Por mucho tiempo la antropología ha lidiado con la idea del ‘otro’, es decir, con la forma en que las diferencias culturales entre unas sociedades y otras sirven para forjar tanto un sentido de identidad con lo que es familiar como una sensación de alteridad —o extrañamiento– con respecto a lo foráneo. A menudo tales sentimientos son simplemente inevitables, incluso al interior de nuestras propias comunidades. Así nos pasamos la vida distinguiendo entre ‘nosotros’ y los ‘otros’; una distinción que con frecuencia indica también una segregación más profunda entre lo que asumimos como ‘natural’ y ‘anormal’, ‘lógico’ y ‘exótico’, ‘correcto’ e ‘inmoral’, o entre lo que diferencia a un ‘ciudadano con derechos’ de un ‘inmigrante invasor’. La lista, por supuesto, podría extenderse hasta el cansancio dada la diversidad de nuestros repertorios culturales y de nuestros prejuicios.

La música no es ajena a estas cuestiones. A la vez que las diferencias entre unas músicas y otras sirven en ocasiones como plataforma para discriminar entre unos pueblos y otros, los fervores nacionalistas suelen alimentarse de estipulaciones musicales. Sin embargo, mientras el carácter emblemático de algunas músicas ‘nacionales’ permanece arraigado primordialmente a sentidos locales de identidad cultural, el estatus nacional de otras músicas es más bien un síntoma de agendas imperiales. El jazz es un ejemplo de lo segundo. Sin duda, el jazz ha cautivado músicos y audiencias en todo el planeta en virtud de su musicalidad y performatividad, pero el protagonismo internacional del jazz en el último siglo también es fruto del protagonismo de los Estados Unidos en la arena geopolítica. De la misma forma que el imperialismo europeo en los tiempos coloniales de antaño sentó las bases para el carácter ‘universal’ de la música clásica, el imperialismo renovado de Estados Unidos, desde comienzos del siglo XX, ha tenido mucho que ver con la globalización del jazz y su consolidación como un referente moderno de respetabilidad musical.

No es solo que la ‘nacionalización’ del jazz como emblema estadounidense se llevó a cabo a expensas de la supresión de sus raíces caribeñas, la apreciación selectiva del legado de la diáspora africana y la revitalización de las fantasías del excepcionalismo norteamericano. La formación de una narrativa canónica para la historia del jazz —incluyendo los postulados pedagógicos sobre la forma ‘correcta’ de tocarlo— también ha servido para establecer jerarquías estilísticas con respecto a las distintas manifestaciones o versiones del jazz alrededor del planeta. Un escenario de ‘nosotros’ y los ‘otros’ fijado desde Estados Unidos y en el que los músicos norteamericanos de jazz se asumen como la norma mientras que los músicos extranjeros son relegados a una condición de imitadores, sin importar cuan innovadores puedan llegar a ser en realidad, o incluso, cuan influyentes hayan sido ellos y sus tradiciones musicales locales para el desarrollo del jazz en Estados Unidos.

Aunque los orígenes de esta actitud en la mentalidad imperial norteamericana pueden rastrearse al menos desde el siglo XVI —en los albores de la ideología del destino manifiesto— una famosa columna de prensa de 1922 es uno de los puntos de partida más evidentes en cuanto al jazz se refiere. Burnet Hershey hizo un viaje en barco alrededor del mundo, un periplo turístico más o menos común en la época, que partía de California rumbo al occidente con varias paradas en el sudeste asiático y el Mediterráneo antes de llegar a Nueva York. Con el sugerente título de Jazz Latitude, Hershey escribió una crónica de su viaje a la luz de sus encuentros inevitables con el jazz en todas partes, cosa que describió como un ‘popurrí de jazz’. Pero lejos de apreciar la diversidad de formas musicales que cobijaba por aquel entonces la palabra ‘jazz’ o de reconocer la hegemonía política y mediática de Estados Unidos en todo ello, para Hershey el jazz de otras partes del mundo era simplemente un ‘intento’ o una ‘pretensión’, cierta suerte de ‘metamorfosis’ y degradación del jazz norteamericano original. Aunque del nombre y las palabras de Burnet Hershey se hable muy poco hoy, su legado permanece no solo en la actitud condescendiente de varias personalidades en el mundo del jazz en Estados Unidos —desde escritores y pedagogos hasta presidentes saxofonistas y familias legendarias— sino en la mente y el corazón de incontables músicos a lo largo y ancho del planeta.

El jazz ha sido instrumento tanto de agendas políticas opresoras como de movimientos de resistencia; también ha servido de herramienta diplomática en la arena internacional y ha sido un emblema de sectores marginalizados de la misma forma que, en otros contextos, ha sido una marca inequívoca de elitismo y un vehículo efectivo para la perpetuación de privilegios raciales, sociales y económicos. De todo ello da cuenta la consideración atenta de las aventuras del jazz alrededor del mundo pues, efectivamente, los sonidos del jazz no son sino un fragmento en el relato de su globalización. Pero como ya lo dijo Michael Ende, «esa es otra historia y habrá que contarla en otra ocasión».

Parte 1 | Jazz: entre rupturas y continuidades »

Parte 2 | Acerca del nacimiento del jazz »             

Parte 3 | ¿En qué piensa un músico de jazz cuando improvisa? »      

Parte 4 | El lenguaje del jazz »

Parte 5 | Un viaje que nunca acaba »           

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