Un concierto musical se concibe hoy en día principalmente como un espacio de entretenimiento. Pero a la vez, un concierto constituye un espacio en donde se entrecruzan historias, anhelos, y expectativas. En este sentido, los conciertos de la célebre y ya tradicional Serie de los Jóvenes Intérpretes del Banco de la República son espacios únicos y de particular valor. Allí emergen las figuras de anhelantes jóvenes quienes —gracias a su trabajo, su pasión, y su talento— logran ganarse una muy cotizada vitrina para ofrecer al público el fruto del prometedor desarrollo artístico y musical que han ido forjando en su corta carrera como músicos. Al mismo tiempo, se trata de conciertos que se inscriben dentro de una tradición establecida, la de la vertiente de músicas de cámara de la tradición occidental, en la que subyacen lógicas y expectativas particulares. Como contraste, podemos pensar, por ejemplo, en los conciertos multitudinarios de músicas de difusión masiva, o en los ofrecidos en el contexto de un festival dedicado a la promoción y difusión de músicas tradicionales. Éstos también se inscriben dentro de unas tradiciones, con sus propias lógicas y expectativas.
Escribo esto a propósito de la hermosa presentación ofrecida por la agrupación juvenil femenina de música tradicional andina colombiana Colorín Colorado el pasado jueves 23 de mayo en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Colorín Colorado es un cuarteto de cuerdas tradicional colombiano conformado por cuatro jóvenes vallecaucanas quienes iniciaron el proyecto siendo parte de la Escuela de música de Ginebra, Valle, bajo el auspicio de la Fundación Canto por la Vida. En su corta carrera la agrupación ha sido galardonada con varios premios en concursos que promueven la música tradicional andina de nuestro país. Su presentación en un espacio tan prestigioso como la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango confirma su calidad y potencial artístico.
En términos estrictamente musicales, las interpretaciones de Colorín Colorado son realmente exquisitas. Son expresión de un auténtico y apropiado conocimiento estilístico, desarrollado a través del cultivo temprano y constante de las tradiciones musicales que interpretan y tan bien representan. Dan cuenta, a su vez, de un trabajo juicioso y bien dirigido por Samuel Ibarra Conde, el cerebro musical detrás de los arreglos ejecutados y del desempeño artístico y musical del cuarteto en escena. Su nivel técnico es, para su edad, decente; se destacan en este respecto la primera bandola y la guitarra. Su pericia les permite hacer justicia a los arreglos que de diverso repertorio andino colombiano ha ideado Samuel y les permite, además, hacerlo con una expresión y naturalidad refrescantes y apropiadas.
Todas estas virtudes han permitido que estas jóvenes naveguen de manera evidentemente exitosa los circuitos infantiles y juveniles del mundo de las músicas tradicionales andinas colombianas. En este mundo, mientras continúe su juicioso trabajo y anhelo comunal, tienen estas jóvenes el camino labrado. Ahora, puse de presente la naturaleza variada de distintos espacios de concierto porque, en este sentido, me queda la pregunta sobre su proyección por fuera de los circuitos musicales transitados que, como dije, responden a unas lógicas y expectativas particulares. Si existiere el anhelo de abrirse a otras fronteras y mundos musicales, bien vendría una reflexión a varios niveles por parte del cuarteto y su entorno.
En primer lugar, invitaría a considerar una ampliación de los lenguajes y estéticas que acoge la agrupación para que, sin dejar de lado el loable espíritu de salvaguardar, desarrollar y proyectar las tradiciones de la música andina colombiana, el cuarteto usufructúe las amplias posibilidades sonoras y expresivas del formato. En este sentido, cabe advertir que un programa de la longitud y las características musicales como el ofrecido aquel jueves puede tender hacia la monotonía, en un contexto sediento de ampliación de las sonoridades. Por otro lado, se debe trabajar de manera más consciente lo relativo a la presencia escénica, particularmente las dinámicas de interacción con el público y entre las personas que están en escena; más experiencias de este tipo probablemente ayuden a ir madurando este aspecto. Finalmente, es deber hacer hincapié en la necesidad de profundizar en el desarrollo de las habilidades instrumentales: genera inquietud saber que tres de las jóvenes optaron por rutas de desarrollo profesional distintas a las de su instrumento teniendo en cuenta que una mayor maduración y proyección del cuarteto implica necesariamente una dedicación profunda y enfocada en el desarrollo de la interpretación de sus instrumentos. Por supuesto, estas consideraciones son pertinentes sólo si existe la visión o el interés de explorar mundos diferentes a los constituidos por los cerrados circuitos tradicionales de la música andina colombiana. En este último mundo, Colorín Colorado tiene, sin duda, cuento para rato. Mis felicitaciones para ellas.
Programa
J. VELASCO: Anochecer. Á. ROMERO: Toño; Las doce. L. U. BUENO: El muñequero; Torbellino santandereano. L. A. CALVO: Blanquita. S. IBARRA CONDE: Un nuevo lugar. Valentina. P. MORALES PINO: Iris; Leonilde; Una noche; Chispazo. F. CRISTANCHO: Trigueñita. J. DO BANDOLIM: Santa Morena. F. GARCÍA: Coqueteos.