Las sociedades filarmónicas fueron un tipo de entidad emblemática del siglo XIX encargadas de la organización de conciertos públicos, a partir de la creación de orquestas, coros y grupos de cámara cuya actividad se extendió hacia la fundación de academias, escuelas, conservatorios, editoriales musicales, revistas especializadas y periodismo musical. Estas sociedades se caracterizaron por tener dentro de sus asociados a personalidades políticas, de influencia cultural y músicos, que son reconocidos hasta hoy más por su labor ejecutiva que por la música que interpretaron o compusieron. Al lado de estas sociedades de amplia convocatoria, se organizaron otras donde se agremiaron músicos diletantes, aficionados y profesionales, como también específicas para músicos y compositores profesionales que en Norteamérica tomaron el nombre de syndicates (sindicatos).

Los problemas que desde entonces han afrontado estas entidades suelen estar asociados con la financiación de su actividad, el mantenimiento de un número estable de asociados, proponer y mantener una agenda de actividades de interés general y particular, ofrecer beneficios a sus afiliados, y fidelizar al público. En Colombia, las sociedades o asociaciones se han caracterizado por una corta vida debido a la inestabilidad política y económica del país.

La primera sociedad filarmónica de la que se tiene noticia fue fundada por Edward Gregory en Medellín, en 1840. La siguiente que se conoce fue la Sociedad Filarmónica de Conciertos en 1841, fundada en Bogotá como fruto de una conversación que sostuvo Rufino Azuero con José Caicedo Rojas, Henri Price, Domingo Maldonado y Ulpiano González. Su existencia fue importante para la creación de otras dos sociedades fundadas en Santa Marta (1849) y Cartagena (1851). Los once años de funcionamiento de la Sociedad Filarmónica definieron el gusto musical bogotano por programas misceláneos donde se entremezcló el repertorio operático con el de salón, de cámara y sinfónico. También en Bogotá funcionó la Sociedad Lírica que fundó Joaquín Guarín en 1848, cuyos miembros fueron músicos de oficio.

La disolución de la Sociedad Filarmónica es atribuida en parte a la revolución de Melo (1854), cuya principal consecuencia para esta fue el debilitamiento económico de las élites que la financiaron y, por ende, perdió su capacidad de convocatoria. Varios músicos de la Sociedad Filarmónica pasaron luego a ser parte de la Unión Musical fundada en 1858, la cual se disolvió también por la inestabilidad política que puso a los músicos en abierta competencia. Un nuevo período de estabilidad laboral sobrevino con la creación en 1882 de la Academia Nacional de Música con sede en Bogotá.

La Academia Nacional de Música arrastró desde el comienzo un déficit financiero que se agravó con la Guerra de los Mil Días, mismo que enfrentó Guillermo Uribe Holguín junto a Honorio Alarcón al reabrirla en 1905. Para superar el déficit se organizó la Sociedad de Música de Cámara, y un año después de la creación del Conservatorio Nacional de Música (1910), la Sociedad de Conciertos del Conservatorio. Para poder adicionar recursos al Conservatorio, Uribe Holguín se hizo cargo de la formación de los músicos militares, tal como ocurrió en Francia con la reforma de los conservatorios militares que pasaron a ser parte de los conservatorios nacionales. Las acciones de Uribe Holguín como director del Conservatorio fueron en orden de centralizar la gestión de conciertos públicos a través del conservatorio, con el fin de poder ‘pasar la página’ del repertorio misceláneo a favor de un movimiento sinfónico con repertorio más moderno.

Sin embargo, la lucha de Uribe Holguín fue desigual si se considera que la orquesta del Conservatorio vino a obtener una subvención estatal hasta 1928, esto es, diecisiete años después de su creación. Además, enfrentó una férrea oposición de los músicos defensores de la ‘buena música’ que no gustaron del repertorio introducido por Holguín desde 1905. Esto incluyó una seria discusión frente al problema laboral de los músicos que no podía esperar a que el cambio anhelado por Uribe Holguín fuera una realidad social. No obstante, entre 1928 y 1932, la Sociedad de Conciertos organizó cuarenta presentaciones gracias al apoyo estatal que permitió traer artistas internacionales de renombre como Armando Palacios y Claudio Arrau.

Resulta entonces paradójico que con la bonanza económica de los años veinte sobreviniera una crisis laboral para los músicos que tocaban en hoteles, cafés y clubes, que se explica por la entrada de ‘victrolas’ y ‘radiolas’ que llegaron con la industrialización, lo que obligó a la reorganización del gremio musical. El deseo de los músicos por entrar a las industrias discográfica y cinematográfica estuvo impulsado más por la subsistencia que por la fama pasajera.

En la próxima entrega se hablará del rol desempeñado por las sociedades y asociaciones en la configuración del campo musical del siglo XX.

Parte 1 | La música de los Estados »

Parte 2 | El agenciamiento político de la práctica musical »

Parte 3 | Música colombiana: entre la exaltación y la denuncia »

Parte 4 | Dos caras de la música sinfónica: tipismo y nueva música »

Parte 5 | Indigenismo »

Parte 6 | Mujeres compositoras 1 »

Parte 7 | Mujeres compositoras 2 »

Parte 8 | Músicos negros y música africana 1 »

Parte 9 | Músicos negros y música africana 2 »

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