Al escribir esta reseña sobre el concierto virtual de Jamal Aliyev (violonchelo) y William Fielding (piano) —con obras de David Popper, Jules Massenet y Cesar Franck— se entrecruzan, inevitablemente, mis sensibilidades artísticas y académicas como músico, musicólogo y melómano, pero además como un ser humano, entre millares, que ha atravesado por las transformaciones sociales que ha traído consigo una pandemia inconcebible hace apenas un par de años. Se trató de un concierto con una calidad desbordante, por parte de dos intérpretes estupendos y que hacen gala de un repertorio singularmente atractivo de la segunda mitad del siglo XIX. Pero, además, creo, se trató de un concierto apropiado para estos tiempos, en los que todavía pululan con impunidad las incertidumbres y durante los cuales la música y los músicos siguen haciendo de tripas corazón para no desfallecer frente a los embates cotidianos contra las artes y la cultura.
Aliyev y Fielding han hecho propio este repertorio, pero al mismo tiempo luchan con él. No luchan en el sentido del intérprete que encuentra escollos técnicos infranqueables dentro de una obra. Por el contario el concierto fue, de principio a fin, un despliegue de virtuosismo y de seguridad técnica casi infalibles —y hay que decir ‘casi infalibles’ porque es justamente dicha ventana de vulnerabilidad la que hace que la música ‘en vivo’ interpele nuestros sentidos como quizás nada más lo puede hacer en la vida. Es justamente en ese sentido que Aliyev y Fielding luchan al ejecutar este repertorio; es un síntoma de las batallas inacabadas por el quehacer musical en estos tiempos tan aciagos para tantos músicos alrededor del planeta, en especial cuando se trata de reconectar a la audiencia —igualmente abatida por la pandemia— con creaciones musicales de otra época, irrelevantes a los ojos de muchos, pero indispensables para nuestra continuidad cultural.
Se trató de un concierto sincero, casi visceral, de dos intérpretes que, si bien están inequívocamente familiarizados con el trasegar musical de las obras, también están forjando musicalidad espontáneamente, en el transcurrir mismo de la interpretación. En últimas, las partituras no son un libreto sino una guía, y Aliyev y Fielding lo hacen evidente al tocar, la mayor parte del tiempo, no en función de sí mismos sino del uno con respecto al otro, y sobre todo, con respecto al acontecer progresivo de la música. Al lado de la sucesión fiel de cada una de las notas en las obras de Popper, Massenet y Franck, pueden percibirse, por instantes, momentos de nerviosismo, de duda, en los que repentinamente deben estar más atentos a lo que indica la partitura, o a los tiempos, los silencios y las entradas; instantes donde parecieran ponerse en riesgo la claridad de algunos pasajes en el piano o incluso la afinación en el violonchelo. Pero lejos de ser muestras de flaqueza interpretativa parecen ser atisbos de lo que implica ser músico por estos días en los que hay que reinventar las faenas de ensayos y conciertos; en los que la única alternativa es seguir batallando. Todo ello hace que se trate de un concierto más auténtico y que la música resulte más sentida, lo cual, a su vez, le hace justicia tanto a los momentos que inspiraron la composición de estas piezas como a los tiempos que vivimos nosotros.
La ejecución de la Rapsodia húngara, Op. 68 de Popper fue un tributo elocuente tanto de la intención original de la obra —una obra para violonchelo compuesta por un violonchelista— como del carácter mismo detrás de la idea de una rapsodia: un juego simultáneamente cauteloso y espontáneo, escrito con detalle pero que pareciera improvisado, a la hora de navegar entre distintos modelos rítmicos así como entre distintas emociones y sensaciones; una serie de transiciones muy bien logradas, desde instancias íntimas y a la vez ásperas hacia otras tan ágiles y tempestuosas como sutiles. La interpretación de Meditación de Thaïs, la famosa aria de Massenet, fue, en cambio, una exhibición de comodidad y apacibilidad —algo así como si fuese posible traducir en música la sensación de estar en casa cuando alguien dice ‘hogar dulce hogar’. Más aún, a diferencia de los postulados prescriptivos de aquellos en el movimiento de ‘la interpretación históricamente informada’, se trató de una buena traducción, desde la sinceridad interpretativa del siglo XXI, de aquello que músicos e intérpretes en el siglo XIX definían con palabras como ‘inefable’ o ‘sublime’.
Por último, los cuatro movimientos de la Sonata en la mayor de César Franck se destacaron por el protagonismo que recibió la línea melódica principal, no solo en virtud de la ejecución impecable del vibrato por parte Aliyev sino por la forma en que Fielding mantuvo una atmósfera armónica que preparaba y anunciaba muy bien las incursiones melódicas del violonchelo. Pero, además, el diálogo entre los dos instrumentos fue muy dinámico, intercambiando el liderazgo a la hora de impulsar la pieza, aunque deteniendo dicho impulso en ocasiones, como si fuese posible capturar la musicalidad y, simplemente, contemplarla.
Programa
D. Popper: Rapsodia húngara, Op.68.
J. Massenet: Meditación de Thaïs.
C. Franck: Sonata en la mayor, FWV 8.