Hay poetas que parecen haber viajado desde el futuro para dejar una marca imborrable en nuestra historia, y el quindiano Luis Vidales es, sin duda, uno de ellos. Este año, al celebrar el centenario de la publicación de Suenan timbres, entendemos por qué Porfirio Barba Jacob lo llamó el "poeta del porvenir", vaticinando la fecunda actualidad de una obra que se propagó como llamas en la literatura parroquial de su tiempo. Resulta casi una coincidencia mística que, en 1926, un año antes de que el cineasta Fritz Lang deslumbrara al mundo con su visión de una megalópolis del año 2026 en la película Metrópolis, Vidales publicaba un poemario que profetizaba la imponencia de la ciencia sobre las ruedas del progreso. Sin proponérselo, su obra se convirtió en la bisagra que plegó el pasado y el futuro de la poesía colombiana, rompiendo la tradición para abrir nuevos caminos en medio del conformismo de la época.
Antes de este estallido vanguardista, la poesía local se encontraba apolillada, refugiada en una condición conservadora que prefería la contemplación del pasado y la rigidez de sonetos heredados del Siglo de Oro. Frente a esa solemnidad, Vidales irrumpió como un joven visionario que se burlaba de los patrones sociales predominantes, soltando las amarras de los "nervios electrizantes" del verso libre. Su ópera prima fue, en sus propias palabras, un "libro de demolición" que provocó el derrumbamiento de los valores establecidos y fue saludado con entusiasmo por figuras como Luis Tejada, quien instó a todo el mundo a quitarse el sombrero ante el nacimiento de un poeta de verdad. Incluso maestros como Jorge Luis Borges y Vicente Huidobro reconocieron el valor de esta pieza escandalosa y exótica que nos muestra el mundo de una forma renovada y fascinante.
Invitamos al lector a sumergirse en este universo donde la lógica se quiebra para decirnos que a los árboles "les tumbaron el cielo" o que existen básculas para pesar "noches cargadas de estrellas". En las páginas de Suenan timbres fluyen juntas la poesía y la minificción en una obra anfibia que, influenciada por las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, eleva objetos cotidianos como el teléfono o el microscopio a un nuevo estatus de contemplación estética. Luis Vidales, quien se reconocía como un "infante incorregible", logró una poética juguetona, díscola pero lúcida, en la que los objetos no son lo que parecen ser, sino más bien son lo que la lógica nunca imaginó que podrían ser. Su legado marcó el rumbo a los Nadaístas y posteriores generaciones de escritores que decidieron salir del closet del canon. Leerlo hoy, cien años después, nos permite redescubrir a un poeta fundacional cuya mirada audaz y disruptiva sigue siendo el sello distintivo de la vanguardia en la literatura continental.