Se cumplen 100 años del nacimiento de Astor Piazzolla (11 de marzo, 1921–4 de julio, 1992), sin duda uno de los músicos más emblemáticos del siglo XX. Lo de emblemático no es una mera formalidad del lenguaje para indicar que fue un personaje destacado entre sus congéneres. La vida y la música de Piazzolla son, desde muchos puntos de vista, emblemas de lo que fue el siglo XX; y su legado, como el legado del mismo siglo XX, nos sigue interpelando hasta el día de hoy. Durante el siglo XX, el mundo tuvo que sufrir guerras mundiales y dictaduras que dejaron tras sí daños y dolores irreparables, además del aumento incontenible de la brecha que separa a unos pocos que cada vez tienen más de los muchos que cada vez tienen menos. Pero el mismo siglo fue testigo de una circulación sin precedentes de personas, ideas, objetos y sonidos, y con ello, de la formación de mundos culturales y musicales híbridos, absolutamente inimaginables tan solo un siglo atrás. Si el siglo XX estuvo definido en buena medida por la síntesis entre modernidad y cosmopolitismo, la música de Piazzolla es un testimonio elocuente de la forma en que dicho encuentro tuvo lugar en múltiples instancias a lo largo de la vida de una misma persona.
Astor Pantaleón Piazzolla nació y murió en Argentina pero estuvo viajando todo el tiempo, en cuerpo o en alma, por distintas partes del mundo. Llegó con su familia a Nueva York cuando tenía cerca de cuatro años y vivió allí la mayor parte de su infancia; el inglés, sin embargo, fue su tercera lengua pues, al fin y al cabo, era hijo de argentinos y nieto de italianos. Su niñez transcurrió durante la presurosa década de 1920, la de la mafia y la prohibición del alcohol, pero también la del ‘renacimiento de Harlem’ y de las primicias de la ‘era del jazz’. Así que su iniciación musical —de la mano con un bandoneón que al comienzo, según Carlos Gardel, tocaba como un ‘gallego’— tuvo lugar teniendo como vecinos a figuras como Terig Tucci, Sophie Tucker, Al Jonson y George Gershwin, y al tenor de un espectro musical que se extendía desde las fugas de Bach hasta el swing de Fletcher Henderson. Con todo, desde muy temprano y a pesar de lo lejos que se encontraba de Buenos Aires, Piazzolla abrazó el tango y lo incorporó a su identidad, a su existencia transnacional y a sus faenas musicales. Incluso, con apenas 13 años, conoció a Gardel en Manhattan y hasta apareció a su lado —haciendo de vendedor de periódicos— en la película El día que me quieras. Gardel invitó a Piazzolla a que se le uniera para una gira por el continente pero los padres del chico no le dieron permiso; de haberlo hecho, a lo mejor Piazzolla hubiese muerto con Gardel en el trágico accidente que acabó con la vida del ‘zorzal criollo’ en 1935, cuando su avión se disponía a despegar de la ciudad de Medellín. Cuatro décadas después diría Piazzolla: «Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa».
El cosmopolitismo lo seguía. Regresó a Argentina a mediados de la década de1930 y mientras el planeta empezaba a presenciar los horrores de la Segunda Guerra Mundial, Piazzolla se hizo pupilo del compositor Alberto Ginastera a la vez que, como si se tratara de un eco de su cotidianidad en Nueva York, participaba de un mundo musical del que también eran parte Arthur Rubinstein, Aaron Copland, Manuel de Falla y otros músicos que terminaron instalándose en Argentina en virtud de su aparente neutralidad con respecto a la guerra que desangraba a Europa. Al mismo tiempo que empezaba a transitar con más confianza por los senderos de la teoría musical y la música clásica, vivía de tocar tango en orquestas populares como la de Aníbal Troilo y hasta formó su propia orquesta típica, si bien su interés por incorporar procedimientos armónicos y estilísticos mucho más sofisticados —y definitivamente poco ortodoxos a los ojos de los tangueros de Buenos Aires— ya era evidente, y empezaba a hacerle acreedor del desdén de varios personajes en la escena musical local. Pero para Piazzolla no había vuelta atrás. Después de vivir por un tiempo en Francia, donde estudió bajo la dirección de Nadia Boulanger, y de recorrer Europa, regresó a Buenos Aires en 1955 y desde entonces sus proyectos musicales reflejaron el atrevimiento y la innovación que habría de caracterizar su carrera por el resto de su vida. Tal será la era de lo que muchos vinieron a llamar ‘el nuevo tango’ y que nos dejó no solo un arsenal de composiciones que habrían de instalarse para siempre en la memoria musical del mundo entero —como Libertango, Muerte del ángel o Adiós Nonino— sino un buen caudal de controversias al calor de su incontenible personalidad musical.
Es bien sabido el rechazo que sufrió Piazzolla de parte de un amplio sector del establecimiento tanguero argentino, que lo veía como una amenaza para la tradición o incluso como un ‘asesino del tango’. Quizás por ello Piazzolla nunca estuvo totalmente cómodo con la caracterización de su música como tango ni tampoco con otras categorías como ‘jazz’ —aunque en 1958, durante una corta temporada en Estados Unidos, grabó un par de discos que presentó inequívocamente como ‘jazz-tango’. Sin embargo, al prestar atención a la música de Piazzolla y al cosmopolitismo que definió su paso por el mundo, es posible apreciar una tensión simultáneamente sutil y productiva entre el jazz y el tango. Como explica Jason Borge, a pesar de la ansiedad que generó el jazz entre artistas e intelectuales argentinos desde los años 20 por su carácter foráneo, la verdad es que el jazz y el tango compartían la esfera del entretenimiento público popular en Buenos Aires, bien fuese como formas musicales independientes o integrados en una misma aventura musical como en los grupos de Roberto Firpo, Francisco Canaro, Osvaldo Fresedo y Adolfo Carabelli.
A pesar de los encendidos debates sobre el valor de una música o la otra para la identidad cultural argentina, se puede decir que, por lo menos hasta comienzos de la década de 1940, el jazz y el tango compartieron ‘la misma pista de baile’. Pero para finales de la década, con el progresivo declive de las big bands de swing y de las grandes orquestas típicas, ‘el tango perdió su compañero de baile’ —como dice Matthew Karush. En cierto modo, la nostalgia por el jazz de antaño fue un obstáculo para abrazar como sucesor del swing el bebop —un jazz que no se baila— y de pasó, para sentar un precedente en contra de iniciativas vanguardistas como las de Piazzolla. Con todo, aún sin comprometerse en un esfuerzo sostenido por establecer un diálogo entre el jazz y el tango, músicos como Astor Piazzolla ayudaron a reestablecer la camaradería estética entre estos dos universos musicales, pero a la luz de lo que cada uno de estos —y el mundo en general— se había convertido para las décadas de 1950 y 60. Sin duda, los paralelos con otros desarrollos musicales en la región por la misma época, como el bossa nova a la usanza de Tom Jobim o Joâo Gilberto, son evidentes.
Claramente, a la vez que seguimos reconciliándonos con el legado del siglo XX, seguimos tratando de asimilar las transformaciones que en materia musical vienen con cada generación. Las proclamas al estilo de ‘todo tiempo pasado fue mejor’ suelen perder de vista que aquello que ahora nos parece mejor del pasado fue, con seguridad, una innovación que desafió una visión de mundo —o la versión de otra época de que ‘todo tiempo pasado fue mejor’. El ámbito de folclore suele apegarse a normas prescriptivas sobre el quehacer musical: la forma ‘correcta’ de tocar, de bailar y hasta de vestirse, según la tradición. Músicos como Astor Piazzolla, en cambio, supieron hacerle justicia al dinamismo inherente a la música, a su tendencia incontrolable por transformarse, y al hacerlo —como dice al final un gran libro por ahí— «dejó su huella y ayudó a moldear su tiempo».