora es por medio de otra metáfora: es algo así como un viaje de un mundo de sentido a otro, pero transportando de paso una idea del primer mundo para instalarla en el segundo. Hay metáforas cuyo poder y trascendencia son fruto de su ambigüedad, como cuando decimos que ‘la vida es un sueño’. Otras metáforas, sin embargo, parecen ser eficaces para explicar un asunto complejo, pero en realidad no explican mucho y crean más problemas, como cuando insistimos en decir que ‘la música es un lenguaje universal’. Hace un par de años escribí un artículo en este mismo blog para discutir ese tema en detalle, al amparo de otros asuntos como las frases célebres pero falsas que se les atribuyen impunemente a celebridades muertas y lo creativo que puede llegar a ser un musicólogo al analizar partituras. Pero, aunque la música no es un lenguaje universal, el uso del lenguaje como metáfora para hablar de música si puede ser provechoso. En otras palabras, la música no es un lenguaje universal, pero cada cultura musical opera bajo parámetros similares a los de una comunidad de hablantes de un mismo idioma. A su vez, las interacciones entre distintas culturas musicales se parecen mucho a las interacciones entre hablantes de distintos idiomas: no es simplemente cuestión de traducir sino de navegar incesantemente entre un universo cultural y otro. Así las cosas, trayendo a colación otra metáfora muy común por estos días en el cine y la televisión, ser bilingüe en cuestiones de idiomas o de músicas es como ser el contenedor, en una sola vida, de mundos paralelos o de vidas paralelas.
Desde muchos puntos de vista el jazz funciona como un idioma. Aprender jazz y desenvolverse con comodidad en un grupo de jazz implica conocer e interiorizar toda una serie de convenciones musicales, de la misma forma que para ser parte de una conversación o participar a cabalidad de una situación social necesitamos, idealmente, no solo saber el idioma sino toda una gama de faenas culturales, entre ellas el lenguaje corporal o las expresiones de doble sentido. De hecho, aquello de comodidad a la hora de tocar podría plantearse justamente en términos de efectividad comunicativa. Al igual que en otras tradiciones musicales, en el jazz es común que los músicos describan lo que hacen con metáforas lingüísticas, unas más bien generales —como ‘decir’, ‘expresar’ y ‘dialogar’— y otras mucho más deliberadas en su propósito: ‘contar una historia con cada improvisación’, ‘cantar con el instrumento’ o ‘hacer preguntas y obtener respuestas’. Por eso, a diferencia de otras músicas donde suele primar más la individualidad o la introspección, el jazz es un escenario de interacción social o incluso, dirían algunos, una música social. Cada músico hace lo suyo, pero los momentos más memorables suelen ser aquellos donde lo que impulsa la intención de todos es estar atentos los unos de los otros y, en últimas, conversar. De allí que uno de los consejos más comunes que los músicos veteranos dan a los jóvenes es, simplemente, escuchar a los demás; escuchar y reaccionar, pero ante todo, escuchar. Y bien valdría la pena utilizar la metáfora en un sentido inverso, del jazz a la vida cotidiana. Pero eso es otro asunto.
Los músicos de jazz suelen llevar la metáfora del lenguaje mucho más allá y hablar, por ejemplo, de la importancia de ser ‘idiomático’ a la hora de aplicar la teoría musical o elegir cómo usar los acordes o presentar las melodías y los ritmos. Hay fragmentos musicales emblemáticos que usualmente son concebidos como ‘vocabulario’, procedimientos rutinarios para crear ‘frases’ e incluso ‘códigos’ sonoros efectivos para indicar, sin palabras, lo que está por acontecer. Hacer uso de todo ello en el momento oportuno y en el contexto de cada estilo no es muy diferente del tipo de habilidad que se requiere para transitar entre situaciones sociales que exigen una forma particular de hablar y de interactuar con los demás en la vida cotidiana. Uno de los estereotipos más comunes en este sentido en el jazz es aquel que distingue el swing o el bebop del jazz latino. Como todos los estereotipos, es una distinción que opera desde falsificaciones de la realidad pero fundamentadas en la realidad. A la vez que los parámetros rítmicos son muy peculiares en cada caso, en ciertos momentos los músicos tienden a ponderar de forma muy distinta lo que resulta ‘más atractivo’ o ‘más pertinente’ en uno u otro estilo. Esto es claro, por ejemplo, cuando unos prefieren tocar ‘las notas correctas’ y otros, en cambio, ‘los ritmos correctos’. Los músicos ‘bilingües’ en estas cuestiones podrán quizás navegar con facilidad entre una orilla y otra, aunque a menudo e inevitablemente, terminen tocando ‘con acento’.
Parte 1 | Jazz: entre rupturas y continuidades »
Parte 2 | Acerca del nacimiento del jazz »
Parte 3 | ¿En qué piensa un músico de jazz cuando improvisa? »