La expresión de Julián Casas al terminar su concierto era de cierta perplejidad. Al menos así lo vi desde mi ubicación dentro del público de la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Es difícil interpretar si fue con grata sorpresa o con duda que el joven clarinetista recibió el ramo de flores con el que se agradece a los concertistas al final de sus recitales o si esta reacción obedeció a los generosos vítores de su entusiasta fanaticada ––que fueron igual de animosos y abundantes desde que salió al escenario una hora antes––.

Es interesante leer las caras de los músicos cuando terminan sus recitales por lo que estas revelan. Hay caras de soberbia entre los jóvenes virtuosos pero inexpertos y entre las aduladas estrellas emergentes. Hay caras de satisfacción entre los más disciplinados cuando tienen éxito. Hay caras de complicidad entre los concertistas maduros cuando notan que su público, como ellos, es experto. La de Julián el pasado 27 de febrero fue una poco común de ver en un espacio profesional como la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, pero revela una realidad que normalmente le es ajena al público: la intensa y extensa emocionalidad, muchas veces ambivalente, alrededor de la labor del concertista, quien dedica la mayor parte de su tiempo al estudio y no a la interpretación, quien en una hora de concierto debe mostrar lo que logró en cientos de horas de práctica y que por esta o aquella razón no resultó como esperaba.

El concierto inició media hora tarde, culpa de las recientes lluvias en Bogotá y el insufrible tráfico, retrasando a  «alguien indispensable para el evento», como se le anunció a la audiencia. No obstante esta situación, la primera obra, Sonatina para clarinete y piano, H. 356 de Bohuslav Martinů empezó bastante bien. En la mayor parte del primer movimiento el ensamble sonó claro, balanceado y prístino, con un adecuado manejo de las tensiones propias del estilo neoclásico tardío del compositor checo. Unos casi imperceptibles y por ende poco importantes errores en el clarinete al final de este dieron paso a un segundo movimiento bellamente interpretado, con gran expresividad y cuidado en las secciones marcadas por el pianissimo así como con determinación en las del fortissimo. El tercer movimiento dejó algo de dudas por una complejidad rítmica quizás no muy bien abordada, lo que hizo que el discurso musical se tornara algo difícil de comprender.

Le siguió a Martinů una pieza del francés Charles-Marie Widor llamada Introducción y rondó, Op. 72; según las notas al programa, una obra «de poca monta» y «musicalmente sencilla» que fue escrita como pieza obligada para un examen en el Conservatorio de París. Pero fue interesante presenciar cómo Casas dominó la obra de inicio a fin, pasando sin evidente preocupación por virtuosísimos pasajes de grandiosa velocidad, atacando con precisión los considerables saltos y cambios de registro, y manteniendo el cuidado de las dinámicas. Y más interesante fue ver cómo el intérprete hizo música de esta pieza de concurso no pensada para las salas de concierto, pues fue una de las dos que mejor le sonaron y con las que se conectaron tanto el público como este crítico.

La primera parte del concierto terminó con la Sonata para clarinete y piano del estadounidense Leonard Bernstein. En mi opinión, se trata de una obra muy exigente en lo interpretativo, pues no parece ser técnicamente difícil. Predominan en el clarinete frases de notas largas en constante diálogo con las del piano, lo que requiere de astucia y sensibilidad para que las distintas atmósferas planteadas por el compositor suenen bien articuladas, con buen ‘pegamento’. Y quizás esta haya sido la falla en el recital, pues el resultado fue un poco plano; acertado en el uso de todos los materiales, pero necesitado de más musicalidad.

Tras el receso, el concierto terminó con la Sonatina para clarinete y piano del austriaco Joseph Horovitz, el otro gran acierto de la noche. Como compositor, Horovitz orbitó en los mundos de la música académica ‘seria’ y la música de entretenimiento ––también abordable con academicismo. Con gracia y a la vez consciencia, sin pasar por alto la seriedad con la que fue escrita una pieza fácil de escuchar o quizás entretenida, Julián hizo evidente ese maravilloso terreno común en el que las tradiciones del conservatorio y la calle se encuentran en armonía. Aquí su interpretación fue profunda y expresiva, y la conexión con Diego Claros ––su pianista acompañante––, total e íntima.

Julián Casas es un gran músico aún en formación. Sus mayores virtudes son la ligereza de dedos que le permite gran velocidad y su envidiable uso de las dinámicas, en especial su pianissimo, delicado, certero y afinado. Su sonido y afinación general son bastante buenos y mejorarán con el tiempo. Una vez logre ––y lo hará–– mayor consciencia de la conducción melódica, con apoyo de un estudio analítico, estilístico y de contexto más profundo, lo veremos sonreír al final de sus conciertos y ya no en la Serie de los Jóvenes Intérpretes sino en la Serie Profesional y por supuesto en otros escenarios.

Sería injusto terminar sin reconocer la excelentísima labor de Diego Claros al piano. Es un músico curtido en su arte, la nada despreciable vocación de quien se sienta detrás del solista pero que provee el piso para que lo demás suceda. Su trabajo es muy cuidadoso y profesional, pero sobre todo lleno de musicalidad y gusto.

Programa:



B. MARTINŮ: Sonatina para clarinete y piano H. 356.

C. M. WIDOR: Introducción y Rondó, Op. 72.

J. JARAMILLO ARIAS: Tres piezas montañeras pa' clarinete solo.

J. HOROVITZ: Sonatina para clarinete y piano.

L. BERNSTEIN: Sonata para clarinete y piano.

M. GARAVITO (bis): San Pedro en el Espinal.

Visita el Histórico de conciertos del Banco de la República - OPUS  Julián Casas, clarinete (Colombia)

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Concierto de Julián Casas en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.