La canción Desapariciones de Rubén Blades, famosa también en las versiones que hicieron Los Fabulosos Cadillacs y Maná, es una sucesión de microhistorias que retratan mejor que la mayoría de los libros de historia, el drama de incontables familias en América Latina; aquellas familias que, hasta el día de hoy, se siguen preguntando sobre el paradero de sus seres queridos. «Que alguien me diga si ha visto a mi hijo, es estudiante de medicina. Se llama Agustín y es un buen muchacho. A veces es terco cuando opina. Lo han detenido, no sé qué fuerza. Pantalón blanco, camisa a rayas. Pasó anteayer». La amarga sucesión de dictaduras y regímenes políticos intransigentes a lo largo y ancho del continente ha dejado también una racha dolorosa de muertes, desapariciones y torturas. Protestar, pensar diferente o simplemente sufrir por la injusticia, el hambre o las desventajas que impone el mundo ha sido, tristemente, razón suficiente para convertirse en blanco de la violencia del Estado. Como canta también Blades: «¿Adónde van los desaparecidos? Busca en el agua y en los matorrales. ¿Y por qué es que se desaparecen? Porque no todos somos iguales. ¿Y cuándo vuelve el desaparecido? Cada vez que los trae el pensamiento. ¿Cómo se le habla al desaparecido? Con la emoción apretando por dentro».

Entre 2019 y 2021 Colombia fue testigo de un escenario intenso y sostenido de protesta social en contra del gobierno del presidente Iván Duque. A pesar de la pandemia del Coronavirus, millones de colombianos expresaron su descontento de una forma u otra —desde marchas en las calles hasta ‘cacerolazos’ en sus casas— presas del desconcierto y la desesperanza frente a lo que muchos perciben como una de las peores administraciones en la historia del país, pero, sobre todo, a la luz de una indolencia institucional que por momentos raya con lo absurdo. Lamentablemente, este paro nacional, como muchos otros en el pasado, pero quizás con peores proporciones, también ha dejado muchos desaparecidos y otro tipo de víctimas. La imprecisión en las cifras de desapariciones, que unos desmienten con desdén mientras a otros les exacerba la indignación, es un síntoma de lo escabroso del escenario. Números como el 379, que se pintó gigante e imponente en una calle de Bogotá solo tres semanas después del inicio de la ola de protestas de abril de 2021, terminan convirtiéndose en marcas indelebles en la identidad histórica de una sociedad atormentada; como también lo es ahora el 6.402 que da cuenta de la cantidad de ‘falsos positivos’ —o ejecuciones extrajudiciales por parte del ejército colombiano— entre 2002 y 2008.

Las protestas de 2021 se desataron luego de una propuesta de reforma tributaria que hizo el gobierno y que amenazaba con ahondar aún más la crisis económica de millares de personas, especialmente de la clase media. Pero lo de la reforma tributaria se parece más bien a la historia del florero de Llorente. No que la reforma fuese una excusa sin fundamento ni que hubiese sido orquestada como una conspiración para sacar la gente a las calles, pero esta era tan solo una gota más en un vaso rebosado hace rato, y fruto también de lo que a veces parece una agenda deliberada y cocinada a lo largo de varias décadas y varios gobiernos por trascender los límites de lo imaginable a la hora de hacerle la vida muy fácil a unos pocos y muy difícil a la mayoría.

Las protestas se salieron de control. Por un lado, el vandalismo en las calles hacía estragos, para algunos como evidencia de intereses ideológicos tratando de pescar ganancias políticas en río revuelto, pero para otros simplemente como síntoma de la impotencia, el hambre y la falta de oportunidades. Por otro lado, la represión a los manifestantes aumentaba las víctimas minuto a minuto y enardecía la indignación dentro y fuera de Colombia. A la larga, sin embargo, las protestas cesaron y la gente volvió a hacer de tripas corazón para sobrevivir y seguir adelante con sus vidas. No porque el descontento hubiese menguado ni mucho menos porque el gobierno hubiese atendido a las demandas del paro o hecho algo significativo para aliviar el malestar social, la debilidad de las instituciones o el hambre de la gente. El final aparente de las protestas no parece ser otra cosa que agotamiento; y no tanto agotamiento físico, sino un agotamiento cargado de desazón, luego de lidiar con un gobierno sin corazón y de oídos sordos, simplemente indiferente, al mejor estilo del doctor Lessing en La vida es bella. Aunque sin duda, los partidos de fútbol, los juegos Olímpicos, las carreras de ciclismo y la necesidad de ir a trabajar o a estudiar también ayudaron.    

Como en otras ocasiones, pero con una creatividad mucho más a flor de piel, las protestas de 2019-2021 estuvieron acompañadas de música. Mientras la marchas en las calles convocaron arengas, cantos, ritmos y manifestaciones artísticas tan diversas como la gente que se reunía en ellas, varias faenas de producción musical hicieron del paro nacional el tema principal de sus canciones. ¿Quién los mató?, una canción de Hendrix Hinestroza, Nidia Góngora, Alexis Play y Junior Jein —este último asesinado en junio de 2021— fue uno de los emblemas sonoros del paro y hasta se convirtió en tendencia en Spotify y en las redes sociales. Y también fue el caso con el Himno de la Guardia Indígena, de Parranderos del Cauca 4+3, y Abran la puerta a la paz, de Semblanzas del Río Guapi, que al igual que ¿Quién los mató? son un testimonio de episodios de dolor cosechados en medio de luchas sin descanso por justicia y equidad social. Junto con estas canciones, otras propuestas musicales hicieron época entre 2019 y 2021 al tenor de letras y sonoridades que, como otrora lo hiciese Rubén Blades, interpelaron mejor que cualquier discurso las sensibilidades y las ansiedades de millares de colombianos. Entre dichas propuestas se encuentran, por ejemplo, canciones como Su madre patria y Todo regalao de Edson Velandia y Adriana Lizcano, o composiciones como el Himno deconstruido de David Gaviria Piedrahíta —una reelaboración del himno nacional de Colombia, pero según los contornos melódicos de la marcha imperial de Star Wars, la de Darth Vader, y al amparo del famoso grito de la nueva canción chilena: «el pueblo unido jamás será vencido».

Y no fueron solo estos y otros músicos más o menos reconocidos en el medio. Basta solo con pasar un rato en YouTube o prestarle atención a las letras de muchos artistas urbanos en Transmilenio para apreciar una profusión de canciones y piezas instrumentales gestadas en medio de las protestas y el drama social que las desató y que sigue sin darle respiro a incontables familias. Al mismo tiempo, sin embargo, la indiferencia sigue reinando sin cuartel. En efecto, no es una prerrogativa exclusiva del gobierno, como tampoco lo es el miedo. Ya lo decía también Rubén Blades y lo repetía con vehemencia Vicentico: «Anoche escuché varias explosiones: Tata Patá Pum. Tiros de escopeta y de revólver. Carros acelerados, frenos, gritos. Ecos de botas en las calles. Toques de puerta, quejas, por Dios, platos rotos. Estaban dando la telenovela, por eso nadie miró pa' fuera».

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Parte 1 | El fonógrafo y la descolonización de los sentidos »

Parte 2 | Souvenirs musicales de la Guerra de los Mil Días »

Parte 3 | Músicas marginales y violencias inenarrables: los corridos prohibidos de ayer y hoy »

Parte 4 | La música de las FARC-EP »

 

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Desaparecidos de Chile