Por Laura Alarcón

En Latinoamérica pasa de todo. Como en la música. Como en la canción latinoamericana. Es un territorio en caudal. Como el continente que la gesta una y otra vez, lleva consigo la memoria de las voces de antes y también la curiosidad de quienes la habitan hoy. Victoria Sur y Nicolás Ospina despliegan un mapa sonoro que va del bolero a la tonada llanera, del samba a la poesía; de la experimentación sonora a los clásicos consagrados: del pueblo para el pueblo.

De la raíz al viento es un álbum que refleja la creación musical a través del ser, la herencia y la semilla. Las piezas aquí reunidas no se quedan quietas: migran, caminan, se trepan, se llevan a cuestas para comprender qué pasa minuto a minuto, mientras las sucesiones de timbres, mensajes y ondas toman lugar en el cotidiano de América Latina. Son las raíces respaldadas por el micelio, los páramos conectados por el océano, los vientos contenidos por el planeta. Y es que la raíz, cuando es profunda, se expande hacia donde amerita.

La música dirige su agua por diversas geografías: hay gente que conoce los ríos y cuida de sus cauces explorando los tramos conocidos, y hay quienes desembocan y navegan hacia otros horizontes. Así, su fluir es un evento constante en este continente.

Victoria Sur y Nicolás Ospina grabaron De la raíz al viento en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango y hoy regresan a ella para estrenarlo y darle una nueva vida a la canción latinoamericana.

Dos trayectorias, un mismo lenguaje

Hace quince años, Victoria Sur y Nicolás Ospina vivían en Buenos Aires y coincidieron en alguna de sus calles. Esa primera tastasiada fue embeleso musical a primera vista. Desde entonces, han sido artistas itinerantes que confluyen entre arraigos y vuelos. Hay un lenguaje en este dúo, una química musical, gustos estéticos compartidos. Cada uno ha abarcado géneros muy diversos: Nicolás es navegante en el jazz, el minimalismo, músicas antiguas, el tango, la ópera, espectáculos musicales y experimentaciones sonoras varias. Victoria, en su ecléctico trasegar, ha habitado la música lírica, el jazz, el rock progresivo y el pop. Les unen las músicas tradicionales latinoamericanas y su despliegue inmenso en la experimentación sonora. Se reconocen, además, como sellos que mutan a lo largo de sus impresiones en sus modos de componer, interpretar y ser en el escenario.

Tierra, verbo y memoria

Victoria Sur guarda una visión telúrica, evocadora y contemplativa de la música de pu’aquí, tal como la sensación de treparse a un cerro y sentir la gravedad, la inmensidad, la perspectiva. Las tierras continuas —la etimología del nombre de su álbum Tu Continente— ligan el amor a la esfera sonora desde el concepto de la raíz latinoamericana y sus nexos. Para Nicolás Ospina, la geografía, la idiosincrasia y la historia misma afloran a través de la composición en el entorno latino: El paisaje es, en su vastedad de término e imagen, el lugar expansivo al sonido y la palabra.

Del medio tradicional —los mercados, circuitos y festivales de música andina colombiana que buscan o no ir más allá de lo prescrito— surge la reflexión sobre los agentes que abogan por la canción latinoamericana en medio de su evolución a través de la historia, los pueblos, el sentir colectivo y la difusión. La esencia y la autenticidad de las creaciones de Victoria y Nicolás no desconocen la tradición ni se rigen por lo que está grabado en mármol.

¿Quiénes cantan en Latinoamérica?

Por estas tierras se han creado identidades diversas, contradictorias y siempre vivas: la canción social, cuya necesidad de reafirmación a través del ser y el pueblo en todas sus cuitas es una búsqueda conocida; la poesía —visceral, pasional, surreal y directa en simultáneo— como amalgama de denuncia y estética, viene en las décimas, las coplas, las cantas con el junte musical como mezcla indisoluble en las músicas metafóricas argentinas, albures mexicanos, alegorías e hipérboles colombianas, entre otras latitudes líricas; el folclor en 6/8 en forma de bambuco, de son jarocho, de chamamé, de huapango, insinúan el recado del fandango que, ya de hace siglos, llegó del otro lado del charco a entenderse con las músicas de los pueblos originarios y el universo sonoro africano.  

Querer el origen, criar la letra, darle un hogar en la música, ver crecer la canción reconociendo la tradición y sembrando las memorias hace parte del territorio en movimiento que representa Latinoamérica.

La resistencia

Si se parte de la canción de protesta, el grito colectivo, la denuncia explícita, como todo en Latinoamérica, hay un método pa’ todo, y se ha de añadir al costal aquella resistencia desde estancias más sutiles e igualmente profundas.

El acto de resistencia de Victoria y Nicolás comienza en la escritura misma: escribir de otra manera, componer desde lugares incluso inexplorados; interceder por la autenticidad y la honestidad del sentir, además de reconocer la lucha propia de la música en América Latina a través de la historia, sus hechos y percepciones. Es la tradición de otro modo: ser fiel a los principios de cada quién a la hora de dar a luz, a sonido y a letra.

Canciones que migran

Es la naturaleza de Latinoamérica —y del mundo— reflejada en varios aspectos entrañables que se sirven en este repertorio, como la exaltación emocional de sentir la soledad y la muerte a través del reflejo del alma sola e incomprendida. Tal es el caso del bolero mexicano Alma mía de María Grever y el samba Dança da solidão de Paulinho da Viola, con el piano y la voz evocando la memoria a través de la ausencia. Pasando por el desamor, uno de los motivos por los cuales el pueblo latino emprende nuevos viajes al interior y al exterior, suena Sin piel de Eladia Blázquez, un tango que narra una clase de despojo desde la vulnerabilidad emocional.

Si se da el giro al telescopio, se observan tres canciones de Victoria Sur que habitan una misma constelación temática del hogar latinoamericano: la contemplación amorosa, la paciencia, el asombro y la reivindicación de los seres que escapan de la norma en una mirada muy íntima. Mundo azul le apuesta a la defensa de la neurodiversidad desde una ternura muy palpable, como en Nunchi —término coreano que designa el sutil arte de percibir el estado de ánimo de otra persona—, pintura sonora de la convivencia de Victoria con sus hijos durante el confinamiento de presencia absoluta e introspecciones de hace algunos años. Los fragmentos del piano persiguen y le tienden el tapete a este tríptico poético de la compositora y madre, quien también aborda la metáfora en Mi fortuna con la décima del son jarocho y el juego del barroco con el bambuco.  

Otras estrellas en el firmamento poético relucen justamente por su contenido lírico. El vals criollo José Antonio de María Isabel ‘Chabuca’ Granda retrata la elegancia y la nostalgia por la Lima de antaño, desde una perspectiva femenina de la tradición. Por su parte, Nicolás Ospina saluda al cielo con un poema de Juan L. Ortiz hecho música y narrado con su voz para encontrarse luego con la voz de Victoria, junto al piano que en esta ocasión suena al mismísimo misterio de las aguas y su profundidad. El canto de las aves y el paisaje sonoro que ambienta la pieza es representado por el recorrido de las diversas técnicas vocales de Victoria en la última parte de la canción. Agua, por su parte, nace de la lectura que hizo Nicolás de una novela en la cual un joven inuit desea botarse al agua y medita sobre morir congelado. Las notas graves sostenidas en el piano —mientras el canto con armónicos crea la escena de caminar sobre extensas superficies con doscientos tonos de blanco —, le dan lugar a un giro dramático en la música con la voz de Victoria. Quien escucha el final de Agua puede interpretar varios desenlaces.  

Muestra de la denuncia social a través de la poesía es Cinco palomitas, tercera de Nicolás, un testimonio vital en medio del proceso creativo de un colectivo de danzas del Pacífico colombiano al que impactó directamente el conflicto armado entre sus hazañas para migrar y hacer arte. 

La cumbia, la cueca y la tonada llanera hacen parte de los aclamados clásicos en esta ofrenda: El pescador de José Barros, la Tonada de luna llena de Simón Díaz —donde, convencionalmente, el cuatro acompaña los cantos de ordeño en la vasta llanura venezolana y las sílabas se suspenden en notas altas— y La jardinera de Violeta Parra, la verdadera expedición botánica del amor y el desamor. En esta última, la oratoria a capella, la teatralidad y el humor, reinterpretan el poema. El bolero Dos Gardenias de Iselina Carrillo, ese cañonazo que no puede faltar, es una de las experimentaciones más gallardas de este dúo; con decirle que este bolero suena a joropo —préstele atención, no es licencia poética—. Incluso, Nicolás interpreta una vez más los cantos con armónicos al diluirse el piano en el final.

El presente

El crecimiento exponencial de figuras mediáticas a través de los recursos de las músicas tradicionales es un tema para analizar: unas almas abren el camino, otras crean el algoritmo; unas creen en la música como legado, otras como materia prima que se halla y explota en yacimientos.  

Hay gente que sostiene que la changua debe llevar huevo y almojábana; hay quienes afirman que la changua es caldo y el caldo es changua, incluso que contiene un chorrito de aceite y tomate. Hay quienes ni les gusta y se toman la foto pa’ las redes. Claro, la changua se cuestiona si a la gente se le da la bendita voluntad. Pero, si a mí sí me gusta, más bien hago mi propia changua con lo que me gusta de verdad y dejo de fregar ¿será que así la pensarán Nicolás Ospina y Victoria Sur, después de todas estas cavilaciones?

Hay canciones para escuchar, hay canciones para bailar, hay canciones para pensar y hay canciones para sentir. Latinoamérica reúne todo. Es la música que se lleva muy dentro en migraciones, despojos, violencias, amores y nuevos comienzos. 

Imagen principal Media
Victoria Sur y Nicolás Ospina sentados en dos butacas cafés observando al horizonte
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