Cuando era niño, mis clases favoritas en el colegio eran las de Wilson Demera, el profesor de historia a quien en virtud de su increíble personalidad y sus divertidas ocurrencias pedagógicas —a menudo del todo insospechadas— llamábamos con cariño Wilson ‘Demente’. Era un profesor como pocos, con una teatralidad que le fluía a borbotones a la hora de hablar de la Guerra del Peloponeso o de cualquier otra cosa, moviéndose de un lado al otro del salón sin más recursos que un mapa pegado al tablero y que golpeaba con ahínco dependiendo de la intensidad de cada escenario histórico. Probablemente fue él quien nos habló por primera vez de todas las argucias detrás de los viajes de Cristóbal Colón, y quien seguramente nos enseñó aquellas dos máximas que suelen repetirse sin misericordia en los textos escolares y que muchos años después descubrí que son bastante imprecisas: primero, que Colón nunca llegó a saber que había ‘descubierto’ un nuevo continente, y segundo, que todo el mundo en la época pensaba que la tierra era plana. En efecto, como Boorstin, Todorov y otros más han mostrado en detalle, no solo Colón sospechaba con precisión lo temerario de su empresa sino casi cualquier persona educada por aquellos años no dudaba de la redondez de la tierra. Con todo, la aparición repentina de un nuevo continente de tales proporciones en los mapas iba mucho más allá de lo que se hubieran podido imaginar, y quizás por eso se trató del comienzo de una era completamente nueva para todos, aquí y allá.
Con la aparición del fonógrafo en 1877 ocurrió algo parecido. Antes de Thomas Edison muchos otros venían pensando en ello, e incluso, algunos meses antes que Edison anunciara al mundo su ‘invento’, Charles Cros ya tenía todo listo para un aparato muy parecido en Francia, solo que sus colegas no le prestaron mayor atención. Pero sin duda, la grabación y reproducción del sonido tomó por sorpresa a muchos, tanto así que al comienzo, frente al asombro de escuchar una de estas ‘máquinas parlantes’, no eran pocos quienes aceptaban, sin ningún asomo de duda, que se trataba de un evento sobrenatural, con todo tipo de explicaciones místicas a la orden, desde la posesión demoniaca de los aparatos hasta conexiones con personajes muertos. Al igual que con el ‘descubrimiento’ de América, se trató de la inauguración de una temporada novedosa para la humanidad una vez se pusieron en marcha los motores de la naciente industria del disco y, poco tiempo después, las del cine y la radio. Aunque aquello de escuchar música grabada nos parece hoy lo más natural del mundo, a finales del siglo XIX era una experiencia para muchos inconcebible y que dio lugar a escenarios de entretenimiento masivo igualmente impredecibles; algo así como si por estos días descubriéramos otro continente o se confirmara la existencia de una civilización bajo el océano o en otros planetas.
Pero el fonógrafo no solo dio paso a nuevas apuestas comerciales y a nuevas alternativas para pasar el tiempo libre. También sirvió para reinventar o para resistir muchas costumbres de antaño, desde interpretar y escuchar música hasta expresarse políticamente. En esto, las ideas de Michael Denning resultan interesantes, en especial cuando dice que la globalización del fonógrafo implicó en muchas partes del mundo una ‘colonización del oído’, pero que eventualmente, cuando las personas hicieron de la tecnología algo propio, el fonógrafo sirvió para revertir el proceso, es decir, para la ‘descolonización del oído’, y de paso, de los cuerpos, los sentidos y hasta de la vida política.
Aquello de la ‘colonización del oído’ es solo una forma de decir que con la circulación y el consumo masivo de los discos, ciertos parámetros de musicalidad heredados de Europa, entre ellos la afinación o el timbre, terminaban reforzándose como legítimos y respetables, es decir, como la forma correcta de hacer e interpretar la música. Sin embargo, en la medida que cientos de músicas y estilos vernáculos también irrumpieron en la industria y se diseminaron indiscriminadamente por el mundo, la hegemonía estética de dichos parámetros fue profundamente cuestionada. Si bien la teoría musical fundada en la música clásica europea siguió siendo el estándar incuestionable para la educación musical formal de millones de personas en el mundo —y para las actividades musicales de incontables bandas y artistas en casi todos los géneros musicales— otras alternativas musicales empezaron a disputarle con éxito el protagonismo en el ámbito del entretenimiento masivo. Pero no fue solo un asunto de descolonizar los sentidos o de escuchar músicas tradicionales de una parte del mundo en otra parte del mundo. Durante las primeras décadas del siglo XX la cultura del fonógrafo también jugó un papel crucial y directo en la descolonización política de varios países y sociedades. En la medida en que las batallas contra regímenes opresores también se trasladaron a la arena de los medios de comunicación, cosas como las letras de las canciones y los sonidos mismos se convirtieron en emblemas y en armas especialmente efectivas.
Esta es la primera entrega en una serie de cinco artículos cortos para pensar la música en relación con escenarios de violencia y de malestar social. Los cuatro que vienen por delante se enfocarán en Colombia y estarán dedicados, respectivamente, a los ‘souvenirs’ musicales de la famosa Guerra de los Mil Días, los corridos prohibidos de la tenebrosa época de la violencia a mediados del siglo XX, la música de la extinta guerrilla de las FARC-EP, y la música durante las protestas y los paros nacionales de los últimos dos años. El dolor que ha acumulado el país a causa de la violencia es inconmensurable y la música, para bien o para mal, nunca ha estado al margen. Creo que solo ahora entiendo por qué, en épocas tan difíciles como la de los asesinatos selectivos y los carros-bomba a comienzos de la década de 1990 en Bogotá, las clases de Wilson Demera eran como música para mis oídos.
Consulta más artículos de esta serie:
Parte 2 | Souvenirs musicales de la Guerra de los Mil Días »
Parte 3 | Músicas marginales y violencias inenarrables: los corridos prohibidos de ayer y hoy »
Parte 4 | La música de las FARC-EP »
Parte 5 | ’Con la emoción apretando por dentro’: música y protesta social en Colombia en tiempos del Coronavirus »
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