Fotos: Gabriel Rojas © Banco de la República
En una era en que es más fácil escuchar música por internet que ir personalmente a un concierto, el significado real de la música en vivo es un concepto que pocas personas entienden y aprecian. Porque si bien gracias a la tecnología de hoy es posible escuchar muy buenas versiones grabadas de todo género musical, ningún avance tecnológico es todavía capaz de replicar el mundo de sensaciones que produce el acto de estar presente –en carne y hueso– en una sala de conciertos.
Estas reflexiones, por supuesto, no son nada nuevas y hace décadas ya que han impulsado innumerables debates en el mundo del arte. Por esta razón, no entraré a fondo en ellos y más bien me concentraré en un caso que para mí ilustra la magia que produce la música en vivo: el recital de canto y piano que el pasado jueves 15 de marzo ofrecieron el joven tenor Christian Correa y el pianista Alejandro Roca, ambos colombianos, en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.
Para entender el contexto, la experiencia del recital no inicia con la primera nota del repertorio o con los aplausos del público cuando los artistas salen a escena. La experiencia real inicia cuando se llega al auditorio y, en el caso de la Sala de Conciertos de la Luis Ángel Arango, cuando se percibe el agradable olor que emanan los asientos forrados en cuero y el sonido apagado de los pasos del público a causa de la textura del tapete rojo oscuro que le agrega un toque muy cálido al espacio. Por encima de estos detalles, por supuesto, está el más importante: la compleja e improvisada polifonía de palabras, risas y respiros que se forma a partir de las decenas de asistentes que han ido, como yo, con la expresa intención de escuchar y observar música en vivo.
Pues bien, pasados estos actos introductorios, viene la parte predecible: los músicos entran en escena y, dadas las obligadas venias en medio de los obligados aplausos, se disponen a tocar sus instrumentos. En el caso que refiero, Alejandro Roca –delgado, espigado, barba en candado y con una leve joroba propia de muchos pianistas– se sentó frente a un familiar pero siempre majestuoso piano Steinway & Sons, mientras que Christian Correa –también espigado pero cuajado, barba también en candado pero con una postura recta propia de cantantes entrenados– se paró delante del piano para proyectar su voz como protagonista que era del discurso musical.
Y la magia inició, prolongándose por más de una hora, lapso en el cual los músicos entraron en diálogo para presentarnos obras esenciales de Gustav Mahler, Jaime León Ferro, Franz Liszt y Giacomo Puccini. Al usar la palabra ‘magia’ mi intención no es caer en un cliché para describir lo indescriptible que produce en nosotros el arte, sino más bien darle un calificativo a las horas interminables de estudio, de práctica y, sobretodo, de entendimiento personal que se requieren en el mundo de la música para producir un recital de la calidad que nos ofrecieron Christian Correa y Alejandro Roca. Porque, a decir verdad, ambos músicos se comunicaron y entendieron como si hubieran nacido en la misma cuna.
Hoy en día, cuando el concepto de comunicación se reduce a la inmediatez de los mensajes de texto y a las palabras abreviadas que estos conllevan, es fácil olvidar el verdadero significado de comunicarnos con el otro. Porque la acción de comunicar no se limita a saludar, a preguntar y a responder palabras genéricas. La acción de comunicar implica expresar sentimientos complejos y hacerlo de tal forma que mis oyentes entiendan y sientan lo que yo estoy sintiendo, hasta el punto de que ellos mismos se puedan unir a mi discurso para complementar –de manera armónica, bajo un consenso no escrito– lo que yo estoy expresando.
Para muchos esto puede sonar demasiado complicado, más aún en una época cuya obsesión con el afán está reduciendo cada vez más el lapso de atención de quien escucha al que habla. Pero en el concierto al que vengo refiriéndome, tanto Christian Correa como Alejandro Roca dieron toda una lección de lo que implica entrar en diálogo para comunicar muchas ideas y sentimientos, y hacerlo de tal forma que ambos se complementen –escuchándose entre sí mientras tocan– en lugar de luchar contra el otro. Si algún músico está leyendo esto, entenderá que esta es la única manera de lograr tocar bien junto a otra persona.
Debo resaltar que Correa, a pesar de no poder ver a Roca, nunca tuvo que mirarlo para empezar a cantar, a lo cual debo añadir que Correa cantó todo su repertorio de memoria. Ambos músicos lo tenían todo claro, y cuando un músico lo tiene todo en la cabeza, es cuando la mera lectura de partituras puede dar paso a la verdadera comunicación, a ese diálogo y a esa expresión de ideas y sentimientos complejos que hacen del arte una necesidad para el alma.
¿Se imaginan lo maravilloso que sería este mundo si todos nosotros aprendiéramos a dialogar y comunicarnos de esta forma? ¡Soñar no cuesta nada!
Programa
G. MAHLER: Rückert Lieder. J. LEÓN FERRO: Vago soneto; Gotas de ajenjo; Canción de cuna; Más que nunca. F. LISZT: Tres sonetos de Petrarca, S. 270a. G. PUCCINI: Sole e amore; Terra e Mare; E l’uccellino; Morire?