Una de las primeras cosas que aprendí cuando empecé a vivir en Estados Unidos fue a responder con agilidad cuando alguien me preguntaba How’re you doing?, en especial si trataba de un encuentro inesperado en un pasillo o por la calle. Al comienzo, alentado por la pregunta y asumiendo equivocadamente que mi interlocutor estaba realmente interesado en los pormenores de mi vida reciente, me daba a la tarea de entablar una conversación y de compartir detalles personales. Pero pronto entendí que se trataba solo de un formalismo. Muchos no podían ocultar su incomodidad frente al deseo frustrado de una respuesta rápida y fingida y, así, eventualmente, en contra de mis tendencias conversadoras y dicharacheras, aprendí a responder sin pensar frases al estilo de ‘Doing good’. A lo mejor aquello no es un asunto exclusivo de la sociabilidad norteamericana, sino parte de un panorama cada vez más global en el que asumimos que es cuestión de sentido común replicar en nuestras interacciones las mismas demandas neoliberales de optimizar el lenguaje y los presupuestos. No importa lo mucho que necesitemos ser escuchados o cuan provechosa puede ser una conversación sincera; simplemente no hay tiempo para ello. Es más fácil y económico decir que todo está bien, y quizás por esto la superficialidad reina en las redes sociales. Simplemente, al mal tiempo buena cara.
A veces la música parece seguir justamente ese patrón, especialmente cuando comparamos la ensoñación insensible de muchos artistas con el curso doloroso de la historia, o como cantaba elocuentemente la banda Bloque de Búsqueda: «nosotros de rumba y el mundo se derrumba». Otras veces, por el contrario, la música es un testimonio indeleble del pasado, como hemos visto (y seguiremos viendo) en esta serie de artículos. Sin embargo, hay canciones que trascienden la mera evocación de un episodio histórico y terminan siendo casi atemporales, susceptibles de ser la inspiración para enfrentar nuevas batallas, para afrontar nuevas derrotas, y para ponerle al mal tiempo buena cara, aunque en un sentido realmente profundo. Una de ellas es Apesar de você, escrita y grabada en 1970 por el cantautor brasileño Chico Buarque, en pleno auge de una de las dictaduras militares más crueles, intolerantes y sangrientas de los últimos tiempos.
Curiosamente, al comienzo, la canción pasó desapercibida por la censura, asumiéndola simplemente como una pieza acerca de una ruptura amorosa, o, como diríamos hoy, sobre una ‘relación tóxica’: «Quando chegar o momento, esse meu sofrimento vou cobrar com juros, juro. Todo esse amor reprimido, esse grito contido, este samba no escuro. Você que inventou a tristeza, ora, tenha a fineza de desinventar. Você vai pagar e é dobrado cada lágrima rolada nesse meu penar». Pero la canción estaba en realidad dedicada a la dictadura, o, para seguir con la metáfora de los amores que hacen daño, a las prácticas tóxicas del gobierno de Emílio Garrastazu Médici. En un juego de alegorías poéticas, que bien podrían servir de caso para un detective semiótico al estilo de Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, la canción aludía con ironía a la falsa legitimidad y las contradicciones procesuales de la dictadura, a la represión violenta de la oposición, y a la impunidad temporal del régimen; pero también aludía a la imposibilidad de sepultar por completo la protesta o la libertad de expresión que brotaba de la cultura popular, a la dignidad de aquellos que seguían resistiendo, y a la inevitabilidad del retorno a la democracia.
Cuando la canción salió en 1970 fue un éxito comercial rotundo. El disco vendió cerca de cien mil copias, sonaba sin reparos por la radio, e incluso otros cantantes grabaron sus propias versiones. Pero a comienzos de 1971, el periodista Sebastião Nery publicó una columna en la que decía que había quienes cantaban la canción con tanta emoción que parecía que estuvieran cantando el himno nacional. Solo entonces el gobierno entendió el significado político de la canción y, como era de esperarse, la vetaron, destruyeron tantos discos como pudieron, y persiguieron a Nery y a Buarque. Cuenta la leyenda que, en el interrogatorio, cuando le preguntaron a Buarque quien era el você de la canción, se limitó a responder: «(…) es una mujer muy mandona, muy autoritaria». En los últimos tres años Brasil ha vivido una tormenta política que recuerda los años de Médici, y aunque resulte lamentable, no es una sorpresa que Bolsonaro haya evocado en repetidas ocasiones, con un elogio que raya con lo siniestro, las atrocidades de la dictadura militar. Y si en Brasil llueve, en el resto de América Latina no escampa. Por eso es una canción que trasciende su propio tiempo y nos ayuda a ponerle buena cara a los malos tiempos. Pero no como en las conversaciones postizas donde respuestas superficiales sirven para esconder el dolor. Es una declaración ineluctable de una férrea esperanza en que tarde o temprano la justicia habrá de salirse con la suya: «Apesar de você amanhã há de ser outro dia».