Por Jaime Ramírez


El arte proyecta una amalgama de efectos sobre sus espectadores, desafiando nuestra capacidad para definir la finalidad de sus manifestaciones. Si bien podríamos pasar momentos interminables reflexionando sobre tal finalidad, rápidamente coincidiríamos en varias de sus bondades, concebidas posiblemente como algunos de sus propósitos principales. Esta búsqueda puede centrarse en aquellas acciones que parecen tocar las fibras más profundas del espíritu; pasando por la capacidad que tienen las artes para comunicar, representar y transmitir, entraríamos a reconocer facultades más elevadas sucumbiendo ante el extraño poder que ellas ejercen sobre nosotros. Podemos resaltar la capacidad que tiene el arte para trascender, conectar y especialmente para conmover a medida que permite entablar vínculos entre el espectador, su creador, los intérpretes y sus diversos contextos.

Heimat: songs of home and belongin (Canciones de hogar y pertenencia) es un programa que resuena intensamente con la capacidad que la música y la literatura comparten al conmover y evocar momentos o sensaciones entrañables; asimismo, la voz humana mantiene una innegable capacidad para despertar un intenso arraigamiento. Al celebrar el inicio de una nueva temporada y de sesenta años de historia, también resuena un eco que reconoce ese arraigo hacia un hogar lejano que nos conecta. Este programa girará en torno a memorias compartidas donde resuenan las ideas de patria, hogar y familia, llevando al público por un recorrido de culturas impresionantemente distantes, pero innegablemente conectadas a través del arte, la canción y la voz humana.

Una conjunción de fuerzas expresivas

Habría que considerar cada canción como un ente estético en el que se conjugan diversas artes cuyo poder expresivo surge y se fortalece desde esta sinergia; música, literatura y drama se entrelazan para generar una propuesta artística única. Elementos de la música cobran un valor poético y narrativo y, al mismo tiempo, las palabras de cada canción portan un valor sonoro independiente de sus significados concretos. Por esto se puede apreciar la ‘musicalidad’ y el ‘ritmo’ en un poema. Finalmente, la unión entre texto y música cobra vida a través de una ‘puesta en escena’; especialmente en las interpretaciones en vivo. Este tipo de repertorios resaltan su carácter dramatúrgico en el que cantante y pianista dan vida a la unión entre música y literatura.

El reto de un programa en varias lenguas

Si el primer paso en esta reflexión fue hacer énfasis en la importancia de la relación entre música, texto y drama, parece contradictorio que el repertorio incluya textos en idiomas ‘distantes’ al español. Por esto, las traducciones tienen una función fundamental: más allá de permitir al oyente ‘seguir la pista del cantante’, éstas nos permiten tener una idea del sentido amplio de los poemas. Antes de empezar a escuchar la obra, podríamos preguntarnos cuáles son los elementos más expresivos del texto y especular sobre la manera en que podrían cobrar vida musical; también reconocer algunos elementos del texto original que tengan un valor sonoro especial o que proporcionen una base rítmica o tímbrica que generen ‘rimas’ musicales.

El piano como elemento fundamental del proceso creativo

En muchos casos, estamos ‘mal acostumbrados’ al considerar que el pianista es un ‘acompañante’ del artista ‘principal’. Especialmente en repertorios para voz y piano, los compositores no solían ser cantantes; eran excelentes pianistas y este era su vehículo principal para canalizar las ideas musicales inspiradas por el texto. En la mayoría de las obras para voz y piano, es éste el que define la atmósfera y tonalidad emocional de cada composición; asimismo, proporciona el sustento psicológico de la obra, complementando o acentuando los elementos del texto que el compositor considera más relevantes y permitiendo una apropiación de su legado a partir de diferentes perspectivas.

Un recorrido musical enmarcado por memorias, lugares, sueños y añoranzas

El programa inicia con obras de algunos de los compositores que renovaron los repertorios para voz y piano, desarrollando, desde el lied o canción romántica alemana, una propuesta estética que fue determinante para quienes posteriormente se aproximaron a este género. Sin lugar a dudas, Franz Schubert (1797-1828) es el punto de partida ideal para apreciar cómo su apropiación del contenido expresivo del poema cobraría vida a través de la música; no exageraba Johannes Brahms cuando comentaba que «no existe una sola canción de Schubert de la cual uno no pueda aprender algo». Seligkeit (Dicha) abre las puertas a este recorrido con prometedor optimismo. Las añoranzas de Schubert se relevan con Des Kindes Gebet (La oración del niño) de Max Reger (1873-1916), en la que ahora la nostalgia se transforma en esperanzadora súplica de una criatura inocente. A esta súplica, Johannes Brahms (1833-1897) responde con el apaciguamiento de la reconocida canción de cuna Wiegenlied. Con entrañable familiaridad, esta breve etapa inicial hace una cómoda pausa en este recorrido.

Nostalgia por los lugares, la gente y las comodidades

Benjamin Appl renueva fuerzas para recordar, con cierta melancolía, lugares y personas. Con Der Einsame (El Solitario), Schubert acoge el poema de Karl Lappe resonando con su descomplicada añoranza de alegrías pasadas; estos buenos momentos son evocados plácidamente desde la distancia. Posteriormente, en Mondnacht (Noche de luna), Brahms evoca la serenidad de la noche y la nostalgia de un hogar lejano; el poder sanador de la noche lleva este recorrido por escenas que se enriquecen gracias a las memorias de seres queridos. Uno de estos primeros recuerdos evoca la jovial alegría de Brahms en Mein Mädel hat einen Rosenmund (Mi amada tiene la boca roja), donde los juegos de palabras y el brillo musical de cada frase resalta el carácter vivaz de la obra.

Los recuerdos joviales se contraponen rápidamente con la presencia de Richard Strauss (1864-1949), un compositor caracterizado por su avasallador poder expresivo. Fue un prolífico compositor de lieder, muchos de los cuales se han orquestado reflejando aquella fuerza sonora de sus obras de gran formato. Esta riqueza expresiva, nutrida por contrastes, es determinante en el giro que hace este programa: la jovialidad del último lied de Brahms desemboca en Allerseelen (El día de los fieles difuntos), descrita por el director Norman del Mar como «una canción de amor sobre un fondo de flores en una tumba que recuerda los amores de mayo». Posteriormente, retomando una de las temáticas de la melancolía romántica, la noche es fuente de inspiración para un nuevo ocaso; Schubert retorna con Nachtsück (Nocturno), basado en el poema de Johann Mayrhofer. El programa propone, entonces, una tranquila resonancia entre el paisaje nocturno de Schubert y el día de los fieles difuntos de Strauss: «Noche santa, pronto se cumplirá, pronto dormiré el largo sueño que libera de toda aflicción».

Las aflicciones, especialmente aquellas generadas por las comodidades extrañadas y la falta de dinero, inspiran la música que cierran la primera parte del programa. Si bien Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) fue un compositor encomiable para la voz, y puede decirse que gran parte de su obra instrumental se enriquece del pensamiento lírico, sus obras para voz y piano no forman parte significativa de su legado. Sin embargo, en ellas es evidente su maestría para potenciar el carácter dramático de los textos a través de la música. En Zufiedenheit (Satisfacción), Mozart agradece la austeridad y la comodidad desde la humildad, a juzgar por el cierre de esta canción que es bastante optimista: «A Dios alabo y glorifico, y pleno de gozo pienso: Dios es amable y bueno con el hombre. Siempre agradecido estaré y me alegrarán los dones de Dios». El barítono Benjamin Appl, decidió no incluir los últimos versos de la canción, tal vez para enlazarla, de manera jocosa, con la siguiente obra del programa, que inicia con una reclamación a Dios, por el exceso de austeridad proporcionada:

Querido Dios, tu hiciste mucha, mucha gente pobre. 
Me doy cuenta, por su puesto, de que no es una vergüenza ser pobre, 
pero tampoco es un gran honor. 
Así que ¿habría sido terrible si yo tuviera una pequeña fortuna?

Con estas palabras inicia If I were a rich man (Si fuera rico), una de las canciones más reconocidas del famoso musical El Violinista en el tejado, de Jerry Bock (1928-2010) y Sheldon Harnick (1924-2013), estrenado en Broadway en 1964.  

Viajes y anhelos

La segunda parte del concierto abre retomando la idea de viajes a tierras lejanas, inexorablemente acompañados por anhelos nostálgicos y añoranzas de hogar y patria. Schubert inicia este capítulo con Drang in die Ferne (Anhelo de tierras lejanas) y Der Wanderer an den Mond (El caminante a la luna). La añoranza de esta travesía renovada cobra ahora un valor especial al preceder Ich weiß bestimmt, ich werd dich wiedersehen (Sé con seguridad que te veré nuevamente), compuesta por Adolf Strauss (1902-1944), un compositor y pianista checoslovaco que murió en el campo de concentración de Auschwitz y, semanas antes de ser exterminado, compuso este lied, una obra que imbuye una esperanzadora melancolía entintada por una oscura resignación.

La distancia parece intensificar progresivamente la nostalgia que inspira los siguientes lieder de Schubert: Das Heimweh (La nostalgia) y Der Wanderer (El caminante). A medida que se desenvuelve esta recolección de poéticas shubertianas, aquella esperanza que abría la segunda parte de este programa, cambia su brillo por una sombra melancólica.

Un recorrido sin fronteras

Este viaje nos lleva a migrar a otras tierras y lenguas; en un giro renovador, el programa viaja hasta el legado vocal de Francis Poulenc (1899-1963). Hyde Park es una breve canción caracterizada por una melodía angular y ritmo agitado en donde el texto de Guilaume Apollinaire cobra vida desenfrenadamente. Posteriormente, los afanes de Poulenc son sosegados por Benjamin Britten (1913-1976) y su rendición de Greensleeves, conectándonos desde una mirada contemporánea con la memoria de tradiciones inglesas de finales del siglo XVI, inspiradas en danzas italianas aún más antiguas. Este apacible ritmo pastoril llega hasta Silent Noon (Mediodía silencioso) de Ralph Vaughan-Williams (1872-1958); con carácter cadencioso, parece un retorno al hogar. Con tranquila familiaridad, Henry Rowley Bishop (1786-1855) marca el final de este recorrido con Home, sweet home (Hogar, dulce hogar); sobre los textos del dramaturgo John Howard Payne, empleados en su ópera Clari, or the Maid of Milan (Clari, o la dama de Milán) de 1823, Bishop dio vida a la célebre frase «There’s no place like home» (No hay un lugar como el hogar) para conmemorar el retorno final, luego de un viaje por tierras lejanas.


Epílogo: el retorno a la canción alemana

Amé a una joven mujer con voz maravillosa e igualmente maravillosos dones como intérprete. Esta mujer se convirtió en mi esposa y ha permanecido como mi compañera de vida hasta el día de hoy. (…) Mis canciones cobran vida naturalmente y a través de la necesidad como una ley natural, y todas fueron escritas para ella (Grieg, 1903).

Edvard Grieg (1843-1907) fue uno de los más reconocidos compositores noruegos; sus obras entrelazaron el misticismo nórdico con las corrientes académicas europeas de su tiempo, desembocando en un legado de inmensa belleza y profundidad expresiva. Para Grieg, la obra vocal de Schumann fue una profunda influencia; este concierto concluye con la colección Seis Lieder Op. 48, la cual, a pesar de haber sido dedicada a otra cantante noruega, fue inspirada por el amor de Grieg hacia su esposa y explora un ciclo de emociones entrelazadas orgánicamente.

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Benjamin Appl
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