El pasado miércoles 29 de septiembre el Banco de la República presentó un recital virtual a cargo del trombonista colombiano Sebastián Cifuentes, sin duda uno de los intérpretes más destacados que tiene el país en este momento, acompañado magistralmente por la pianista cubana Beatriz Batista. Al considerar la diversidad de factores musicales que, deliberada o espontáneamente se dieron cita en este concierto, no pude sino recordar algunos álbumes y algunas series de conciertos que, en su momento, sirvieron para acercar y poner en diálogo tradiciones musicales que hasta entonces habían transitado en buena medida por caminos independientes. Tanto en aquellos proyectos como en el concierto de Sebastián y Beatriz, la idea de ‘encuentro’ cobra una importancia crucial. Así como la serie Salsa Meets Jazz del teatro Apollo de Nueva York entre 1977 y 1993, o el álbum de Paquito D’Rivera Jazz Meets the Classics, este concierto convocó repertorios y estilos interpretativos que usualmente no comparten los mismos espacios musicales. En cierto modo, a pesar de la aparente uniformidad de estilo que proyecta la música de cámara, pareciera ser otra forma de romper con la segregación de estilos y géneros musicales que sigue imperando con frecuencia en muchas universidades y series de conciertos: lo ‘clásico’ por un lado, y lo ‘popular’, el jazz o las músicas tradicionales, por otro. Al mismo tiempo, sin embargo, un encuentro de esta naturaleza no es del todo excepcional pues le hace justicia a una larga tradición con respecto a hacer música en Colombia y en América Latina, en especial cuando se trata de sobrevivir como músico: la de involucrarse con casi cualquier tipo de repertorio, desde lo más sacro hasta lo más profano y desde lo más popular (o ‘populachero’) hasta las cumbres elitistas de la erudición musical.  

El concierto comenzó con Morceau Symphonique, una obra de Alexandre Guilmant, escrita en 1902. La interpretación de Sebastián y Beatriz proyecta un paisaje musical íntimo que le hace más justicia a la época del compositor que a la intención original de la obra: servir como pieza obligatoria para los exámenes de trombón en el Conservatorio Superior de París. Tal intimidad es el fruto de la interacción negociada entre los instrumentos para seguirse o esperarse, según sea el caso, con cada pasaje, así como a la hora de producir, en equipo, las dinámicas y el lirismo. Lo que hace el piano no es solo acompañamiento, participa directamente de la configuración del discurso expresivo, unas veces en respuesta a la intención interpretativa del trombón y otras veces tomando las riendas del trasegar musical, siendo de este modo el principal vehículo para sugerir los contornos expresivos que eventualmente desarrolla el trombón.

La Romanza, usualmente atribuida a Carl Maria von Weber, fue una oportunidad de apreciar un ejercicio muy bien logrado de adaptación para trombón bajo, haciéndole claramente justicia al espíritu de la obra, pero también sacando provecho de las posibilidades expresivas y del carácter que puede aportar este instrumento y que llevan la obra más allá de lo que quizás imaginó el compositor. Escuchar esta pieza sirve para convencerse, una vez más, que la música es ‘transhistórica’, es decir, que ha existido, existe y existirá como sonido susceptible de ser resignificado según las culturas, las sociedades y los músicos tengan a bien hacerlo, y no simplemente como un vestigio del pasado. Aquí, de nuevo, el piano logra integrarse, incluso casi mimetizarse con el trombón, como dos colores en una pintura con óleo, donde uno sobresale o queda atenuado, pero al fin y al cabo donde lo que impera es la amalgama de ambos colores para sugerir matices distintos. Ambos instrumentos permanecen integrados en la imaginación sonora del oyente, incluso cuando alguno tiene un momento de silencio y el otro se queda solo para completar una frase. Tal es el caso en los cortes donde el trombón llena un espacio que deja el piano o cuando el piano finaliza e introduce, por su cuenta, nuevas frases o secciones.

Sin duda, la música de Carolina Calvache fue lo mejor del concierto. Sin descontar la calidad y trascendencia de las dos obras anteriores, fue como si el propósito de aquellas fuera preparar el camino para lo que constituyó, desde muchos puntos de vista, el corazón del evento. Los tres movimientos de Sunrise Suite ponen en evidencia el encuentro de varias fuerzas musicales, lo cual es con seguridad un síntoma de la trayectoria misma de la compositora, insinuando sonoridades del jazz y la música popular colombiana, pero a través de un código musical inequívocamente pensado para la música de cámara. A la vez que la línea del trombón presenta una melodía finamente elaborada, como la obra de un escultor muy cuidadoso con los detalles, el piano es una obra de arte en sí misma. Al igual que el Morceau de Guilmant y la Romanza de Weber, el piano no simplemente provee un trasfondo rítmico o armónico, sino que dialoga íntimamente con la línea del trombón, fusionándose y coexistiendo como dos argumentos que andan en paralelo, algo así como el dueto contrapuntístico de tenor y soprano en el aria de una ópera, donde ambas melodías brillan con luz propia.

El concierto cierra con Encuentros, una obra que Calvache escribió justamente para Sebastián Cifuentes y cuyo título evoca, con precisión, el logro artístico de este recital. De nuevo, varias fuerzas musicales se dan cita, cosa que provee algunos instantes de conflicto pero que, dada la naturaleza en esencia complementaria de dichas fuerzas, se reconcilian plácidamente, como si la música pudiera ser una metáfora de lo que podría ser el mundo. El patrón sincopado del acompañamiento del piano y la secuencia de acentos en el contratiempo sostiene e impulsa la obra, y la pianista lo supo interpretar muy bien. Aunque se trata en esencia de música de cámara con coqueteos claros con la tradición clásica, se perciben visos inconfundibles de musicalidad popular, entre ellos las hemiolas que gobiernan el universo rítmico del bambuco. La cadenza del trombón, al final, tiene un sabor de despedida, pero una despedida amena, como un abrazo del que uno no se quiere soltar.

Programa

A. Guilmant:
Morceau Symphonique.

C. M. von Weber: Romanza.

C. Calvache: Sunrise Suite.

C. Calvache: Encuentros.

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Concierto de Sebastián Cifuentes - Temporada Digital de Conciertos 2021