Hay una frase atribuida al escritor ruso León Tolstoi que dice: «Si quieres ser universal, narra tu aldea». Si uno busca cuándo o en qué contexto la pronunció, no encontrará nada: al parecer es una paráfrasis con que alguien (que había estudiado su obra, sin duda) quiso señalar su aporte a la literatura. Por ejemplo, en su novela Guerra y paz aparece una escena de un baile en el cual Natasha, educada como aristócrata y con unos modales muy citadinos, se reconecta con su humanidad a través de la danza y la música tradicional rusa. La aldea, el saber popular, el folclor, son el símbolo de algo espontáneo y natural. Algo que, además, puede llegar a enriquecer las expresiones universales.  

Estas ideas fueron el signo de su tiempo y no se limitan a la literatura. En la primera mitad del siglo XIX, un componente nuevo empezó a hacerse presente en la música académica. Franz Liszt escribió sus Rapsodias húngaras para piano como un reconocimiento a la expresión de los gitanos que había oído en su tierra natal. Más allá de copiar melodías y adaptarlas a la técnica virtuosa que él estaba creando, lo que hizo Liszt fue compenetrarse del todo con un lenguaje. Un lenguaje que cargaba con su propia historia, lejos de las academias y de los centros intelectuales.  

Años antes, Frédéric Chopin deslumbraba en los elegantes salones franceses con sus polonesas para piano. La polonesa tiene también ese origen rústico; es una danza típica de Polonia que, según los historiadores, se bailaba con pasos simples y lentos. Algo estaba cambiando. El nombre con el que llamó a esta nueva corriente fue el de nacionalismo (se usa también el plural, nacionalismos, porque los aportes vinieron de varios puntos de la geografía). Significa, a fin de cuentas, que cada aldea reconocía sus elementos propios y los sabía usar para enriquecer una expresión universal.  

En 2019, el violinista David Harrington del Cuarteto Kronos respondía de esta manera a la pregunta de por qué no interpretaban música 'clásica' en el sentido más estricto: «Amo a Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert. Pienso en ellos como el cimiento de la música para cuarteto de cuerdas. Son los creadores de esta plataforma fabulosa. Pero básicamente son cuatro tipos blancos que vivieron en Viena, que tenían la misma religión y hablaban el mismo idioma». Tal vez esa misma insatisfacción fue la que movió a las artes, en cierto momento de la historia, a abrazar los nacionalismos.  

Los detalles regionales impregnan a la música de nuevas emociones. Tomemos como ejemplo los dos conciertos para piano y orquesta que escribió Chopin en 1830. Son como gemelos en muchos aspectos. El primero está en mi menor, el segundo en fa menor. Comienzan como conciertos clásicos y su desarrollo es relativamente normal hasta que llegan al tercer movimiento. Allí aparece la sorpresa: en el primero escuchamos un krakowiak, en el segundo una mazurca. Ambas son danzas folclóricas que nunca habían entrado a las grandes salas de concierto. Lo que hacía Chopin era traer pequeñas postales de su Polonia natal a un lenguaje que estaba un poco estancado en los paisajes vieneses.  

Hoy día es muy difícil identificar qué momentos de la música clásica hacen referencia a expresiones anteriores. Las rapsodias de Liszt suenan gitanas únicamente para quien tenga familiaridad con la gitanía pero, en general, se han acoplado enteramente al lenguaje del piano de concierto. Más aún, en estos tiempos de samplers, citas, alusiones o incluso (en el extremo oscuro) plagios, el concepto musical de raíz se vuelve mucho más volátil. Este recital de la cantante Manuela Tamayo y el pianista Francis Díaz está integrado por composiciones en las cuales se cita siempre una fuente más antigua, a veces ancestral. Es la música clásica bebiendo de la honda fuente del folclor, ese folclor que el musicólogo Matthew Gelbart definió como «un remanente del pasado rural, preservado dentro de la civilización moderna». 

Las obras 

MAURICE RAVEL: Cinq mélodies populaires grecques 

En tiempos en que la grabación sonora era una tecnología nueva y un tanto incierta, los musicólogos e investigadores buscaban distintas maneras de preservar las melodías para que no se perdieran en el tiempo. Las Cinco melodías populares con que se inicia este recital son parte de un trabajo encargado a Maurice Ravel. Cuatro de ellas habían sido grabadas en cilindro de cera (un frágil antecesor del disco) en la isla de Chio. Pero era más confiable encargarle a un compositor que 'embelleciera' esas melodías con un sofisticado acompañamiento para piano, para que después formaran parte del circuito de salas de concierto. Si además tenemos en cuenta que las letras fueron traducidas del griego al francés, en realidad no es demasiado lo que queda de las canciones originales. No obstante, en estas piezas, que se estrenaron en 1906, salen a flote temáticas universales como el amor, expresado con cierta inocencia.  

ALEXANDER KLEIN: Kataa ou outa 

El compositor colombiano Alexander Klein es además un juicioso escritor y un agudo comentarista de la actualidad en redes sociales. Kataa ou outa fue estrenada en la Royal Academy of Music de Londres en 2021 y hace parte de una colección de canciones basadas en textos del poeta wayúu Vito Apüshana (n. 1965), quien se desempeña como profesor de la Universidad de la Guajira en busca de preservar las costumbres y la historia de su pueblo. Como muchos poemas de Apüshana, aquí habla de una cosmovisión que percibe a los seres humanos, no como simples habitantes de un planeta, sino como parte de un inmenso organismo vivo que es la Tierra. La música es de la inspiración de Klein pero usa escalas pentatónicas para reflejar las escalas de la etnia wayúu. Además, su carácter cíclico representa el eterno retorno descrito en el poema: «Crecemos, como árboles, en el interior de la huella de nuestros antepasados». 

ANTONIN DVOŘÁK: V národním tónu (En tono popular) 

El compositor checo Anton Dvorak utilizó varias veces las mazurkas y las danzas eslavas como inspiración directa. Estas alusiones aparecían a veces de manera sorpresiva y lograban conmover a los oyentes. Por ejemplo, en su Quinteto para piano y cuerdas No. 2 aparece una dumka, que es pieza melancólica del folclor ucraniano y que ocupa el lugar que usualmente se daría al Adagio, la parte lenta de una obra. En el caso de este ciclo de canciones, se trata de la musicalización de textos breves del folclor eslovaco, realizados a partir de una sugerencia de su editor en 1886. Son cuatro miniaturas entrañables. Dvorak no cita directamente melodías tradicionales, sino que las inventa, dándoles cierto aire de lejanía temporal. Los textos son costumbristas, hacen referencia a las labores de cosecha del campo y a la presencia del caballo como compañero constante de los campesinos.   

MANUEL DE FALLA: Siete canciones populares españolas 

Por su naturaleza, las Siete canciones populares españolas han sido grabadas por múltiples vocalistas: desde sopranos de arraigo en el mundo de la ópera hasta auténticas cantaoras flamencas. Una muestra más de ese punto intermedio entre lo académico y lo popular, o de un compositor de alta escuela que no puede evitar asomarse y fascinarse con lo folclórico. Estas canciones las estrenó Manuel De Falla en 1914 y pueden representar una especie de álbum fotográfico de los distintos paisajes de España, ya que tienen diversos orígenes. Algunas son de raíz andaluza (como el mismo compositor), pero otras nos llevan de paseo por regiones como Aragón o Asturias. La musicalidad de estas piezas es tanta que existen muchas transcripciones: una para guitarra, por obvias razones, y otra, llamada Suite popular, en la cual un violín remplaza a la voz. 

HEITOR VILLA-LOBOS: Mondinhas e canções; Melodía Sentimental 

El músico brasileño Heitor Villa-Lobos era un enamorado absoluto de su país, cuya multiculturalidad quiso plasmar en varias de sus composiciones. Solía decir, por ejemplo: «Mi libro de teoría musical es el mapa del Brasil». Aunque hoy algunos discuten qué tanto recorrió el país (y que tanto de su música es el producto, digamos, de una imaginación aplicada), lo cierto es que conquistó el fervor del pueblo, que se identificó con sus creaciones. En algunos casos, esas creaciones reflejan la espesura de la selva amazónica. En el caso de Modinhas e canções, su interés parece viajar al pasado colonial portugués, ya que la modinha es un género de canción sentimental que tuvo su auge en el siglo XVIII. Por el mismo camino va la Melodía sentimental, una dulce evocación de la luna como símbolo de pureza y serenidad. 

Imagen principal Media
Dos músicos alrededor de un piano negro, en un auditorio, mirando fijamente y sonriendo
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