La palabra ‘joropo’, al igual que ‘fandango’, ‘rumba’, ‘merengue’ o ‘paseo’, es polisémica; los varios significados y sentidos que convoca y puede convocar suelen estar asociados a situaciones musicales, pero con facilidad su uso trasciende lo musical y se instala cómodamente en casi cualquier tipo de interacción cotidiana. De la misma forma que podemos bailar merengue en un paseo o escuchar un paseo mientras preparamos merengue —incluso en el mismo paseo en el que bailamos merengue— el joropo está a la orden del día para acompañar musical y semánticamente casi cualquier aventura. La idea de joropo nos remite por lo general a una tradición musical forjada y sostenida entre Colombia y Venezuela y que, bien sea por economía de lenguaje o por geografías nacionalistas de un lado u otro, se suele conocer simplemente como música llanera. Joropo puede ser la música, el baile o hasta la fiesta, pero también funciona en ocasiones como expresión de alegría o de algo más. Pero no se trata solo de los muchos significados de la palabra. Contrario a los esfuerzos de algunos manuales del folclore por encasillar el joropo —y muchas otras prácticas musicales— en una serie de parámetros prescriptivos con respecto a la forma ‘correcta’ de tocar, bailar o vestirse, la polisemia del joropo parece ser un síntoma de que se trata más bien de un sistema musical abierto, es decir, susceptible de nutrirse de otras culturas musicales y de cambiar con el tenor de los tiempos y las sociedades.

El nombre y la propuesta musical del Grupo Nuevo Joropo le hace justicia a tal dinamismo, como fue evidente en el concierto virtual que grabaron en la legendaria Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango y que presentaron al público el miércoles 15 de septiembre dentro de la temporada 2021 del Banco de la República. Hay varios asuntos innovadores en el ‘nuevo joropo’ de Grupo Nuevo Joropo, entre ellos la inclusión de un arpa adicional y de una guitarra acústica además del uso de progresiones armónicas ‘modernas’ que parecieran desafiar por momentos la normatividad tradicional de algunos golpes llaneros. Sin embargo, no son estos elementos ni la búsqueda de un sonido de ‘fusión’ los que definen, en esencia, lo novedoso del asunto. Se trata de un ‘nuevo joropo’ de la misma forma, quizás, que la música de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés terminó siendo una ‘nueva trova’, es decir, como un desarrollo orgánico a partir de un legado ineludible y en buena medida indeleble. Efectivamente, no se trata de una transformación radical de lo que usualmente ha sido el joropo. Por el contrario, salvo algunos momentos de apertura musical evidentes —como en la larga sección instrumental con la que abre el concierto y la serie de ‘solos’ con la que cierra— la sonoridad y musicalidad del ensamble se ciñe sin mayores desviaciones al perfil estético tradicional de la música colombo-venezolana. Pero sin duda, sí hay un carácter ‘nuevo’ en el cosmopolitismo de su puesta en escena y en las sensibilidades urbanas, comerciales y políticas que reflejan las letras de las canciones.

Todas las piezas presentadas en el concierto son obra bien sea de Julio o de Julián Croswaithe (padre e hijo), reencaminadas según la dirección artística de Jenni Croswaithe, la maraquera (hija de Julio y hermana de Julián). Algunas de las canciones en el concierto explotan temas convencionales en este tipo de música, en especial cuando se trata de hilvanar las cuestiones del amor o de evocar paisajes geográficos, sociales y culturales. Tal es el caso, por ejemplo, con Olvido y amor, Tus besos, Sospechas, Si yo fuera un pajarillo y Sabanas de mil caminos. Otras, en cambio, ponen en primera plana asuntos que raramente son convocados en las faenas de la música tradicional colombiana, como ocurre en Mi camaguán, un poema musical que celebra la diversidad de identidades de género y que, al hacerlo, desafía practicas rutinarias de discriminación y odio, justamente bajo la estela de estribillos como ‘sin prejuicios ni zozobras’. Es probable que sea la primera canción en la tradición de la música llanera —y quizás en la música colombiana tradicional en general— en abordar un tema como este, lo cual no es una innovación menor teniendo en cuenta la forma en que el machismo, la intolerancia, la indiferencia frente a la injusticia social y otras prácticas lamentables han persistido en el mundo del folclore.

Curiosamente, sin embargo, canciones como Un solo pueblo, aunque gestadas sin duda a partir de sentimientos genuinos de orgullo por lo colombiano, pueden ser eventualmente una expresión en la dirección contraria. Siguiendo la estela de canciones como Pentagrama nacional de Aries Vigoth o Colombia es amor de José Jacinto Monroy, resulta una forma de celebrar ciertos elementos emblemáticos de la colombianidad a expensas de perpetuar la invisibilización de otros, los mismos que han sido por lo general excluidos sistemáticamente en los discursos y en las representaciones hegemónicas de lo nacional. A pesar de esto, es innegable que esta canción y la propuesta musical de Grupo Nuevo Joropo lleva consigo un potencial formidable de intervención social y que hace evidente el aporte que la música puede hacer en escenarios tan complejos y dolorosos como el del posconflicto en Colombia. A lo mejor, como la misma Jenni Croswaithe escribió en el ‘libro de visitas’ de la Sala de Conciertos de la Luis Ángel Arango, «el joropo nos une».

Programa

Julián Croswaithe: Hermosa majestad; Un solo pueblo; Olvido y amor; Tus besos; Sospechas; A bailar joropo.

Julio Croswaithe: Mi camaguán; Si yo fuera un pajarillo; Sabanas de mil caminos.

Consulta el programa de mano »

Imagen principal Media
Concierto de Grupo Nuevo Joropo - Temporada Digital de Conciertos 2021